La vida a través de tus ojos

Capítulo 14. Perdida.

Los días se sucedieron sin que nos diéramos cuenta. Yo me enfoqué en el hockey, en una semana tendríamos uno de los partidos más importantes de la temporada.

Las rivales eran de cuidado, con ellas nos habíamos disputado la final del torneo del año anterior y, aunque les habíamos ganado, la diferencia había sido muy pequeña. Poco faltó para que nos derrotaran.

Las chicas estaban motivadas y habíamos afilado nuestras técnicas hasta manejarlas a la perfección. Acordamos entrenar a fondo el fin de semana, así que nos dimos el gusto de descansar el viernes.

Ray y los chicos del equipo masculino organizaron una reunión en la casa de unos familiares de Donovan, al sur de la ciudad. No me atraía mucho la idea, porque sería en una zona algo peligrosa.

Los hogares de los alrededores eran humildes y solían pasear por sus calles pandillas o pequeños grupos de sujetos molestos, que no se alejarían de nosotros hasta no vendernos toda la droga, el tabaco y los preservativos que tenían en los bolsillos.

Para asegurar mi asistencia, Ray se volvió insistente. Me perseguía por todo el instituto ofreciéndose ser mi esclavo por un día entero si lo acompañaba. Sabía que si yo faltaba, varias de las integrantes del equipo femenino no se animarían a ir.

Se alió con Sarah, quien no perdía oportunidad para sumarse a alguna celebración. Mi amiga prefería estar sentada en el borde de un puente que en su casa escuchando las quejas de su madre.

Entre ambos lograron convencerme, más por cansancio que por interés, obligándome a mentirle de nuevo a mi padre.

En esta ocasión dije que nos reuniríamos con un tutor hasta tarde y luego me quedaría en casa de Sarah para seguir estudiando, ya que el fin de semana lo teníamos a tope con el hockey. Mi padre aceptó porque estaba tapado de trabajo y le favorecía tener algo más de paz en casa.

Nos acomodamos en tres autos, pues a Sarah no le gustaba llevar el suyo porque así se emborrachaba con libertad. La camioneta de Ray estaba a tope, unos sentados encima de otros.

A mí me ubicaron junto a él, casi en su regazo. Para estar cómoda y asegurar que Ray manipulara la palanca de cambios, tuve que ponerla entre mis piernas. Por supuesto, él no la soltó en todo el viaje, manteniendo en su rostro una enorme sonrisa, feliz por aquel ligero inconveniente.

—Nos mataremos antes de llegar a Holguin —dije con voz baja. Estábamos tan apretados que casi le hablaba al oído.

—Vale la pena morir a tu lado —respondió seductor y soltó la palanca para acariciar la parte interna de mi muslo.

—Ray, si no me sueltas ahora mismo te daré un puñetazo en los huevos —expuse muy seria.

Él aumentó la sonrisa, pero enseguida me soltó para tomar de nuevo la palanca de cambios.

—Tranquila tigresa, guarda tus rugidos para más tarde.

Lo miré con odio para dejarle en claro que no me gustaban esos juegos y, aunque pareció no intimidarse por mis advertencias, igual se mantuvo en sus límites. Eso era lo que me gustaba de él, que entendía hasta donde podía llegar sin volverse molesto.

Mi corazón saltó en mi pecho cuando nos detuvimos en el supermercado donde trabajaba Nathan. Querían comprar algunas provisiones.

Yo intenté no moverme del auto, decidí quedarme allí y esperarlos, pero Sarah me arrastró al interior de la tienda. Necesitaba una opinión sabia de los sabores de papas fritas que debía elegir.

El establecimiento era inmenso, con pasillos anchos y largos. Me apresuré por llegar con ella al área de los snack sin entender por qué me comportaba como un cervatillo asustado.

Mi plan era tomar las primeras dos bolsas de papas que encontrara y salir de allí, pero Sarah y Sofía iniciaron un debate para decidir qué sabor llevar.

—¿Por qué no eligen una de cada una? —propuse ansiosa.

—Porque solo tenemos dinero para dos y hay como cincuenta sabores —porfió Sarah.

—Vamos a llevar queso cheddar y barbacoa —decidió Sofía y tomó los empaques respectivos.

—¡Nooo! —saltó Sarah, y le arrancó una de las bolsas de las manos—. No puedes dejar las de crema agria y cebolla, son divinas.

—¡¿Qué?! No quiero terminar con olor a cebolla en la boca —se quejó Sofía, así inició una acalorada discusión que me hizo suspirar de cansancio.

—¿Ya probaron las de bacon con doble cheddar?

La interrupción de una voz masculina silenció a las jóvenes. Yo quedé paralizada, no quise darme vuelta porque sabía de quien se trataba.

—Son las que más salida tienen. Deben ser muy buenas.

Al terminar de decir eso, se puso a mi lado y tomó del estante la bolsa de papas a la que se refería.

—¿Me das tu palabra de que son deliciosas? —pinchó Sarah.

—No las he probado, pero, son las que más repongo. Si se venden tanto, es porque deben ser buenas, ¿no crees?

—Lo creo —accedió ella con una gran sonrisa y aceptó la bolsa que él le extendía tomando a Sofía del brazo para arrastrarla a la caja, dejándome allí, con Nathan.

—¿Tendrán una tarde de descanso? —me preguntó al quedar solos.




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