Llegué a tiempo para iniciar la práctica y no le di descanso a nadie. Habíamos acordado dar todo de nosotras esos días, porque en la semana, por los exámenes, no tendríamos más de tres ocasiones para entrenar y el próximo sábado jugaríamos con las más fuertes de nuestras rivales. No podíamos fallar.
Al principio, las chicas no estaban muy dispuestas, algunas aún no habían superado la resaca de la fiesta de la noche anterior, pero supe llevarlas con ánimo por todo el campo para que terminaran de sudar el alcohol almacenado en sus organismos y recuperaran su condición física. Al terminar me di una ducha rápida y salí apresurada de los baños.
—Ey, Becca —me llamó Sarah que todavía se arrastraba hacia los camerinos—. Cuánta energía, mujer. ¿Vas a parar? Quiero hablar contigo.
—Te enviaré un mensaje de texto luego —dije sin detenerme—. Mi papá me espera en casa y me pidió puntualidad —mentí.
No quería perder más tiempo. Tan solo tenía una hora disponible para Nathan y estaba ansiosa por saber hasta dónde podíamos llegar en ese tiempo.
—¡Es importante! —exclamó mi amiga viendo con pesar que me alejaba.
Yo le hice señas con una mano de que hablábamos luego por móvil y me giré para correr a la salida. Al llegar al estacionamiento tropecé con Naty, la fotógrafa del diario del instituto.
—¡Becca! —me saludó impactada.
—Disculpa, voy con retraso.
Seguí mi camino en busca del auto de mi padre, que sabía le había prestado a Nathan. Él me había pasado un mensaje de texto minutos antes.
—¡Necesito hablar contigo! —pidió.
Supuse que era alguna entrevista o una fotografía para algún artículo del diario que tuviese que ver con las Tigresas, pero no podía retrasarme más.
—¡Ven mañana al entrenamiento! —grité, antes de apresurar mi carrera.
Nathan esperaba en mitad del estacionamiento. Apenas entré al auto, él lo puso en marcha.
—Hola —saludó con una sonrisa, viendo mis cabellos aún húmedos por la ducha.
—Hola —respondí apenada. Esperaba que no notara mi ansiedad, respiraba con agitación por haber corrido.
—¿Cómo estuvo la práctica?
—Genial. Muy intensa.
Él aumentó la sonrisa.
—Supongo. Eres bastante exigente en la cancha. No das respiro a nadie hasta que sales de ella.
—Amo el hockey —expresé con sinceridad. Adoraba estar sobre el césped, luchando por el control de la bola. Me hacía sentir libre y dueña de mi destino.
No hablamos por un minuto, hasta que la curiosidad comenzó a devorarme por dentro.
—¿A dónde vamos? —quise saber, al ver que él se dirigía hacia el río.
—En ocasiones, al salir del trabajo, voy con Jerry a la playa de Edgewood, cerca de los muelles. Hay un área para picnic frente al río Providence. Es muy calmada.
Lo observé con atención y detallé la forma de su perfil. Lo hacía siempre, ya tenía grabada en mi memoria su silueta. Si tuviese don para el dibujo, como él, llenaría mi habitación con artes de su cara y de sus ojos.
En minutos llegamos a la playa. Nos detuvimos junto a una zona abierta, un pequeño parque donde se podía andar y disfrutar del paisaje. Caminamos hacia la orilla y nos sentamos sobre un tronco caído.
Aunque había algunas personas cerca, la tranquilidad del lugar impregnaba la piel. El sonido de las diminutas olas y del viento eran cómo música relajante.
Hubiese querido tener más de una hora de tiempo para compartirla con él. Aunque con Nathan, las horas del día no me parecían suficientes.
—¿De verdad, te encantó?
—¿Qué? —pregunté confundida.
—El mural que hice anoche, en Holguin.
—Te quedó fantástico. No sabía que eras un gran artista.
—No lo soy.
—¡Por supuesto que lo eres! —insistí, y golpee su hombro con el mío logrando arrancarle una sonrisa, aunque no parecía del todo satisfecha.
—Así te veo yo. Como una tigresa provocativa y coqueta, pero de mirada fiera, siempre segura de sí misma y de lo que quiere.
Perdí la alegría y miré el río con melancolía.
—No soy tan segura.
El silencio fluyó entre nosotros un instante, hasta que Nathan volvió a hablar.
—¿Cómo me ves tú? —Lo observé desconcertada—. ¿Qué opinión tienes de mí?
Yo no dudé para hablar.
—Te veo como un hombre que tiene claro su futuro, que no titubea como el resto de los chicos que conozco. Eres inteligente, cuentas con planes para salir adelante y trabajas por ellos. Así te veo.
Él sonrió de medio lado, con algo parecido a la tristeza. Eso me hizo sentir mal, me recordó que hacía tan solo unas semanas había quedado huérfano y su familia lo había rechazado. Si no hubiese sido por la bondad de mi padre, él ahora podría estar en algún rincón de Providence sin más compañía que sus recuerdos.
—Eso confirma que necesitamos compartir más tiempo a solas, para conocernos. —Apreté el ceño, confundida—. Yo te veo como una chica segura de sí misma, pero tú dices que no es así. Tú me ves cómo un hombre con un futuro claro que trabaja por él, pero estás muy alejada de esa realidad. No tengo ni la más mínima idea de adónde quiero ir, actúo solo por instinto. Por eso creo que necesitamos compartir más tiempo juntos.
#378 en Novela contemporánea
#17 en Joven Adulto
deporte y pasion, romance deportivo, enemies to lovers romance slow burn
Editado: 31.03.2026