Al llegar a casa no necesité decir nada para que la furia caldeara por completo a mi padre. Cuando vio mi labio hinchado dejó lo que hacía para aproximarse enseguida a mí.
—¿Estás bien?
—Sí, fue solo un golpe.
—Que supongo, no te lo diste tú misma.
Suspiré hondo antes de responderle.
—Nos peleamos en los baños por el resultado del partido.
Él tensó la mandíbula con enfado.
—No estoy criando a una delincuente.
Sus palabras me enfadaron.
—Tampoco a una mujer débil que no es capaz de defenderse.
—Hay muchos otros medios para defenderse que irse a los golpes. Eso es para los ignorantes —aseveró con rabia.
—¡Me atacaron, papá! No tuve tiempo de enumerarle a la persona que se me lanzó encima para golpearme las diferentes formas que existían para resolver un conflicto. ¡Tuve que defenderme!
Por supuesto, él tomó mi respuesta y el tono en que la había expresado, como una insolencia que debía ser corregida enseguida. En vez de dirigirme a mi habitación para al fin descansar, tuve que soportar una hora de charla referente al buen comportamiento de una dama y aceptar que me llevara a urgencias para que revisaran la sutura de mi herida, o no me dejaría en paz por el resto de mi vida.
La visita al médico fue mi condición para evitar que él asistiera al día siguiente al instituto a poner una queja. Ya estaba harta de que mi padre me avergonzara frente a mis amigos, tratándome siempre como una idiota incapaz de hacer algo por su cuenta.
¡¿Cuándo comenzaría a confiar en mí?!
En la noche, mientras descansaba, Nathan fue a mi habitación para llevarme un té que mi mamá me había preparado y se sentó a mi lado para hacerme compañía.
—¿Te sientes mejor?
—No, está pasando el efecto del calmante y aún me queda una hora para tomar el próximo.
—Me hubiese gustado haber visto la pelea —dijo en tono jocoso.
Lo traspasé con la mirada, pero él lo que hizo fue reír.
—No me parece gracioso.
—Si no te ríes de ti misma, jamás lograrás superar los malos momentos.
—¿Lo dices con experiencia?
Aumentó la sonrisa. Verlo así me ayudó a pensar menos en mis desgracias.
—En realidad, tengo mucha experiencia en eso de reírme de los problemas que se me presentan.
Lo observé con curiosidad mientras daba un trago pequeño a mi bebida.
—Ya veo, eso quiere decir que eres un buscapleitos.
—No, ellos suelen venir a mí sin que los busque.
Pensé en Ray y en la forma en que lo fastidiaba solo porque sentía que él amenazaba sus intereses.
—Si lo dices por Ray… él solo está celoso.
—Lo sé, varios me lo han dicho.
—¿Quiénes?
—Algunos chicos que suelen estar con él. Por costumbre lo acompañan, pero no están muy de acuerdo con lo que hace actualmente.
—Ha cambiado mucho este año —dije con pesar—. Antes era más amigable y responsable.
—Al parecer, tiene problemas serios con su padre y eso lo ha desequilibrado.
—¿Cuáles? —pregunté curiosa.
Ray me había mencionado algo al respecto cuando estuvimos en la casa de Donovan, pero no profundizamos en el tema por la llegada de Nathan.
—Dicen que es porque bajó muchísimo su nivel deportivo y las notas, por eso hasta ahora ninguna universidad lo ha aceptado, pero además, Walter lo busca casi todas las noches en su casa y Ray lo sigue a dónde sea.
Apreté la mandíbula con rabia. Walter siempre andaba detrás del estudiante más destacado del instituto, ya que estar a su lado le aseguraba mantener su comercio de drogas y alcohol, así como interesados en sus apuestas ilegales.
—Él quiere cambiar. Cuando nos graduemos se irá a Nueva York con su hermano, piensa recuperar su nivel en el hockey y conseguir una beca para estudiar allá. Sé que lo logrará.
—Antes tendrá que alejarse de Walter. Esas malas juntas lo perseguirán donde esté.
Eso último lo dijo con un tono de enfado y con la mirada fija en los recuerdos. Quise aprovechar la ocasión para ahondar más en los secretos de él. Me era difícil acostumbrarme a la idea de una relación con Nathan si no existía confianza entre nosotros.
—¿Por qué fuiste a Providence el fin de semana pasado?
Quedó paralizado un instante por la pregunta, luego me miró con aprehensión.
—Tuve que hacer unas diligencias.
—Fuiste por lo de Jiroy y «el Pecas». —Los ojos de Nathan casi se salieron de sus órbitas—. ¿En qué los ayudas?
—¿Ellos te dijeron algo?
—Casi ni los veo en el instituto y cuando lo hago, se alejan enseguida.
Lo vi tensarse. Era evidente que el tema le inquietaba.
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Editado: 31.03.2026