A pesar de que el doctor le había asegurado a mi padre que no tenía ningún problema en la rodilla y que tan solo había sido un golpe que se curaría con reposo, él me trató el resto del día como si fuese una discapacitada.
Cuidó de mí con exagerada atención y no dejaba que me levantara de la cama a menos que fuera al baño. Supe que esa noche las chicas se habían reunido en casa de Janis para celebrar el triunfo, pero no pude asistir.
Traté de convencer a mi padre de que estaba bien y debía ir a la casa de Romina para estudiar, pero ninguno de mis alegatos fue suficiente. Si tenía que estudiar en grupo, entonces, lo mejor era invitarlas a casa.
—Papá, no exageres, estoy bien. Si no me muevo, el dolor podría ser peor.
—Es una lesión peligrosa, Becca. Necesitas reposo.
—No me rompí ningún hueso ni comprometí ningún músculo. Además, ¡estaré sentada estudiando!
—Entonces, lo harás aquí.
Dejé de insistir por la mirada amenazante que él me dedicó. En ella no solo se reflejaba su habitual postura autoritaria, sino que había algo más. Tenía un brillo que me asustó, porque me hizo entender que estaba aterrado.
No se imponía por simple preocupación por mi salud, como lo haría cualquier padre. Su comportamiento nervioso, su insistencia y la manera en que me veía mientras yo descansaba, como esperando a que hiciese algún gesto de dolor o incomodidad para actuar enseguida, me hizo entender que en esta ocasión lo mejor era obedecerlo sin rechistar.
Al final, él salió de mi habitación, tan tenso como la cuerda de una guitarra, pero con su cojera más marcada que de costumbre y con los hombros ligeramente caídos.
Quedé encerrada en mi habitación ahogada en rabias y apagué las luces para no recibir la visita de nadie. Quería estar sola relamiendo mis heridas y bufando como un toro herido.
Cuando Nathan apareció me hice la dormida. Lo escuché hablar con mi madre al otro lado de mi puerta sobre un repentino viaje a Providence. Ella lo reprendió por haberse ido sin avisar, alterando más a mi padre, que no la estaba pasando bien por mi accidente en la cancha.
Solo alcancé a escuchar la insistencia de él de que nadie se había enterado de su visita y que no lo siguieron a Cranston porque supo pasar desapercibido. Aquello me produjo curiosidad, pero por las frustraciones y rabias que me atormentaban, más el dolor en la rodilla, no pude pensar en otra cosa.
Odiaba que Nathan pudiese hacer lo que quisiera sin preocuparle las consecuencias. Tenía medios y conocimientos para viajar de una ciudad a otra sin importarle si había un castigo esperándolo al regresar. Que, por supuesto, no lo había.
Mis padres solo escucharían con paciencia sus motivos y le harían llegar algunas advertencias antes de olvidar el inconveniente. A él no le encerrarían en su cuarto de por vida y le eliminarían la financiación, o le quitarían su pasión más amada como lo harían conmigo. La injusticia era un plato muy amargo.
Nathan tuvo intención de entrar a mi dormitorio para saber de mí, pero mi madre le pidió que me dejara dormir. Mi padre había exigido que no me molestaran.
Luego de un silencio que para mí fue eterno, él se marchó al ático.
No podía negar que ansiaba verlo, sentir el calor de su contacto y el sabor dulce y desesperado de sus besos, pero a la vez lo detestaba. No estuvo allí cuando más lo necesité. Me había hecho mucha falta ese día.
Pensar en Nathan y en los momentos intensos que tuvimos me deprimió. Mis lágrimas saltaron de mis ojos al recordar la forma en que me abrazaba, como si quisiera conservarme para siempre.
En lo emocional entendía que me aferraba demasiado a él, pero lo sentía cada vez más lejano. Alrededor de Nathan se tejían muchos secretos y cada vez me resultaba más difícil resolver alguno.
Él se cerraba y me dejaba siempre afuera, convirtiéndose para mí en todo un enigma.
Al día siguiente desperté con un fuego ardiendo en mi pecho. Era como si toda la ira y la frustración que había experimentado el día anterior se hubiese hecho carbones en mi corazón, donde la determinación chispeaba, así como mis ganas de ser libre.
La rodilla le tenía por completo desinflamada y, aunque me dolía un poco al hacer algunos movimientos bruscos, me sentía de maravilla.
Bajé a la cocina con mi padre tras de mí recitándome un sinfín de advertencias si no cuidaba mi salud, hallando a Nathan allí. Desayunaba con mi hermana y mi madre.
Di un saludo general a todos mientras me aproximaba a la encimera para servirme una taza de café.
—Iré a estudiar a casa de Romina —dicté sin mirar a nadie, concentrada en mi tarea.
—Becca, ya te he dicho que…
—¡El doctor dijo que estoy bien! —detuve a mi padre fijando mi atención en él.
Todos me miraron impactados y mi corazón latió con aceleración, nunca había contestado de esa manera. La expectativa por los resultados de mi altanería agitó mis nervios.
—Siempre dices que debo poner mis estudios primero y eso hago. Esta semana tengo evaluaciones importantes y necesito estudiar. Las chicas están reunidas desde ayer y yo he perdido mucho tiempo siguiendo tus exigencias. Ya cumplí con el reposo y te demostré que me encuentro genial, ahora me toca ocuparme de mis responsabilidades. Iré a estudiar a casa de Romina.
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Editado: 31.03.2026