Mi yo interno quiso esquivarlo y perderse por las calles de la ciudad, pero solo caminé hacia él. Mi lado consiente entendía que huir no sería una buena estrategia. Vivíamos en la misma casa, en algún momento debía darle la cara.
—¿Qué haces aquí?
—Te espero, para regresar juntos.
—No es necesario —aseguré y seguí mi camino hacia la parada de bus.
Él enseguida se incorporó para ir a mi lado.
—Becca, lamento mucho lo sucedido en el instituto.
—Lo estoy resolviendo —dije. No quería su compasión.
Me tomó por el brazo para detenerme y así obligarme a verlo a los ojos.
¿No se percataba que de esa manera quedaba desarmada?
—Fue Ray.
—¿Tienes prueba de eso?
Nathan apretó la mandíbula con enfado.
—No, pero escuché comentarios y estoy seguro que son ciertos.
Suspiré con cansancio y seguí andando.
—Eso ya no importa. La nota se escribió y está corriendo entre los estudiantes, buscar un culpable no nos sirve de nada. A la mala información solo se le ataca con acciones correctas.
—¿Qué quieres decir?
—Las palabras ya están dichas, solo haciendo lo contrario demostraremos que son falsas. Eso significa que hay que ganar los próximos partidos y aprobar los próximos exámenes. —Callé un instante. Necesitaba soportar el golpe que mis propias palabras me darían—. Y alejarnos de todo lo que nos desestabiliza —agregué con pesar, sin poder mirarlo.
Él de nuevo me detuvo. Esta vez se puso frente a mí y sostuvo mi cabeza con ambas manos para evitar que lo esquivara.
—Soy yo quien te desestabiliza.
Aquello no lo dijo como una pregunta. Era consciente del efecto que provocaba en mí.
—Desde que llegaste, mi vida se transformó en un caos, perdí mi mundo seguro y me llené de confusión. No te niego que ha sido exquisito, pero me da miedo, Nathan. Esta inestabilidad me hace actuar con torpeza.
Su bello rostro se tensó y sus pupilas se oscurecieron aún más. Abría una herida profunda dentro de él, tan grande como la mía. Aunque resultara cruel, debía hacerlo. Si no me alejaba de Nathan, jamás lograría asentar de nuevo los pies en la tierra.
Él había sacudido mi mundo. Alejarme de su energía vibrante me permitiría pararlo y retomar el control.
Cometí el error de observar sus labios, que se habían apretado en una línea fiera. Me hubiese gustado besarlos y relajarlos con la caricia de mi lengua, pero ya no. Esa droga tan exquisita debía olvidarla.
Cuando estuvo a punto de decir algo, la llegada de Jerry en su auto lo detuvo.
—Ey, men. ¿Los llevo?
Nathan se envaró, aun taladrándome con su mirada llena de reproches.
—¿No tienes algún compromiso? —le preguntó al hombre.
—Solo llevarlos a ustedes y luego irme a dormir —bromeó Jerry con rostro sonriente.
Después de asentir, Nathan abrió una de las puertas traseras.
—Vamos —me dijo, muy serio.
Me sentí mal por el daño que le seguía haciendo.
—Puedo ir en el bus…
—Vamos, Becca —me interrumpió con sequedad.
Acepté para no maltratar más aquella herida. Subí enseguida al auto y él ocupó el asiento del copiloto.
Luego de unos minutos y cuando ya estábamos en la vía, Jerry rompió el pesado silencio.
—Ya me entregaron mi pasaporte y la próxima semana compraré los pasajes.
—¿Y conseguiste la mochila? —consultó Nathan con su atención puesta en la vía. Se notaba cabreado, aunque Jerry ignoraba su estado.
—Todavía no, pero lo haré pronto, y pondré en venta el auto.
El silencio que vino luego no hizo más que aumentar mi desasosiego.
¿Pasaporte? ¿Pasajes? ¿Mochila? ¿Venta de auto?
—¿Te irás de viaje? —pregunté curiosa hacia Jerry. Este me sonrió con amplitud a través del retrovisor.
—Nos vamos, preciosa —aclaró y señaló a Nathan con la cabeza—. Nos iremos de mochileros a Europa con unos amigos.
La noticia me dejó congelada. Vi como Nathan fulminó a Jerry con la mirada, pero eso solo aumentó más la sonrisa del hombre.
El dolor en mi pecho, que ya se experimentaba profundo, se volvió insondable. Me abracé a mí misma y desvié la vista hacia la calle para disimular mi estado, aunque fracasaba de forma rotunda.
Al llegar, me despedí de Jerry con un gracias y bajé del auto a las carreras. Necesitaba refugiarme en mi habitación a desangrar mis penas.
Nathan me llamó al entrar a la casa, pero no quise atenderlo. Mis lágrimas estaban a punto de desbordarse.
Él corrió hasta detenerme cuando comenzaba a subir las escaleras. Me giró para que le diera la cara.
—Lo que dijiste antes, ¿fue en venganza por lo mal que te traté ayer?
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Editado: 31.03.2026