La vida a través de tus ojos

Capítulo 17. La emoción del desafío.

Mi padre organizaba lo necesario para preparar una barbacoa en casa cuando llegué al día siguiente. Trasmitirían por televisión un partido de las grandes ligas de Beisbol y, aunque él no era muy fanático de ese deporte, le tocaba ser anfitrión.

Se reunía cada cierto tiempo con algunos amigos de la firma contable donde trabaja y se turnaban entre ellos para ofrecer alojamiento a la pequeña fanaticada.

Tan solo eran cuatro integrantes: mi padre, Henrik Davis y dos compañeros más. Se sentaban en el patio, con el televisor cerca del asador, y allí comían y bebían mientras comentaban las jugadas.

Luego terminaban hablando del trabajo y finalmente, de la economía del país, hasta que las cervezas se acababan y todos se marchaban.

Esos encuentros me fascinaban, porque rompían las incómodas rutinas que mi padre establecía para mi hermana y para mí.

Los fines de semana eran los días en que él nos hacía una evaluación personal de nuestro desempeño educativo. Nos interrogaba sobre los temas vistos la semana anterior y, cuando tenía ánimos, elaboraba una especie de «examen casero» con ejercicios de aritmética y trigonometría.

Desde que era una niña sentía temor por esa indagación. Tenía más miedo de fallarle a mi padre que a los profesores en clases.

Estos últimos, aunque me sacara un siete, me felicitaban por mi buen desempeño, pero mi padre, si bajaba de nueve, me restaba las horas de práctica de hockey en la semana o me impedía ir a algún partido para así tener tiempo y repasar mejor los temas vistos.

Y si no había una actividad deportiva en las cercanías, entonces, no me permitía reunirme con mis amigas, aunque fuese para estudiar.

Por eso prestaba gran atención en clase y me quemaba las pestañas estudiando en las noches luego de los entrenamientos, más para superar la evaluación de él que la que me hacían en el instituto. Sus castigos me hacían más daño.

Sin embargo, desde que Nathan había llegado, se trastocó esa rutina. En raras ocasiones las llevaba a cabo y las hacía ver más como un juego que como un análisis particular.

Pero las últimas semanas estuvo recuperando su costumbre, incluyendo a Nathan. Él lo aceptaba como una especie de reto divertido, decía que era una forma interesante de repasar las materias y de compartir con la familia, algo que nunca había hecho en su vida y eso le encantaba.

Se mostraba fascinado con el interés y la preocupación que mi padre reflejaba hacia nosotras, eso me hizo pensar que de su padre jamás había obtenido atención.

Por supuesto, todo lo aprobaba con nota máxima. No sabía si era porque comprendía a la perfección lo que daban en clase o mi padre era demasiado condescendiente con él y le ponía preguntas fáciles.

Para mí era una forma de humillación. Me asustaba y me asfixiaba, terminaba odiando más los fines de semana en casa que los días de clases en el instituto, sobre todo, por el miedo a los castigos.

Hubo una ocasión en que mis amigas lograron enterarse de aquel hábito familiar y me usaron para sus burlas por un tiempo. Me sentí tan mal que fallé en varias evaluaciones en el instituto y no pude participar en un partido importante por orden de mi padre.

Aunque las chicas pudieron ganar ese juego, me sentí terrible por habérmelo perdido. El hockey sobre césped era lo que me estabilizaba, sin él mis energías no se equilibraban y me volvía insoportable.

En esos días escapé con Sarah a una fiesta clandestina donde había tenido mi primera pelea callejera, con una estúpida universitaria que se le había insinuado a Ray. Lo que me movió no fueron los celos, sino la rabia acumulada que no podía descargar con los verdaderos culpables de esa situación.

Para mi suerte, aquel problema no trascendió. Sarah me apartó a tiempo de sufrir alguna herida de gravedad o de lastimarla a ella y la chica no llevó el asunto a más, la droga la tenía embriagada y posiblemente ni se acordara de mí al día siguiente.

Además, nadie del instituto se enteró, o el chisme correría como una bola de fuego hasta llegar a oídos de mi padre.

No quería ni imaginar lo que sucedería si él se enteraba de mis escapadas y de las locuras que hacía en ellas.

Sarah me comprendió un poco más luego de aquel evento y me ayudó a sobrellevar el asunto, impidiendo que continuaran las burlas en el instituto para así no volver a desequilibrarme.

Pero ese fin de semana me había librado de su maldita rutina gracias a los encuentros con sus amigos. Roger no tenía tiempo para sus evaluaciones absurdas, solo para exigirnos a todos tener cada habitación limpia y arreglada y comportarnos a la altura.

Apenas llegué tuve que soltar mis cosas y unirme al ciclón de la limpieza que Maya y mi madre ya habían iniciado, mientras Nathan y mi padre ordenaban el patio y aderezaban la carne que iban a cocinar.

Por el estrés, mi padre sufría un poco de cojera, aquel mal lo fastidiaba desde que yo tenía uso de razón y cuando se hallaba con las emociones al límite.

Ni siquiera tuve tiempo de hablar con Nathan. Me había costado dormir la noche anterior por culpa del ardiente beso que me había dado y tal vez él esperaba alguna palabra o reacción de mi parte.

Sus miradas ansiosas me lo confirmaban, pero mi padre no nos dio tregua. Para Roger era muy importante que todo estuviese perfecto.




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