La vida a través de tus ojos

Capítulo 28. Malas energías.

Dicen que los problemas se resuelven hablando sobre ellos, pero las intrigas que habían entre Nathan y yo no las pudimos conversar esa semana… ni la siguiente.

Aquellos días fueron una verdadera locura. Con esfuerzo, y con el apoyo de Sarah, logré que las chicas aceptaran adelantar los entrenamientos. Algunas ya se habían inscrito en grupos de estudios y tuvieron que cambiarlos a otro horario para que no chocara con las prácticas.

Necesitamos de un par de día de debates intensos antes de lograr que dieran su brazo a torcer. Nos sirvió que la entrenadora presionó un poco porque había conseguido un segundo empleo en una escuela deportiva en Warwick, que estaban por inaugurar. Todos teníamos necesidades y lo mejor era colaborar.

Gracias a eso pude comenzar a trabajar en el supermercado. Al principio, por cuatro horas al día. La experiencia fue interesante, pero como había dicho mi amiga, resultaba muy dura.

Mi rol era reponer los anaqueles con productos nuevos, limpiarlos, ordenarlos y asegurarme que cada uno tuviese la etiqueta del precio. Dentro del establecimiento veía a Nathan pocas veces, él tenía muchas otras obligaciones y casi todas en el depósito, pero en ocasiones salía y cruzábamos miradas y sonrisas que aumentaban mi ánimo.

Sin embargo, llegaba a casa hecha un guiñapo. A mi padre le había dicho que estaba apuntada en un grupo de estudio, por eso debía disimular el cansancio, o sospecharía. Nathan me ayudaba, me mantenía activa en las noches mientras me apoyaba con los trabajos escolares, que se acumulaban sobre mi escritorio con alarma.

El fin de semana Sarah me había llamado para salir. El sábado se reunieron un grupo del instituto en un restaurante en las afueras de la ciudad para comer hamburguesas, luego asistieron a una fiesta organizada por Walter, pero me fue imposible escapar. Tenía demasiadas tareas atrasadas y mi padre mantenía una vigilancia férrea evaluando que cumpliera con mis pendientes.

Cuando mi padre y mi madre salían con Maya a hacer alguna compra u otra diligencia, Nathan y yo desatábamos las ganas que palpitaban en nuestro interior. Soltábamos los libros y nos tumbábamos en la cama, o nos quedábamos sobre la alfombra, para comernos a besos. Rompíamos las reglas, con la adrenalina fluyendo incontrolable en nuestras venas.

Nathan parecía amar mis labios, estaba ebrio por ellos. Cuando nos besábamos era arrollador, quedábamos sin aliento, sin dejar nada para después, porque existía un clima de incertidumbre entre nosotros que nos hacía creer que cerca se hallaba el final.

Había muchas cosas no dichas, planes no comentados, situaciones vergonzosas que nos ataban y no permitían que fuéramos del todo libres. Nuestro suelo era inestable, las barreras muy altas, pero nuestros corazones latían al mismo ritmo y de forma desenfrenada.

Cuando oíamos el auto de papá estacionarse frente a la casa, retomábamos nuestras poses manteniendo una sonrisa en el rostro y con el sabor a besos en los labios.

La rutina de la semana siguiente fue igual de intensa, tanto, que en ocasiones Sarah me sorprendía dormida en clase. Estaba agotada. El instituto me desgastaba la mente, los entrenamientos las energías y el trabajo y Nathan las emociones.

Había días en que, fuera de Nathan, nada resultaba divertido, ni fácil. La monotonía empezaba a parecerme tediosa.

Una vez me tocó ordenar en los anaqueles unas ceras para auto. Saqué las cajas del depósito, limpié el largo estante y empecé a alinear sobre ellos los envases poniéndole a cada uno la etiqueta del precio.

Lo hacía de forma mecánica mientras susurraba los diferentes tipos de sistemas políticos que existían en el continente, sus características y ejemplos, ya que tendría un debate sobre ese tema al día siguiente.

Estaba tan concentrada en mi tarea que me había olvidado del mundo que me rodeaba, hasta que un brazo ejercitado se movió de forma repentina junto a mí para tomar uno de los envases.

Me callé y giré enseguida la cabeza para saber quién había roto la perfección de mi trabajo.

Los ojos rencorosos de Ray me traspasaron, parecían decepcionados.

—Hace unas semanas esta cera estaba más económica. Qué rápido cambian las cosas y es lamentable que sea para mal.

Su última frase pareció dirigida a mí, no al producto que llevaba. Me hizo sentir terrible, más aún, por la mirada cargada de reproches que me dirigió antes de darse media vuelta y alejarse.

Se detuvo un instante al ver a Nathan parado en el borde del pasillo, con sus ojos fieros puestos en él. Ray le mantuvo la mirada tan solo unos segundos, luego se fue. Respiré de nuevo cuando desapareció.

Una pelea dentro de mi lugar de trabajo no me beneficiaría.

Una vez que Ray se perdió de nuestras vistas, Nathan me sonrió con dulzura y me guiñó un ojo. Luego regresó a sus tareas.

En mi vientre se desataba un enjambre de abejas cada vez que él tenía esos gestos conmigo. Con ellos me hacía olvidar cualquier mal momento.

Cuando volví a quedarme sola, reinicié mi trabajo y pensé en Ray. Debía hallar una ocasión para hablar con él. En el instituto nunca teníamos privacidad y luego mi tiempo se monopolizaba entre los entrenamientos y el trabajo, resultando imposible.




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