El instituto se transformó en un campo de batalla para mí. El trato alegre y cálido que todos me prodigaban fue reemplazado por miradas frías o confusas. Pocos me saludaban y, cuando lo hacían, eran gestos disimulados, como si sintieran vergüenza por hacerlo. Las murmuraciones se hacían eco a mi espalda y aumentaban mi irritación.
Estaba tan indignada, asustada y furiosa que no sabía medir mis acciones. Me comportaba como un animal acorralado que huía de la muerte.
Las chicas del equipo de hockey femenino nos unimos para resolver la situación, olvidando nuestras diferencias del día anterior. Tomamos el salón de música durante el receso más largo y dejamos las luces apagadas para que nadie sospechara que estábamos dentro mientras Janis y dos integrantes más del equipo traían a nuestra presa.
Apreté los puños para procurar controlar el leve temblor de mis manos, las tenía frías, pero no sabía si era de miedo o de rabia. Cuando Janis llegó y abrió la puerta de golpe, me sobresalté. Los nervios se me fueron a la cabeza, más aún, al ver como metían dentro del salón, a los empujones y bajo amenaza, a Naty, la fotógrafa del diario escolar.
—¡Entra, perra!
Como ella se negaba a obedecer e intentó escapar, Janis la tomó con rudeza por el cuello de la camisa y la estampó contra una pared mientras sus compañeras cerraban la puerta. Sus anteojos cayeron al suelo.
Quedó rodeada por trece mujeres bien cabreadas, que la veían con odio.
—¿Ganaste el Pulitzer con esa nota sobre nosotras? —preguntó Sarah con odio.
—¡Yo no la escribí! —aseguró, asustada.
—Siempre te dan a ti el encargo de escribir sobre nosotras —escupió Janis.
—Pero, ¡yo no la escribí! —repitió, con los ojos muy abiertos y aterrados.
Janis la hizo rebotar contra la pared para obligarla a bajar la voz. Naty se quejó por el dolor en su espalda y cabeza.
Al ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, retrocedí. Me asustaba la furia que nos embargaba. ¿En qué mierda nos habíamos convertido?
—Si no fuiste tú, ¿quién lo hizo? —siguió fustigando Sarah.
—No sé. Me pidieron que cubriera un torneo de ajedrez en una escuela estadal, eso hice. No sé a quién le tocó cubrir el juego de las Tigresas.
—¿Te refrescamos la mente, zorrita? —amenazó Janis pretendiendo darle un golpe en el rostro.
En ese punto reaccioné.
—¡Janis, suéltala! —exigí para detenerla. Aquella situación estaba a punto de ponerse muy seria.
—¿Qué mierda te pasa, Becca? —preguntó ella con rencor.
La rabia me embargó. Avancé hacia ellas apartando con brusquedad a las chicas, tomé los anteojos del suelo y luego forcejeé con Janis para alejarla de Naty.
—Nunca hablamos de torturarla, solo de interrogarla —expliqué con postura pendenciera.
—No dirá nada si le preguntamos por las buenas —bramó Sarah, y se ubicó junto a Janis demostrando su molestia.
—Eso nunca lo sabremos si no lo intentamos.
Tuve que hacer un esfuerzo por mostrarme firme y más desafiante que ellas. Todas habían sido afectadas por las calumnias publicadas en el diario, estaban furiosas y querían vengarse de alguna manera de la afrenta.
Aunque mi intención era la misma, lastimar físicamente a otro no era mi estilo, mucho menos, si había posibilidades de que fuera inocente.
Cuando me aseguré de que cada una entendiera que ahora yo tomaría las riendas de aquel interrogatorio, me giré hacia Naty y le entregué sus anteojos. Ella parecía un cachorro asustado. Con manos temblorosas se colocó sus gafas, aunque procuró mantenerse erguida.
—Te trajimos hasta aquí porque para nosotras ese artículo es una condena. Nuestro futuro está en juego —le dije muy seria—. Los reclutadores universitarios ahora evalúan nuestro desempeño estudiantil y deportivo, esa nota podría empañar nuestros esfuerzos. No solo perderemos un cupo en la universidad, sino nuestro sueño de profesionalizarnos en el hockey sobre césped y nuestras relaciones familiares. Nos llaman putas, alcohólicas, drogadictas, delincuentes y malas estudiantes, nos dejaron como lo peor de Harley, necesitamos saber quién hizo eso.
—Entiendo que estén molestas —expuso Naty con voz temblorosa—, pero tratarme de esta forma no las ayudará.
—Jamás entenderás lo que sentimos —le reproché llena de ira.
—Becca, yo estoy del lado de ustedes —dijo casi en un ruego—. No soy su enemiga.
Rugí aproximándome más a ella para mostrarme intimidante.
—Cuando estuvieron a punto de publicar el artículo donde hablarían mal de Ray y de los Tigres, enseguida viniste a nosotras para buscar una salida y evitarles la humillación. Con ellos sí fuiste rápida, pero con nosotras no fue así.
—Te dije que a mí nunca me comunican las decisiones finales de edición, en aquella ocasión me enteré por casualidad.
Varias de mis compañeras resoplaron con burla, yo negué con la cabeza.
—Nos conocemos muy bien, Naty. Así como tus amigos saben mucho de nosotras, nosotras también sabemos mucho de ustedes. Como, por ejemplo, quienes en el periódico escolar compran droga, quienes se emborrachan hasta la médula en las fiestas y quienes aceptan sobornos para beneficiarse con un artículo positivo, como lo ha estado haciendo Juno y varios del equipo masculino.
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Editado: 31.03.2026