A pesar de la firme determinación que tenía para afrontar mis problemas, sentía que todo iba mal. Vivía con el temor de que mi padre se enterara de algo y me obligara a enfrentarlo, a decirnos cosas duras y difíciles de digerir. No quería hacerlo.
También me pesaba el rechazo a Nathan y la enorme lejanía que había entre los dos. En casa solo un techo nos separaba y en clases, algunos pocos asientos, pero lo sentía a kilómetros de distancia, sobre todo, cuando posaba en mí su mirada cargada de reproches y anhelos.
Hacía todo mal. Me dejaba guiar por el miedo y la confusión lastimando a las personas que más quería, agrietaba nuestra relación corriendo el riesgo de que se quebrara definitivamente de un momento a otro.
—Becca, ¿puedo hablar contigo?
Miré con odio a Ray cuando me detuvo al salir de una de mis clases.
Gracias a Naty, averiguamos que efectivamente él se había aliado con Juno para convencer a Scott de publicar la foto de la supuesta pelea con Nathan en el estadio del instituto. Su plan era mostrar a Nathan como un chico celoso y violento y manchar su reputación para así acallar las burlas que recibía.
Juno se aprovechó de su rabia para manipularlo y lograr que al menos, una vez, los apoyara. Ray tenía información del complot que fraguaban sus compañeros contra nosotras, al creernos las culpables de la desintegración de su equipo, y no dijo nada.
Scott, movido por el hambre de fama, se encargó de la publicación del artículo sin consultarlo con Lorna, o con alguien más, y aprovechando que estaba solo asumiendo la dirección del diario. Aquel error no solo le estaba costando su naciente carrera periodística, sino además, su continuidad en el instituto. Los directivos aún decidían qué hacer con él.
Lorna nos convenció de no levantar una queja. El consejo de profesores y los directivos se abocaron a resolver la situación sin que el asunto escapara de los muros del instituto, ya que afectaría a mucha gente.
El artículo se consideraba ofensivo y discriminatorio, e iba contra los valores que promocionaba la institución. Muchas de las víctimas éramos menores de edad, las consecuencias legales podían ser desastrosas.
—Ray, dejemos el asunto hasta aquí. Ya estás pagando por tu culpa y yo tengo cosas que hacer.
Me había apuntado a un grupo de estudio y aprovechaba cualquier momento libre para estudiar y ponerme al día con las materias, al tiempo que desarrollaba con las Tigresas un entrenamiento riguroso para ganar el partido del próximo fin de semana. Si triunfábamos, entraríamos en los cuartos de final con el mejor desempeño de nuestro grupo. El fracaso del juego anterior nadie lo notaría.
Así que esquivé a Ray para seguir mi camino, pero él me detuvo al sostenerme de un brazo.
—Becca, me equivoqué. Necesito tu perdón.
—Pídele perdón a Nathan, trataste de ensuciar su nombre. Y a las chicas, por el mal que les ocasionaste —repliqué y me liberé de su agarre.
—Solo quería que ese idiota se alejara de ti.
—Soy yo la que decide quien se aleja de mí y quien no —contesté con reproche y le di la espalda para irme, pero él corrió para pararse frente a mí y volver a detenerme.
—Él no es bueno para ti.
—¿Y tú lo eres? —lo pinché con arrogancia, viendo como empalidecía por la vergüenza.
—Me conoces, Becca, somos amigos desde hace años. Sabes que yo no soy un vago, un violento o un drogadicto, ni estoy involucrado en el negocio del narcotráfico. Me he desviado un poco de mi camino este año, pero ya estoy recuperándome. Te lo demostraré.
—Ray, a mí no tienes que demostrarme nada. Porque te conozco, sé que pasas por un mal momento y saldrás de esta, pero también sé que la gente cambia a medida que experimenta nuevas vivencias, nunca somos los mismos. Tú no eres el mismo, ahora casi ni te conozco. —Mis palabras lo atormentaron, pude notarlo en sus expresiones—. Yo no sé qué sabes de Nathan, o qué te han dicho sobre lo que hizo en el pasado. Solo te diré que él ahora es una buena persona, que busca salir adelante a su manera y tiene aspiraciones. También comete errores, pero nunca deja de mejorar. Déjalo en paz.
—No quise fastidiarlo por capricho, él se estaba metiendo mucho entre nosotros.
—¿Entre nosotros? —exclamé disgustada—. Ray, tú y yo solo somos amigos.
—Hay química, Becca. Lo sé y sé que tú lo notas. Este año mi plan era convencerte de eso, pero él llegó y echó todo a perder —mascó eso último con reproche y cabizbajo.
Tuve que respirar hondo para llenarme de valor antes de continuar, odiaba tener que asumir el papel de mala, la que ponía fin a los sueños de otro.
—Ray, te confieso que yo también pensé que entre nosotros podía existir algo, pero con desearlo no es suficiente y eso lo entendí cuando conocí a Nathan. Se necesita más que química para querer formar una relación íntima y eso solo pude conseguirlo con él. De verdad lo siento mucho —expuse apenada—. Contigo me relajo y me divierto, ¡soy libre!, pero nada más allá. No siento esa urgencia que experimento con Nathan y tu presencia no me invade en todos los sentidos como me ocurre con él.
El rostro de mi amigo se transformó por completo, se volvió tenso y sus ojos se llenaron de una gran decepción; pero su postura no se mostró derrotada, al contrario, parecía dispuesto a continuar con aquel debate, a no dejar de luchar nunca por lo que anhelaba.
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Editado: 31.03.2026