La vida a través de tus ojos

Capítulo 29. Una perdida enorme.

Cuando volvimos al campo se oían truenos lejanos. Esperaba que pudiéramos terminar el partido antes de que se desatara la lluvia.

Al retomar mi posición me sentí cansada, los huesos me dolían, tenía sueño y los músculos se me habían entumecido. Aquello estaba mal, muy mal. Nunca me había pasado tal cosa. Se lo atribuí al mal estado del tiempo, no a mi falta de descanso.

Una vez más el juego estuvo difícil, pero empeoró cuando las rivales se anotaron un par de tantos. Noté que el desánimo cayó como un yunque en cada una de mis compañeras, y, aunque a mí me movía la ira, pronto me contagié con sus emociones.

Las malas jugadas se multiplicaron: tropezábamos entre nosotras, perdíamos con facilidad la bola o hacíamos lanzamientos muy fuertes, sin un destino definido. Discutíamos y nos mirábamos con irritación, mascullábamos maldiciones o reproches y hasta hacíamos gestos malcriados cuando nos equivocábamos, como golpear con rudeza el suelo con el palo o rugir como tigresas frustradas.

Las rivales disfrutaban con el espectáculo, reían con disimulo o murmuraban entre ellas. De las gradas nos llegaban gritos de reproche o burla, o gestos negativos que demostraban el poco nivel del apoyo de nuestro público a causa de nuestro terrible actuar.

Lo peor llegó cuando sonó el silbato que anunció el final del partido y nos dejó una derrota aplastante de cuatro a cero.

Pitas, abucheos y hasta basura cayó de las gradas. La entrenadora rápido nos hizo entrar a los baños. El silencio era sepulcral y las caras de desánimo y cólera se multiplicaban.

Antes de que la entrenadora se reuniera con nosotras, Janis se abalanzó sobre mí para darme un empujón que casi me tira al piso.

—¡Esto es tu culpa! —expuso con ira.

Me enfadó sobremanera su actitud. Lancé mi palo al suelo y la enfrenté dispuesta a enredarme con ella en una pelea.

—Te comportaste como una enferma del corazón en la cancha —solté con desprecio—. Cuando corrías parecías que morirías por la falta de aire, ¿y dices que todo es mi culpa?

Ella se envaró aún más.

—¡¿De quién fue la idea de cambiar el horario de las prácticas para trabajar y complicarnos la vida por su egoísmo?! —bramó casi histérica.

Yo amplié los ojos con alarma. A nadie le había dicho que trabajaba, solo a Sarah, no quería que se corriera la voz y el comentario llegara a oídos de mi padre, pero era evidente que había fallado.

Sarah apareció a mi lado y se interpuso entre ambas.

—Calma, gallitos. Aquí todas tenemos culpa del resultado del juego. Tú trabajaste hoy de forma individual y arrastrabas la lengua en el césped por el cansancio —me señaló—. Y tú solo asististe una vez en la semana al entrenamiento, tenías mala condición física desde el inicio —dijo señalando a Janis.

—¡Eso fue por estudiar! —rebatió la chica—. Dormí poco esta semana para evitar perder dos materias, no por tirarme al asistente del profesor White.

Sarah enrojeció con la referencia. Janis hacía referencia a Steven.

No comprendía cómo ellas podían saber esa noticia. Si llegaba a oídos de algún profesor o directivo, el conflicto estallaría. Era evidente que en Harley no se podían mantener secretos.

Como fue de esperarse, Sarah agarró a Janis por el cuello de la camisa y comenzó a sacudirla con rabia, la amenazó con matarla si abría la boca. Varias chicas salieron en defensa de Janis y pretendieron golpear a Sarah, tuve que incluirme para ayudar a mi amiga. Otras más me siguieron.

Se armó un pandemónium en los baños, con gritos que se mezclaban con los golpes y las patadas, hasta que la entrenadora entró con su asistente y con otras dos personas para separarnos.

Le resultó difícil controlar la trifulca, aprovechamos la ocasión para descargar tensiones y castigar a otros por los errores que cometíamos.

Cuando al fin nos detuvimos, yo tenía un hilo de sangre en la comisura de mis labios y a Sarah le había dado un golpe en la cabeza que la tenía medio mareada.

No fuimos las únicas heridas. Al paramédico le llevó un buen rato atendernos mientras la entrenadora nos daba una dura reprimenda verbal.

Al salir, a Sarah ya comenzaba a notársele un cardenal en la frente, que debió ocultar con una gorra.

—Maldita sea, no pude sacarle los ojos —se quejó mi amiga mientras caminábamos hacia el exterior.

Ya no quedaba nadie en el campo. Todos se habían ido mientras nos regañaban como a niñas.

—Este día estuvo horrible —dije deprimida.

Me preocupaba lo que esa situación provocaría en el equipo en el futuro.

—Horrible fue no darle a Janis la lección que se merecía. Esa perra pide a gritos una buena tunda desde hace tiempo.

En eso tenía razón, Janis siempre había sido la más problemática del equipo. Le gustaba provocar con palabras y gestos, sin embargo, nunca había sido tan violenta.

Quise comunicarle a mi amiga mi creciente preocupación por el ánimo en el que había quedado el equipo luego de esa pelea, las divisiones que provocaría, pero al ver a Nathan esperándome a la salida mis angustias desaparecieron.




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