La vida a través de tus ojos

Capítulo 10. Volverse fuego.

El ambiente en la fiesta estaba animado, pero para mí resultaba monótono. Faltaba algo.

Luego de haber estudiado con Romina por horas, Sarah y yo nos preparamos para la gran celebración del triunfo de las Tigresas. La temporada nos estaba resultando espléndida. Hasta el momento, íbamos invictas, esperaba que la racha no acabara.

La fiesta se realizaba en casa de unos tíos de Charlie, uno de los jugadores de los Tigres. Me sentía calmada porque estaba lo suficientemente alejada de mi casa, siendo imposible que mi padre pasara por las cercanías o escuchara el alboroto, que era bastante.

Los tíos de Charlie se hallaban de viaje de negocios y le habían dado al chico las llaves de su hogar para que les cuidara las plantas. Al ver como algunos de mis compañeros las regaban al lanzar hacia ellas cervezas u orinándoles encima, podía notar lo bien atendida que las tenía.

No me quedé en el jardín, pasé al interior y me dejé embargar por la música. Enseguida me entregaron un vaso de cerveza y entre gritos y silbidos me felicitaron cuando llegué a la pista de baile, que era el centro de la sala.

La mayoría de las Tigresas se encontraban allí, todas excitadas por la alegría y el alcohol. Saltaban, bailaban y cantaban a todo pulmón para celebrar nuestro triunfo.

Había mucha gente. No solo del instituto, sino de aquella zona. Parecía que la noticia del evento se hubiese regado por media ciudad multiplicando a cada hora la cantidad de asistentes.

Juno y sus compañeros también se habían presentado, aunque sus caras largas y sus miradas de desprecio eran insoportables. Los Tigres habían obtenido otro empate ese día, a menos, no era un fracaso más que incorporar a su montaña de pérdidas, pero eso no resultaba suficiente para ellos.

Asistieron a la fiesta pensando que sería una reunión privada donde podían hablar y evaluar lo sucedido ese día, no un agasajo dirigido a nosotras.

Decidí ignorarlos, tenía otras preocupaciones en mente que comprender la envidia de esos sujetos. Luego de un baile desaforado de casi una hora, salí hacia el jardín trasero húmeda por el sudor, pero además, impregnada de cerveza y ginebra. En la sala sacudían los vasos desperdigando alcohol por todos lados.

No tenía que verme para saber que mi rostro estaba colorado por la algarabía o que mis cabellos estuvieran despeinados. Si mi padre me viera en esas fachas me obligaría a vivir limitada al interior de mi habitación por la próxima década.

No pude evitar sonreír con malicia mientras me recomponía. ¿No sé qué amaba más? ¿Si el hecho de celebrar los logros que me esforzaba por alcanzar, o desafiar a mi padre rompiendo sus reglas?

—¿Estás feliz?

Ray apareció tras de mí y me abrazó por la cintura. Con delicadeza me liberé de su gesto, no solo porque tenía calor, sino porque me incomodó su cercanía. Estaba pasado de tragos y olía a drogas.

—Claro que estoy feliz, ¿por qué lo preguntas?

Lo encaré y observé con recelo su rostro marcado por el júbilo y el deseo. Lo conocía muy bien, sabía lo que él siempre buscaba cuando estaba en ese estado. Por eso procuraba mantenerme a una distancia prudencial.

—Sonreías sola, o es de felicidad o estás tramando alguna travesura —dijo provocador y se inclinó para besarme en los labios, pero lo esquivé y le quité la cerveza de las manos para darle un trago.

—Vamos invictas en el torneo. Por supuesto que estoy feliz.

Él me evaluó con detalle, trataba de buscar algo más en mis ojos. Lo encaré, segura de que no conseguiría nada diferente a lo que quisiera darle. Sabía esconder mis emociones.

—Has estado muy esquiva estos días —comentó seductor y se aproximó a mí como un león hambriento. Pasó el dorso de uno de sus dedos por el escote de mi vestido y se inclinó de nuevo, en busca de mis labios, pero otra vez lo rechacé girando el rostro hacia el jardín.

—¿De qué hablas? —expresé incómoda. Quería distraerlo con una conversación. Si callaba, él cubriría el silencio con mimos hasta lograr algo más.

—Estás muy distante, Becca. Ya no quieres salir conmigo y me cuesta besarte y abrazarte como antes, ¿por qué me castigas? —preguntó y apartó el cabello de mi cuello para inclinarse de nuevo.

Retrocedí y a Ray pareció molestarle ese rechazo. Me tomó con fuerza de la cintura y me pegó a él con brusquedad, así me obligaba a mirarlo a la cara.

Estaba rojo por la rabia. Sus ojos brillaban, tanto de embriaguez, como de deseo y furia. Me asustó su estado. Él era grande y fuerte, con facilidad podía dominarme y hacer conmigo lo que quisiera.

—Es por ese idiota, ¿cierto?

—¿De quién hablas? —inquirí con irritación y traté de liberarme, pero Ray clavó sus dedos en mi cintura. Me hacía daño.

—Del tipo ese que ahora vive en tu casa. —Empalidecí, sabía que se refería a Nathan, pero disimulé lo mejor que pude mi temor, asumiendo un semblante fiero—. Desde que él apareció me mientes, ya no quieres salir conmigo, ni siquiera aceptas que te lleve al instituto porque prefieres ir con él caminando, y ahora rechazas mis atenciones.

Me puse firme y asumí mi postura más enfadada antes de aplicar algo de fuerza para liberarme de su agarre y alejarlo. Debió intimidarle mi rugido amenazador.




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