El domingo había ido a la práctica con las Tigresas. Me recibió Sarah.
Sin saludarme, mi amiga me tomó por el brazo y me arrastró hacia el área de reuniones cerrando la puerta tras de sí.
Al soltarme, y sin atender mis quejas, sacó su móvil y comenzó a pasar con rapidez un mensaje de texto.
—Te llamé varias veces en la noche y nunca respondiste a mis mensajes —reprochó indignada.
Luego de la cena en casa, mi padre nos concedió a mi hermana y a mí una hora para jugar a los videojuegos con Nathan antes de acostarnos, viviendo uno de los momentos más divertidos, y hasta seductores, de mi existencia.
La cercanía que había tenido con él, los roces y las miradas fueron tan intensos que me tuvieron embelesada.
Al subir a mi habitación él me abordó en el pasillo y nos dimos un beso profundo y exigente que bloqueó por completo mi cerebro el resto de la noche. Me costó conciliar el sueño y ocuparme de otras cosas que no fuera saborear mis labios.
Saber que lo tenía tan cerca, a tan pocos metros de distancia y no podía alcanzarlo, me mataba.
—Papá invitó a cenar a unos amigos y me acaparó —le mentí, sin sentirme mal por hacerlo—. Sabes cómo es de exigente —resoplé fastidiada.
Sarah me traspasó con una mirada letal. Ella parecía ser capaz de oler mis mentiras.
—Era importante.
—Lo siento —expresé molesta—. Dime rápido lo que sucede y vamos a cambiarnos. No quiero comenzar tarde el entrenamiento.
Ella buscó algo en su móvil y con una sonrisa perversa me mostró lo que se revelaba en la pantalla.
—Tal vez hoy no tengas muchas ganas de entrenar. Mira la cantidad de imágenes que posee este hashtag.
Al ver la pantalla del aparato la sangre se me heló en el cuerpo. Paralizada y con la boca abierta vi como fotografías de la fiesta en Holguin habían sido compartidas por un buen número de estudiantes del instituto, sobre todo, donde aparecíamos Nathan y yo besándonos junto al mural de la tigresa que él había elaborado. El hashtag: #traiciontigresa, parecía haberse viralizado.
—¡Me muero! —exclamé asustada. Si mi padre llegaba a ver esas fotos haría un millón de preguntas que no estaba preparada para responder.
—Ayer quería decirte que las fotos que yo subí a mi perfil se compartieron muchísimo y tuvieron comentarios sospechosos. Luego me enteré que a las imágenes que compartieron las chicas del equipo que fueron a la fiesta les sucedió igual. Las usan para burlarse de Ray, a quien catalogan como el «cornudo del año». —Empalidecí por completo—. Chicos y chicas del instituto no paran de hablar en redes de esa fiesta desenfrenada, del alcohol y de las drogas que se consumieron en ella, del mural que hizo Nathan y del beso que hubo entre él y tú. Y, al parecer, el asunto trascendido a la vida real. Es posible que no exista un habitante en Cranston que no sepa lo ocurrido.
—Sí, mis padres aún no saben nada —dije con angustia.
Sarah suspiró hondo.
—Creo que usan el chisme para forma una campaña de descrédito contra Ray, que quizás, dirija Juno. Hablan no solo de su incapacidad para mantener una relación contigo y para aprobar los exámenes, sino también, para llevar al equipo masculino a una victoria. Proponen sacarlo de la capitanía de los Tigres.
El corazón se me hizo un puño al escuchar aquello. El instituto entero, incluso, yo misma, había dado por sentado que Ray y yo algún día terminaríamos juntos.
Le daba largas al asunto porque lo veía demasiado egocéntrico y me irritaba que me utilizara como plataforma para aumentar su popularidad sin demostrarme verdadero interés.
Disfruté de su compañía y llegamos a tontear muchas veces, pero nunca sentí por él algo tan fuerte que me quitara el sueño. Luego llegó Nathan y cambió por completo mi forma de pensar y de sentir.
Él me acaparó tanto en todos los sentidos que no tuve reparos en aceptar su beso delante de medio instituto sin haber aclarado mi situación con Ray.
Por supuesto que aquello resultaba un chisme muy entretenido que nadie se quería perder, sin entender el inmenso conflicto que me creaba. No solo con Ray, porque lo arrastraba a una situación que para él podría ser injusta, y con Nathan, a quien ponía al frente de los rumores para que lo atacaran recién llegado a Cranston, sino para mí misma. Mi oportunidad con el hockey sobre césped la podía perder por este incidente.
—¿Cómo sabes todo eso? —inquirí indignada, pero alguien llegó en ese instante propulsando mi nerviosismo.
Se trataba de Naty, la fotógrafa del diario escolar.
—Maldición —mascullé dándole la espalda. No quería que me viera tan vulnerable y me expusiera en sus reportajes.
—Hola —escuché que saludaba y se aproximaba a nosotras.
—Ella está aquí porque se lo pedí. Te explicará por qué sé todo eso.
Traspasé a mi amiga con una mirada llena de reproches, pero ella mantuvo una postura seria mientras Naty se mostraba avergonzada.
—Te confieso que ayer vine a entrevistarte por el tema del beso —reveló la rubia al ubicarse a mi lado—. Scott, el jefe suplente de redacción, se enteró de lo sucedido por las redes sociales y le pareció interesante para el diario. Me llamó temprano para pedirme que consiguiera tu opinión al respecto, porque esta semana el reportaje central iba a estar basado en el fracaso de los Tigres, sobre todo, en Ray y su mal desempeño como deportista y como estudiante, y en la posibilidad de que tengamos nuevo capitán en el equipo masculino.
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Editado: 31.03.2026