La vida a través de tus ojos

Capítulo 36. Yo, mi peor enemigo.

El sol poco a poco comenzaba a aparecer en el horizonte y revelaba la triste realidad en la que había envuelto mi vida.

Me hallaba sentada en el alfeizar de la ventana, hacía calor. Miraba la maleza que invadía el patio trasero de la casa como si esperara que de allí saliera algo fantástico que me insuflara nuevas energías.

Ray dormía boca abajo en la cama, sin camisa ni zapatos, roncaba como un león. El cenicero sobre la mesita de noche estaba abarrotado de colillas de cigarros, y de un par de porros de marihuana, y todas las botellas de cerveza que había tenido en el refrigerador ahora se hallaban vacías en el suelo.

Los condones seguían completos, ni siquiera llegamos a tocarlos. Yo no quería acostarme con él. Sí deseaba sexo, pero con alguien que ahora estaba muy lejos de mí, y pronto lo estaría aún más.

Ray lo comprendió enseguida. Nunca presionó, ni insistió para obtener algo de mí. Invertimos las horas en hablar. Ambos lo necesitábamos.

Él me contó de los problemas que atravesaba con su padre y que lo habían empujado a irse de su casa. Esperaría la graduación para mudarse con su hermano a Nueva York.

El artículo del diario escolar dividió al equipo de hockey masculino más de lo que había estado antes, a pesar de que la intención había sido que los reconciliara. Él fue uno de los suspendidos por la pelea de esa tarde, además de Juno y de muchos otros. Su historia con los Tigres estaba terminada.

Por culpa de esa situación el resto del equipo que salió ileso del problema tomó la dura decisión de retirarse del campeonato. Sin capitán, sin la mitad de sus compañeros y sin unión entre sus miembros, era imposible avanzar. Además, ya habían acumulado demasiadas pérdidas, igual tenían un pie fuera del torneo.

Yo también le conté mis desdichas, pero en ese punto él estaba demasiado drogado y borracho como para entenderme. Aquello fue un monólogo conmigo misma que solo me sirvió para descargar emociones, para llorar y anhelar con mayor fuerza a Nathan, a sus besos voraces y sus abrazos protectores.

En dos ocasiones estuve tentada de llamarlo para que viniera por mí, pero ya había complicado mucho su vida. No podía seguir amellándola.

Fue poco lo que dormí, las penas me lo impidieron. Por eso seguía sintiéndome cansada y algo ida por los restos de marihuana que embotaban mi cerebro.

Necesitaba hacer algo, no podía ocultarme por siempre. Ya serían inevitables las discusiones con mi padre, con esa huida había dificultado el problema entre nosotros.

Era probable que tendría que irme de casa también, como le había sucedido a Ray, y buscar otro trabajo abandonando el hockey mientras me graduaba. Luego me esforzaría por entrenar lo suficiente para ganar una beca deportiva en una universidad, si encontraba los medios para costear una.

Mi intención de profesionalizarme en el hockey sobre césped no se esfumó con mis desgracias, solo se alargaría. El plan seguía en pie, aunque entendía que la forma de llevarlo a cabo sería diferente y el tiempo para cumplirlo habría cambiado. Todo debía correr ahora por mi cuenta, sin el apoyo de mis padres… y sin la compañía de Nathan.

Recordar que él pronto se iría me aprisionó de nuevo el corazón. Me había acostumbrado a tenerlo cerca, a embriagarme con su mirada misteriosa y con sus dulces besos. A leer a su lado y entablar serias discusiones sobre historia, literatura o complejos problemas de matemáticas.

Me gustaba ver la vida a través de sus ojos, desde su perspectiva, una más real y sincera, y aprender a ser una persona adulta con criterio prudente y no una niña privilegiada y malcriada con miedo a tomar decisiones y a enfrentar mis demonios internos.

Lo quería. Mi corazón palpitaba solo con su recuerdo, pero debía acostumbrarme a olvidarlo, ya que nada quedaría de «nosotros» luego de la graduación.

Bajé de la ventana y busqué entre el desorden mi teléfono móvil. Desde anoche lo tenía apagado. Necesitaba regresar a casa, pero mi cuerpo parecía hecho de papel, poco controlaba mis movimientos.

Sarah era mi salvación. Mi amiga no podía abandonarme en ese momento.

Las notificaciones saltaron cuando se encendió el aparato, comprimí el rostro en una mueca al descubrir decenas de mensajes y llamadas perdidas de mis padres, de Nathan, de Sarah y de varias de mis amigas; incluso, había un par de los Davis. La vergüenza me embargó.

Debí ocasionar una gran confusión y desesperación en mi familia al desaparecer de esa manera. Eso sería un agregado que pondría más peso en los problemas que debía enfrentar.

No revisé nada, solo llamé a Sarah. Después de varios repiques me atendió. Quizás había estado dormida.

—¡Becca, maldita sea, te juro que te golpearé cuando estemos frente a frente!

Su delicado saludo me arrancó una sonrisa.

—Tendrás que ponerte en la fila, creo que hay mucha gente queriendo hacer eso en este momento.

Ella rugió de rabia.

—Eso júralo, estúpida. ¿Dónde demonios estás? Te llamé cientos de veces, a ti y al idiota de Ray. ¡Voy a partirle la cara a ese imbécil cuando lo vea!

Ray estaba ajeno al lío que se producía a su alrededor, roncaba como si no hubiese dormido en mucho tiempo.




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