Mi padre tomó el folleto del escritorio y con él comenzó a golpearse la palma de su otra mano. Aunque estaba tenso y las facciones de su rostro revelaban su enfado, había un halo de duda en sus ojos.
Se mantuvo pensativo unos segundos, con la mirada perdida, parecía buscar palabras específicas para hablarme.
Yo estaba aterrada. Invadida además por una tristeza que bloqueaba por completo mi mente, eché en el olvido el discurso que había preparado para esa ocasión. Todas las formas de defensa que había ideado se esfumaron, a pesar de que la llama de determinación que ardía en mi pecho seguía viva.
—No sé por dónde empezar —dijo al fin—. Todo lo escrito en este panfleto es tan alarmante…
En medio de un suspiro se irguió para encararme y alzó un poco el diario como si quisiera mostrármelo. Ver sus ojos cegados por la decepción me rompió aún más por dentro.
—Aquí hablan de una chica a la que no conozco, que usa tu cara y tu nombre para llevar a cabo incontables actos imprudentes. Que es capaz de mentir, de experimentar con drogas y asistir a actividades ilícitas manteniendo una doble vida que es evidente, la está llevando al fracaso —explicó, revelándose cada vez más furioso—. Una joven que ha tomado mi confianza como si fuese el papel con el que envuelve la marihuana que se fuma cada noche y se ríe de sus travesuras sin sentir ni un gramo de vergüenza. ¿Quién es ella, Becca? ¡¿Por qué usurpa tu imagen y tu nombre?!
Eso último lo bramó lanzando con rabia el folleto sobre el escritorio. Su acción brusca me sobresaltó y me llevó a retroceder un paso. Por primera vez sentí miedo de que mi padre me diera una merecida bofetada.
—Esa soy yo, papá. Es la verdadera Becca River —respondí, sin verlo a la cara.
—¿Eres tú? ¿Desde cuándo esa eres tú? —preguntó indignado—. Entonces, la que está en casa, la amable, la prudente, la estudiosa, la talentosa, la hija ejemplar. ¿Esa es una mentira?
Me mordí los labios para controlar la rabia mientras un par de lágrimas escapaban de mis ojos y empapaban mis mejillas. Lo que diría a continuación iba a ser duro, muy duro, tanto para él como para mí, pero no podía alargar más este momento. El daño que seguiría haciendo ese silencio sería descomunal.
—Esa era yo antes de que comenzaras a volverte intransigente, opresivo e injusto. Antes de que decidieras aplastar mis sueños para imponer los tuyos. Antes de que armaras mi futuro sin considerar mi opinión, callándome siempre. ¡Me llenaste de prohibiciones, de advertencias y amenazas, llevándome a la desesperación!
Ahora era yo quien comenzaba a alzar la voz. Las palabras me salían como si las vomitara. Las había tenido tanto tiempo atoradas en la garganta que brotaron de golpe, sin medir las consecuencias del daño que ocasionaban.
—Esa Becca que vez allí —continué y señalé el diario escolar—, es mi mecanismo de defensa. La Becca que siempre te pidió confianza, pero nunca la recibió a pesar de todos los esfuerzos que hacía; la que también quiere divertirse, porque resulta que es una tonta como cualquier chico de su edad; la que se equivoca aunque proceda de un padre perfecto y la que saca una nota media sin dejar de ser buena estudiante. ¡Esa Becca es la que quiere estudiar Educación física y vivir del hockey hasta que se le agoten las energías! —grité, logrando intimidarlo—. Esa no es la Becca que estudiará Economía, que hará un postgrado en Nueva York o dirigirá una enorme multinacional. Es la que quiere vivir a su manera, pero no encuentra apoyo en la gente que ama, que está asfixiada y solo busca aire para respirar. Esa, papá, ¡esa soy yo!
Aquello último lo exclamé dándome un golpe en el pecho, para afianzar mis palabras. Estaba exaltada, hervía por la rabia y por la necesidad de ser escuchada, comprendida y apoyada.
Él se mantuvo en silencio por casi un minuto, me miraba asombrado. Sus ojos seguían llenándose de lágrimas, pero la pena, la ira y la decepción no se iban.
Ambos necesitamos de ese silencio para recuperar la respiración, aplacar las emociones y evaluar los daños ocasionados.
—¿Cómo hiciste para entrar a trabajar en ese supermercado? Aún eres menor de edad.
Su pregunta me descolocó. Me puse nerviosa.
—Yo… —me froté la frente con inquietud, sin saber cómo explicar ese hecho.
—¿Nathan te ayudo?
—¡No! —dije de inmediato. No quería involucrarlo en mis problemas—. Él no tuvo nada que ver —mentí con inseguridad.
—Nathan tenía que saber lo que sucedía y me mintió para apoyarte a pesar de todo lo que he hecho para protegerlo.
El reproche de mi padre me puso mal, que acusara a Nathan no estaba en mis planes.
—Todo fue mi idea, quería tener un ingreso de dinero porque siempre me amenazabas con dejar de financiarme si no obedecía tus órdenes.
—¡¿Qué hiciste para que te aceptaran en ese empleo?! —insistió, furioso—. Esa gente le dio trabajo a Nathan gracias a la intervención de los Davis, si llegaste a involucrarlos a ellos en este asunto…
Un toqueteo en la puerta interrumpió la amenaza de mi padre. Él se había aproximado a mí para enfatizar su advertencia, pero se detuvo para abrir la puerta manteniendo un semblante irritado.
El momento me sirvió para recuperar la respiración y esforzarme por encontrar una salida a ese percance.
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Editado: 31.03.2026