—Lo siento —dije cabizbaja.
—No tienes por qué disculparte —habló Nathan—. No tienes la culpa de las malas decisiones de los demás.
—Pero hablar del tema es duro para ti.
Él apretó los labios, controlando el ramalazo de rabia que los recuerdos le producían.
—Algún día debía hacerlo.
—¿Nunca has hablado de esto con nadie? —quise saber, sorprendida. No podía creer que ninguna de las personas que pertenecían a su mundo no le interesaran sus sentimientos.
—Soy reservado.
La madurez que él demostraba me tenía algo turbada. Cuando a mí una duda o rabia me consumía por dentro necesitaba expresárselo a alguien, ya fuese a Sarah, a mi entrenadora o lo soltaba de forma espontánea sin importarme a quien lapidaba con mis palabras. Nathan, en cambio, callaba, dejando que la pena lo consumiera.
Eso me dolía, pero necesitaba hacerlo hablar. Quería ayudarlo a sacar de adentro todo lo que le molestaba.
—Entonces, tu padre fue un padre soltero —dije para comenzar a sumergirme en el tema que me interesaba.
Nathan suspiró hondo antes de responderme.
—Hizo lo mejor que pudo, aunque no tenía ni la menor idea de lo que significaba ser padre.
—¿Cometió muchos errores?
—Un hijo no es tarea fácil. Hay personas que no están hechas para asumir ese reto. Mis padres se encuentran en ese grupo.
—Pero él se quedó contigo hasta el final.
—Lo hizo porque no tenía otra alternativa. Ni su familia o la de mi madre quisieron hacerse cargo de mí, todos pasaban por situaciones difíciles y nadie pudo aceptarme. Su intención fue dejarme en un hogar de acogida, pero Roger y sus amigos de la universidad lo disuadieron de eso. Fue por ellos que yo terminé quedándome con mi padre, aunque no sé si agradecerles o reclamarles.
Me mordí los labios para no hacer algún comentario, allí no estaba para juzgar, sino para escuchar. Recordaba viejas conversaciones entre mis padres sobre Abraham Montgomery, sobre su preocupación por los problemas económicos que tenía y la poca energía que en ocasiones ponía para salir de ellos.
—¿La pasaste muy mal?
Nathan se quedó pensativo un instante, con la mirada perdida en los recuerdos. Su imagen reflexiva y afectada por la pena me incomodó. No quería verlo así.
—No siempre, pero tuvimos problemas difíciles de superar. Él fue muy testarudo, asumía tareas que no podía llevar a cabo y muchas veces debía socorrerlo… o sus amigos. Odiaba que comprometiera a otros, por eso discutíamos y, para no hacerlo, nos alejábamos. Con el tiempo nos hicimos extraños, no teníamos una relación cercana como padre e hijo a pesar de que vivíamos en la misma casa.
—¿Por esa razón no te muestras muy afectado por su muerte?
Él me observó con fijeza. No con rabia, ni con rencor. Parecía un poco sorprendido de que hubiese notado su desinterés por el fallecimiento de su padre.
—Aún me cuesta entender quién fue él para mí. Hay días en que me duele su partida, porque al menos estuvo allí, cuando nadie más quiso estarlo, pero en otros, no siento nada, ni rabia. Él fue como un gato molesto que vivía en el techo de mi casa y no tenía como espantarlo. Me acostumbré a que estuviera allí, porque lo había estado siempre. Ahora, que se fue, me siento extraño. Entiendo que perdí algo, pero no sé qué es.
—Dios, Nathan, eso debe ser horrible —dije con sinceridad. No podía ponerme en sus zapatos. Era difícil entender su situación.
Mi caso era muy diferente. Aunque mi padre era asfixiante y soberbio, lo admiraba muchísimo, porque nada me faltó con él a mi lado, siempre me protegió y me empujó a ser mejor.
Solía actuar para complacerlo, para intentar ser como él: exitoso, leal y determinado, aunque a la vez, no me temblaba el pulso para romper sus reglas, porque deseaba conservar una parte auténtica de mí, una que nadie me pudiera quitar o moldear a su gusto.
No buscaba ser la copia de mi padre, sino una versión propia, con mi estilo, y esperaba que él en algún momento lo entendiera. Sin embargo, si algún día él me faltaba, yo me fragmentaría por el dolor.
—¿Te traumé con el relato de mi vida? —bromeó sonriente, acelerando mi corazón—. Te recuerdo que preferiste hablar de mí y no de Kafka.
Su sonrisa era conmovedora.
—¿Tu padre dejó una deuda pendiente que debes pagar?
La pregunta la lancé sin pensarlo, como era habitual en mí. Fue tan repentina que borró de un soplido la sonrisa de Nathan y hasta me pareció notar que había empalidecido. Sus ojos se volvieron oscuros y voraces.
—¿Por qué hablas de una deuda?
—Tú… —No podía decirle que Jiroy y «el Pecas» lo habían mencionado. No sabía cómo tomaría esa noticia—. Tú lo dijiste una vez, cuando hablamos de los motivos por los que querías trabajar —mentí.
—¿Dije algo de una deuda? —preguntó confuso, aunque también, un poco enfadado.
Era evidente que me metía en aguas turbias.
—Sí, dijiste que querías trabajar para independizarte y cancelar tus deudas —hablé esforzándome por sonar indiferente.
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Editado: 31.03.2026