Nathan nos dejó en la casa de Sarah y luego se fue caminando a la nuestra. Su despedida fue fría, marcada por el enfado, pero mi amiga estaba en terribles condiciones y si su madre la veía así, tendríamos algunas incomodidades. Me centré en ese problema y no en él.
El domingo, al llegar a casa, estaba cansada, había dormido muy poco y aún sufría de resaca. No encontré ánimos para hablar con Nathan, aunque me sorprendió que no hubiese dicho nada de lo sucedido. Se comportó como un caballero, sin realizar ningún comentario o insinuación frente a mis padres.
Tampoco me reclamó en privado, se dedicó todo el día a ayudar a Maya a elaborar un dibujo con acuarelas del aparato respiratorio humano, para una exposición. Su actitud, además de resultarme un alivio, me molestó.
¿Tan poco le importaba?
Si bien aún no habíamos llegado al punto de considerarnos buenos amigos, o reconocer que existía química entre nosotros, nos sentíamos bien juntos y estuvimos a punto de besarnos en dos oportunidades. Algo debía pasar.
Lo abordé cuando salió al patio para lavar los pinceles que había utilizado en el trabajo de mi hermana.
—¿Tienes un momento? —pregunté con las manos cruzadas en el pecho. Él dejó lo que hacía para encararme.
—¿Sucede algo?
—¿Por qué no me has dicho nada de lo ocurrido en la fiesta?
—Estás bien, es lo que importa.
Fijó su atención en mí, con esa mirada calcinante y estremecedora que comenzaba a gustarme.
—Y tú estás muy cabreado conmigo. Lo sé, puedo notarlo.
Nathan respiró hondo y se aproximó para hablarme de forma confidencial.
—Me cabrea que te mezcles con ese tipo de gente. No los necesitas, Becca. No comprendo qué hacías allí.
—Compartía con mis amigos —expresé irritada.
—Para eso era la otra fiesta.
—¡Esa era una fiesta de chicos del instituto, son algo infantiles para mí!
No pude evitar sonar desafiante. Me sentía juzgada.
Nathan me observó con dureza unos segundos antes de responderme. Su silencio me traspasó como una espada.
—¿Crees que mezclarte con ese tipo de gente te hace adulta?
—Son personas con otra mentalidad, que buscan una diversión más intensa, como las que yo quiero sentir.
—¡Son estafadores, Becca! —dijo con disgusto, aunque esforzándose por no alzar la voz—. Narcotraficantes, contrabandistas, ladrones, apostadores y posiblemente, asesinos. Ninguno piensa como tú, ninguno tiene una meta en la vida ni lucha por ella. Todos buscan joder al otro, enriquecerse a costa de la inocencia de los demás. No tienen mentalidad, solo instintos.
Quedé pasmada ante aquella clara definición. Me dolió y desconcertó al mismo tiempo, mostrándome lo perdida y equivocada que estaba.
Pero darle la razón sería perder la discusión y odiaba perder. La terquedad era mi peor defecto.
—Pareces conocerlos muy bien —solté como respuesta. No quería ser la única lastimada.
Mi táctica surtió efecto, porque Nathan perdió enseguida su actitud ofuscada para revelar una amargura que me heló la sangre y me demostró que había metido la pata, muy hondo.
—No tienes idea de lo mucho que los conozco —respondió, con la pena y la furia debatiéndose en su semblante.
Se marchó, mudo de rabia, y yo quedé allí, siendo devorada por el gusano del arrepentimiento. Me odié a mí misma por haber sido tan cruel.
Me consideraba una mujer adulta, pero de eso parecía no tener mucho. Nathan era como un espejo donde podía ver mi terrible falta de criterio.
En clases, se volvió huraño. El acercamiento que había logrado con los chicos de mi grupo se perdió. Ahora prefería estar solo de nuevo, ya fuese leyendo un libro o dibujando.
Me encantaba mirarlo desde la distancia cuando se hallaba concentrado en alguna de esas tareas, había cierta belleza en la calma de él, en la forma en que mantenía su atención sobre lo que hacía. Cuando pasaba con suavidad las páginas de algún libro, o cuando difuminaba con el dedo los trazos que realizaba, era sorprendentemente excitante.
Nunca me había ocurrido algo así, que encontrara placer en observar los movimientos de alguien. Mirar a Nathan era como disfrutar sola y a escondidas de una inmensa tarta de crema, chocolate y galletas. Un gusto egoísta, prohibido y demasiado fuerte para mi organismo, pero justo por eso me atraía, porque no era ni debía ser para mí. Él y yo teníamos personalidades muy distintas.
Salí con brusquedad de mis pensamientos cuando alguien me golpeó la parte de atrás de las rodillas e hizo que perdiera el equilibrio. Si no hubiese sido porque estaba apoyada del alfeizar de la ventana del salón me hubiese caído.
Me giré furiosa para enfrentar a quien fuera. Odiaba que me hicieran ese tipo de cosas.
—Límpiate la baba.
Las palabras de Sarah me desconcertaron y me hicieron sonrojar por la vergüenza perdiendo mi irritación.
—¿Por qué lo dices?
—Cualquiera puede notar que la fiera capitana de las Tigresas está ronroneando como una gatita por el chico nuevo.
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Editado: 31.03.2026