Adentro nos mezclamos rápido con la gente. El lugar era deprimente, sucio y estaba medio destruido y lleno de cachivaches, pero lo habían iluminado con largas extensiones de focos blancos y había una zona limpia para el Dj; así como un cuarto con un gran ventanal sin vidrios desde donde vendían las cervezas y otros licores, además de algunas sustancias estupefacientes.
En cada rincón había grupos de sujetos y mujeres compartiendo. Algunos jugaban a las cartas o a los dados, otros fumaban marihuana o esnifaban cocaína.
En las zonas más oscuras podían divisarse a parejitas besándose con pasión desmedida y metiéndose mano, pero el lugar más llamativo era aquel donde un buen grupo de personas se organizaba alrededor de un ring de boxeo.
—Maldita sea —masculló Nathan y me tomó por el codo—. ¿De verdad quieres quedarte aquí?
—Será solo por un rato —dije con fastidio. Me molestaba que él no le diera oportunidad a la noche—. Una vez que te mezclas se pone divertido.
—Nada de lo que hagan aquí es divertido —respondió entre dientes. Podía ver que estaba enfadado y nervioso, salía a la luz el chico perfecto que mi padre alababa. Aquel que me sacaba de mis casillas.
—Si quieres puedes irte. Yo me quedaré con mis amigos —solté y me alejé de él para acercarme al grupo, que estaba siendo recibido por Walter.
Me sentí terrible por rechazarlo de esa manera, pero sabía que me juzgaba, como lo hacía mi padre. Mientras tuviera éxitos era una gran persona, pero cuando comenzaba a ser yo aparecían las miradas por encima del hombro y las críticas.
No podía respirar a mi manera, ni caminar a mi manera o hablar a mi manera, para mi padre era una joven vacía, incapaz de tomar una decisión correcta, por eso me revelaba. No le permitiría a Nathan que me tratara igual.
Sarah y las demás chicas se dirigieron a la pista para bailar con el Dj y las seguí. Me uní al jaleo recibiendo de parte de Donovan una cerveza.
El rap duro que esa noche sonaba, apoyado por los juegos de luces de colores, el humo con aroma a vainilla y el que salía de los fumadores de droga, me transportó a un mundo más agradable. Uno donde no tuviese ningún tipo presión por ser una niña buena, por sacar excelentes notas o por ganar un partido. Solo era yo, el baile y las risas.
Ray aprovechó que estaba sola y se unió a mi danza particular. De nuevo fuimos uno, una pareja que solo buscaba disfrute y distracción. Nathan se quedó a un costado, sentado cerca de Donovan y del resto de los chicos, quienes habían iniciado una partida de naipes con algunos sujetos extraños.
Me vigilaba desde la distancia. En ocasiones cruzábamos miradas, pero no me acercaba a él. Quería castigarlo por haberme lastimado como lo hacía mi padre.
Noté que a la fiesta habían asistido un grupo de estudiantes del instituto a los que procuraba mantener lejos, porque tenían un prontuario de cuidado. Entre ellos, Jiroy y otro al que le decían «el Pecas», quienes estudiaban primer año. Ellos vendían droga dentro de la institución y se metían en muchos líos.
Los vi rondando a Nathan en dos ocasiones, buscaban conversar con él, pero este los rechazaba con delicadeza y procuraba mantenerse apartado.
Una hora después, detuvieron la música del Dj para comenzar las peleas. La locura se desató en el lugar por las apuestas y por la sed de sangre que embargaba a los presentes.
El ambiente de boxeo no me gustaba, porque aquellas no eran peleas comunes, con reglas, árbitros y límites. El evento era una masacre que, amparada por las drogas, se volvía muy violenta.
Pero Ray y los chicos del equipo masculino decidieron apostar y se mezclaron con la muchedumbre. Yo me aparté un poco con Sarah, porque además, ella estaba a punto de caer dormida en cualquier momento por la embriaguez. Tuve que quitársela de los brazos a un tipo gordo y bigotudo que parecía tener intenciones de comérsela frente a todos.
—Tonta, ¿por qué siempre terminas en ese estado cuando bebes? —la regañé mientras le acomodaba la ropa y sus cabellos encrespados.
—Bequi… quiero ahogar mis penas —lloriqueó con la lengua dormida.
—Te ahogas a ti misma —me quejé y la senté en un puf algo alejado del ring.
Escuché un alboroto inusual. Al ver hacia el gentío me percaté que era una pelea. Siempre que había apuestas y corría el dinero solían presentarse discusiones que terminaban a los golpes.
Pero mis nervios se alteraron cuando uno de los sujetos sacó un arma y apuntó hacia el cielo. Su intención era intimidar a las personas con las que peleaba, pero los tipos monstruosos de la entrada aparecieron y en segundos lo neutralizaron haciéndoles una llave de judo para quitarle el arma y sacarlo del galpón.
Las apuestas siguieron, pero eso dejó un clima de tensión en los presentes. Cuando comenzaron a salir los peleadores hacia el ring, el ambiente se caldeó de nuevo. Los asistentes comenzaron a empujarse entre sí para acomodarse y ver mejor la pelea, lo que generó nuevas y más aireadas discusiones
—Maldita sea, esta parte nunca me ha gustado —mascullé con rabia.
En esos momentos solía irme, pero Sarah no estaba en condiciones de caminar.
—Becca, tenemos que irnos de aquí —me dijo Nathan al aparecer de repente y me tomó por un brazo para apurarme.
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Editado: 31.03.2026