La vida a través de tus ojos

Capítulo 24. Frustraciones.

Después de la discusión de anoche, no había vuelto a hablar con Nathan. No salí de la habitación ni para cenar, le mentí a mi madre diciéndole que tenía dolores musculares por el exigente entrenamiento y necesitaba descansar.

En la mañana, al salir, me tropecé con mi padre en la cocina, recibiendo de él un interrogatorio incómodo.

—He tenido mucho trabajo estos días, por eso he descuidado el seguimiento que hago de tus estudios. ¿Cuándo te entregarán la relación trimestral de tus notas? Siempre lo hacen antes de los exámenes para que los chicos sepan a qué materia prestarles más atención.

Su pregunta me dejó fría.

—Tal vez, la próxima semana —le mentí, ya me habían facilitado el reporte, pero estaba lleno de «notas medias» que a él lo enfadarían.

—Apenas te la den, me la entregas, para monitorear tu desempeño. Quiero suponer que has estado estudiando como es debido por las muchas salidas que has tenido y por esos supuestos encuentros con tutores y grupos de estudio.

Sus opiniones me llenaron de ira. Odiaba que pusiera en duda cada cosa que hacía y decía, desconfiando de mí en todo momento.

—Lo hago, papá.

—La próxima semana sacaré algo de tiempo para repasar contigo en casa. No me gusta que estés estudiando con otras personas. De seguro sus métodos de estudios son pobres y no abarcan bien todos los temas.

El tono de desprecio que usaba para referirse a mis amigos, incluso, a aquellos que le habían demostrado muchas veces ser bastante inteligentes, me irritaba sobremanera. Debía marcharme de allí o terminaríamos discutiendo y eso pondría en peligro mi participación en el partido de ese día.

—Me voy, papá. La entrenadora me pidió que fuera un poco antes a la cancha para hablar sobre unas estrategias nuevas que quiere implementar en el juego de hoy —le mentí con descaro, poniendo punto final a aquella insufrible conversación.

Me marché llevando conmigo el desayuno. Tenía un nudo atorado en la garganta, de rabias, frustraciones y ansiedades. Mi vida, como yo la quería, pendía de un hilo. Me sentía atada de pies y manos y parecía que aquella realidad jamás iba a cambiar por más que me esforzara.

Tan solo faltaban pocos meses para cumplir mi mayoría de edad y para culminar la preparatoria, sin embargo, era una niña totalmente dependiente de su padre, en casi todos los sentidos.

No quería seguir así, pero parecía imposible que tomara mis propias decisiones, que siguiera el camino que deseaba andar o actuara a mi ritmo. Si me imponía, perdía igual, porque me etiquetarían de caprichosa y de altanera. Además, ¿cómo me mantendría sin el apoyo de mis padres?

Era muy buena en el hockey sobre césped y también, en los estudios, aunque mis últimas evaluaciones no habían sido del todo buenas. No solo pesaba sobre mis hombros un seis en Historia, arrastraba además, un siete en Literatura, y era posible que el ensayo de Kafka lo reprobara, así como un debate de Geografía en el que me fue fatal. Ese aluvión de notas medias me traería inconvenientes y no tenía recursos para solventar la situación.

Si mi padre decidía eliminar el hockey de mi vida para aumentar mi concentración en los estudios y yo no acataba su orden, cerraría cada una de mis fuentes de ingreso y me lanzaría castigos despiadados. Si ignoraba esos castigos, me echaría de casa, ya me lo había advertido muchas veces. En caso de llegar a ese punto, ¿a dónde iría? ¿Cómo sobreviviría?

Me senté en las gradas, abatida, lamentando mi inmadurez. No sabía cómo hacer valer mis opiniones, mucho menos, cómo enfrentar al mundo si pensaba imponerlas. Era un fracaso.

La repentina aparición de Sarah me sacó de mis fatalistas reflexiones. La observé extrañada.

—Falta más de una hora para que nos reunamos en los camerinos —le dije, viendo como ella se aproximaba a mí y se sentaba a mi lado con expresión fastidiada.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Suspiré hondo y dirigí mi atención al campo desolado.

—Vine a desayunar, necesitaba privacidad.

Para justificar mis palabras, saqué dos emparedados de atún del bolso donde llevaba el equipo para el partido. Le entregué uno a mi amiga, que aceptó encantada.

—¿Qué pasa? —insistió antes de darle una mordida a su aperitivo.

—Todo mi futuro, como yo lo quiero, se irá al carajo.

—Aún hay posibilidades de recuperarlo. Lo sabes.

Guardé silencio un instante mientras le daba una probada a mi emparedado.

—¿Te conté que mi padre sigue empeñado en que estudie Economía en la universidad y no Educación física? —Sarah solo arqueó las cejas sin dejar de comer—. Pero además insiste en que deje el hockey, porque eso me robará mucho tiempo de estudio.

—De seguro ya ha enviado currículos a empresas para que te contraten cuando te gradúes de la universidad —ironizó—, y hasta podría tener escondido en casa a tu futuro marido.

La miré con reproche, sabía que bromeaba para relajar un poco el drama, pero para mí lo que hacía era tensarlo aún más.

—Estallará una guerra entre él y yo cuando se entere que bajé el nivel de mis notas y me inscribí para una beca deportiva. Y se pondrá peor cuando me niegue a apuntarme en Economía. Me cortará toda la financiación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.