La vida a través de tus ojos

Capítulo 11. La fiesta.

Sarah expulsó todo el alcohol que había bebido esa noche encima de las plantas. Tuve que ir por un vaso de agua y sentarla en los escalones de la entrada para que se le pasara el malestar.

—Ya estoy como nueva —expuso traviesa, lo que me arrancó una sonrisa, aunque no en Nathan. Él nos veía con seriedad.

—¿No creen que es hora de ir a casa?

—¡Nooo! —se quejó Sarah.

—Yo no podré ir a casa. Recuerda que me estoy quedando con Romina para estudiar.

—¿Y dónde pasarás la noche? —quiso saber, con una sombra de preocupación en su rostro que me enterneció.

—¡Pues, conmigo! —respondió Sarah resoplando.

Yo volví a sonreír. Mi amiga se comportaba como una niña graciosa cuando estaba ebria.

—¿Y cuándo piensan marcharse? —siguió Nathan con recelo, pero de nuevo no le pude contestar. Donovan, el amigo de Ray, se unió a nosotros interrumpiendo nuestra charla.

—Ey, chicas, ¿todo bien?

—De primera —aseguró Sarah y alzó sus pulgares.

—Walter acaba de escribirme al móvil. Hay una fiesta en la vieja estación del tren, es exclusiva y estamos invitados. No es una fiesta para niños.

—¡Mis favoritas!

Sarah hizo un gritito de alegría, pero yo apreté la mandíbula con incomodidad. Walter no era estudiante de nuestro instituto, de ninguno en realidad, era un tipo de unos veintitantos que le gustaba mezclarse con menores de edad hasta volverse muy cercano. Él era quien facilitaba la marihuana y el alcohol para nuestras celebraciones.

Las fiestas promocionadas por ese sujeto no eran aptas para cualquiera, menos, para menores de edad, como lo era la mayoría de nosotros. Aunque tampoco, para adultos prudentes.

—¡Becca, tenemos que ir! ¡Esas son las fiestas que me gustan! —exclamó Sarah y enseguida se puso de pie para perderse con Donovan en el interior de la casa en busca de los otros chicos que habían sido invitados. No cualquiera podía asistir.

Estaba segura que Ray estaría entre ellos.

Compartí una mirada con Nathan. Él pudo intuir mi inquietud a través de mis ojos.

—¿Irás?

—No puedo dejar a Sarah, recuerda que me quedaré en su casa —expliqué—. A ella nada la convencerá de no ir. Es muy terca… como yo —finalicé con una sonrisa de disculpa.

Él respiró hondo y lanzó una mirada hacia la calle.

—¿Vendrás conmigo? —le pedí—. Puedo hacer que te incluyan en el grupo.

Él dudó.

—¿De verdad quieres que vaya?

—La estamos pasando bien, ¿o no?

Estaba ansiosa por compartir más tiempo con él, por volver a lograr esa cercanía y ese contacto ardiente que tuvimos en la pista de baile. La atracción que Nathan ejercía sobre mí era poderosa y no quería perder ni un segundo de su compañía.

Quizás fuese una egoísta al querer arrastrarlo en la locura que significaba mi vida, pero había algo en ese chico que me fascinaba y comenzaba a necesitar con urgencia, tanto como el hockey.

—Está bien, iré.

No pude evitar dar un salto de alegría y lanzarme sobre él para rodear su cuello con mis brazos. Quería agradecerle con un fuerte abrazo su gesto de no abandonarme.

Pero pronto fui consiente que había quedado adherida a su cuerpo, lo sentía entero, cálido, firme y acogedor. Su colonia embotó mis fosas nasales y la sedosidad de su cabello me cosquilleó la cara.

Una ráfaga de placer me azotó e hizo que me estremeciera de pies a cabeza.

Me separé un poco para mirarlo a los ojos, impactada por el efecto que creaba en mí. No deshice mi abrazo, ni aparté mi cuerpo del de él. No podía, porque Nathan me había apresado con sus brazos rodeando mi cintura.

Al chocar con sus ojos oscuros, ansiosos y llenos de deseo, todo dentro de mí se transformó. Mi estómago se retorció por el anhelo y mis labios ardieron, deseosos por fundirse en los suyos.

—¡Becca! ¡Tenemos que irnos!

El grito de Sarah nos sobresaltó. Enseguida nos separamos. Necesité de unos segundos para recuperar la cordura antes de responderle a mi amiga con un movimiento de manos.

—¿Vamos? —pregunté a Nathan. Él solo asintió.

No estaba segura si había sentido lo mismo, pero se notaba tan afectado como lo estaba yo. Era evidente que alguna secuela debió generarle mi contacto, solo rogaba que fuese tan intensa como la que yo experimentaba.

Logré que lo incluyeran en el grupo y terminamos en la camioneta de Ray. Viajábamos con él, con Donovan y con Sarah. Otros dos autos nos seguían.

Ray parecía furioso. Estaba tenso y muy serio, y en ocasiones veía por el retrovisor para lanzarle miradas sanguinarias a Nathan, y algunas otras a mí.

—Entraremos por un boquete en el cercado que da a la avenida. La reunión será en el galpón que está junto a la vieja estación —informó Donovan sin dejar de revisar su móvil.

Respiré hondo para apaciguar mis nervios. Las dos fiestas organizadas por Walter a las que había asistido antes fueron inquietantes. Gente de extraña reputación asistía y se movía mucho la droga, el licor y las apuestas ilegales.




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