La vida a través de tus ojos

Capítulo 27. Dudas.

Al día siguiente, no me importó recorrer a pie los kilómetros necesarios para llegar al instituto. Quería aprovechar el tiempo para obtener de Nathan lo que había perdido en casa esa mañana, al no poder besarlo frente a mis padres.

Me encantó caminar tomada de su mano, con nuestros dedos entrelazados. Había tenido novios antes, pero con ellos sentí cierto recelo, o vergüenza, por demostrar en público lo que sentía.

Con él era diferente. Había tanto deseo aglomerado en mi vientre que no me preocupaban los ojos que pudieran vernos, el qué dirán, o algo por el estilo. Solo quería sentir su calor y saborear su boca.

En el instituto, sin embargo, me controlé un poco más. Me molestaba la mirada lacerante de Ray.

Debía hablar con él, porque además había recordado que algunos chicos querían usar mis acciones para fastidiarlo y sacarlo de la capitanía de los Tigres. Tenía que ser cuidadosa.

Había pensado que nuestra extraña relación era clara: una amistad con ciertas y ocasionales exclusividades que no significaban un compromiso, pero era evidente que ni él ni el resto del instituto lo comprendían de esa manera.

Debía aclarar las cosas con mi amigo, pero ese día Sarah y las chicas me abordaron apenas puse un pie dentro de la institución.

—¿Lista para la evaluación de hoy? —quiso saber Sofía.

—Eso creo —respondí con sinceridad y me despedí de Nathan para ir con ellas al aula.

—Yo estoy que no doy más. No pude terminar el ensayo que pidió la profesora Gutiérrez.

—¿Y cómo lo resolverás? Tienes un puntaje bajo en esa materia —le recordé.

—Tendré que llorarle luego de clases para que me permita traerlo mañana. Debí terminar el trabajo práctico de Biología, esa materia la tengo aún más baja.

—Igual se te acumulará todo —apuntó Sarah—. ¿Hiciste el ensayo sobre Literatura inglesa? —Sofía negó con la cabeza—. Ese también es para esta semana, niña, y el debate sobre Romeo y Julieta. ¿Leíste el libro?

—Los dos mueren al final —respondió de mala gana, haciéndome reír.

—Estoy segura que eso no lo preguntarán —bromee, pero ella puso los ojos en blanco demostrando lo saturada que estaba con los estudios.

—Hablaré con Romina para que me lo haga.

—¿Romina sigue haciendo ensayos para otros? —pregunté interesada.

—Ahora cobra de quince a treinta dólares por trabajo, dependiendo de la cantidad de páginas y de la complejidad del tema —respondió Sarah.

—¿Y los hace bien?

—¿Por qué crees que saqué un excelente en el ensayo de Kafka?

—¡¿Pagaste por él?!

Sarah me regañó con la mirada por haber alzado la voz.

—O estudio para las evaluaciones, o hago ensayos. No puedo trabajar en dos cosas al mismo tiempo teniendo que ocuparme también del hockey. ¿Qué creen que soy? —finalizó indignada.

Dejamos de hablar al entrar al aula. Enseguida el profesor apagó las luces para iniciarnos en el tema de la clase reproduciendo un documental sobre civilizaciones antiguas, un anticipo a la evaluación que tenía preparada. Yo no atendí mucho por pensar en lo que me habían dicho las chicas sobre el trabajo de Romina.

Si aceptaba diez encargos de treinta dólares cada uno, en un fin de semana, con facilidad haría trescientos dólares, o más. Eso no era mucho, pero me ayudaría a comenzar a ahorrar. En un mes podría hacer más de mil dólares. Y si me esforzaba, llegaría a los dos mil.

El problema era que yo no tenía ni el tiempo ni la sabiduría de Romina, una chica que no hacía otra cosa que estudiar y quien desde el jardín de infantes era una genio.

Yo me esforzaba mucho por comprender y realizar mis propias tareas en el poco tiempo libre que me dejaba el hockey, sería imposible arriesgarme con labores escolares de otros.

Además, si no lograba un excelente en mis propios trabajos, ¿lo haría con el de los demás?

Si debía pagar treinta dólares o más para que me hicieran una tarea, lo mínimo que esperaría sería un excelente. Menos podría representar un fraude. Y si los profesores descubrían la trampa, tanto mis estudios, como mi salud mental y emocional, quedarían en riesgo.

Conocía casos de chicos a los que habían expulsado de Harley por realizar ese tipo de estafas años anteriores. Si llegaba a perder mis estudios por ese motivo, poniendo en riesgo mi futuro con el hockey, moriría antes de que mis padres me mataran.

A pesar del peligro que representaba, terminé la jornada escolar sacando cuentas de lo que ganaría si aceptaba algunos pocos encargos a conocidos de confianza, como a Sarah.

Al reunirme con Nathan para almorzar no dudé en hablarle del tema.

—Con cinco trabajos a cuarenta dólares cada uno, estaría haciendo doscientos dólares a la semana. No es mucho, pero eso es mejor que nada. El problema es que tendré que organizar bien mi tiempo para cumplir con esos encargos sin descuidar el hockey y mis propias tareas.

Él me escuchó con atención mientras comía. Cuando se dio cuenta de que había terminado, se atrevió a intervenir.




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