El plan había funcionado. Naty se destacó con el reportaje sobre la presencia de los reclutadores universitarios en los eventos del próximo fin de semana. El diario con toda la información sobre el tema me recibió el lunes apenas entré en el instituto, nadie cuchucheaba sobre mí, sobre Nathan o sobre Ray, de lo único que se hablaba era de las oportunidades deportivas y artísticas que se presentarían en el horizonte.
El hecho convirtió al instituto en un hervidero de alegría y ansiedades. Esa situación era la que querían evitar los docentes y entrenadores.
Esa semana se llevarían a cabo algunos exámenes trimestrales y temían que los estudiantes dedicaran más atención a sus presentaciones, partidos y exposiciones y no a las materias. Pero no podían evitarlo, aquello también formaba parte de nuestro futuro.
Nadie quería perder una buena oportunidad.
La calma me invadió, aunque no me serenó del todo. La emoción por esa nueva visita de los reclutadores tenía mis nervios a mil, y no solo por el hecho de prepararme para poder destacar, sino porque esa acción estaba prohibida para mí.
Si mi padre se enteraba de mi desobediencia, tendría grandes problemas.
—¿De verdad te inscribirás mañana? —me pregunto Nathan mientras caminábamos por el pasillo y revisábamos la información del diario que nos habían entregado en la entrada.
—Sí —respondí con firmeza.
Le había contado mi idea porque necesitaba que me ayudara a que mi padre no se enterara de nada. Él aceptó apoyarme, pero me insistía en que hablara con papá. Los secretos podían ser peligrosos y en ocasiones traían terribles consecuencias.
Comprendí su preocupación, pero él no conocía mucho a mi padre. Roger no era hombre de doblegarse, era fiel a sus convicciones y una de ellas era asegurar mi futuro sin el soporte del hockey sobre césped. Algo que para mí era inconcebible.
Esta era mi última oportunidad de imponerme, si la perdía, todo se me vendría abajo.
—¿Por qué no tomas la oferta de alguna escuela de arte? —le propuse porque sabía que era muy bueno con el dibujo.
—No continuaré mis estudios —reveló de mala gana y dobló el diario para guardarlo en su casillero.
—¿Por qué? —exigí.
Aunque recordé la conversación que habíamos tenido semanas atrás, cuando me confesó que su plan era trabajar para independizarse, quería hacerle entender que alcanzar un grado en la actividad que le gustaba lo ayudaría a conseguir mejores empleos.
—Podrías solicitar una beca para un curso de especialización de uno o dos años, no para una carrera completa —agregué, intentando convencerlo. Nathan parecía ignorarme mientras tomaba un par de libros—. En Providence hay buenas escuelas que…
—Ya te dije que no regresaré a Providence.
Cerró su casillero con brusquedad y se giró para observarme con una seriedad que me inquietó. En sus ojos pude intuir mucho enfado.
—¡Becca, ¿viste la noticia de los reclutadores deportivos?!
La llegada de Janis y de otras chicas del equipo de hockey me distrajo. Ellas me rodearon con el diario escolar en las manos para hablarme de aquel hecho, permitiéndole a Nathan escabullirse sin darme respuestas más convincentes.
Me sentí mal por haberlo presionado de esa manera, desde que había llegado no hacía otra cosa que hurgar en sus heridas con perversidad.
Pero mi curiosidad subía a niveles estratosféricos, así como mi molestia por la poca valentía que él mostraba para enfrentar sus conflictos.
Algo lo limitaba, lo tenía enjaulado como a un león, y él no hacía nada por liberarse, solo dejarse llevar.
Decidí no darle más vueltas al asunto y asistir a mis clases. Ese día tendría una evaluación de Historia que me preocupaba, porque había sido poco lo que logré memorizarme, pero mientras caminaba al aula, noté un par de cabezas conocidas apareciendo por el pasillo, atentas a los movimientos de Nathan.
Se trataba de Jiroy y de «el Pecas», los estudiantes con peor prontuario del instituto.
La rabia me recorrió entera. Esos chicos no dejaban de perseguirlo desde hacía semanas. Era hora de detenerlos.
Me dirigí hacia ellos, pero, al verme, se inquietaron y decidieron desaparecer por el pasillo que llevaba a la enfermería. Corrí hasta alcanzarlos y los detuve empujando a Jiroy con rudeza contra la pared. Luego lo aferré por el cuello de la camisa de forma amenazante.
—¿Qué quieren? —pregunté furiosa, con mi cara muy cerca a la de él.
El joven me miró con espanto, con los ojos algo enrojecidos y con grandes ojeras producto de los vicios que consumía.
—¿Qué te pasa, loca?
Jiroy trató de zafarse, pero apliqué más fuerza y rugí asustándolo. «El Pecas», que era más alto que yo, aunque de contextura delgada, ni se atrevió a acercarse. Parecía indeciso entre huir o socorrer a su amigo.
—¿Qué quieren con Nathan? ¿Por qué lo persiguen?
—Solo queremos que nos ayude —reveló Jiroy con voz temblorosa.
—¿A qué? Él no tiene nada pendiente con ustedes, ni los conoce. Si creen que Nathan está metido en algún lío de drogas porque lo llevé una vez a la fiesta de Walter están equivocados. Él fue ese día para acompañarme, ni siquiera es de esta ciudad.
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Editado: 31.03.2026