Entré a mi habitación vencida por el cansancio y me quité los zapatos con los pies soportando las ganas de llorar.
Un dolor de cabeza estaba por pugnar en mis sienes, pero todo se me olvidó cuando la puerta se abrió y Nathan entró como un tornado.
Se dirigió a mí y me abrazó con fuerzas, hundió su cara en mi cuello.
—Por Dios, Becca, ¿dónde estabas?
—Perdóname, por favor, perdóname.
Era lo único que podía decirle, se lo repetía una y mil veces mientras él me acariciaba como si fuese una sorpresa encontrarme allí y deseaba asegurarse de que era yo de verdad.
Me tomó por la cabeza y me besó con hambre, me llenó con su lengua, llevando consigo los rastros de alcohol y de la marihuana que quedaban en mi boca.
—¿Estuviste con él? —preguntó sin dejar de besarme.
Yo le repetía varios «no», velados por gemidos y enloquecida por esos besos salvajes que había añorado la noche anterior, y por sus cálidas caricias.
—No quise hacerte daño, que llegáramos a este punto —confesé cuando él tuvo que parar por falta de oxígeno.
—No fue solo tu culpa. Todos cometimos muchos errores.
Lo abracé, con el miedo a perderlo latiendo en mi pecho. Bañé con mis lágrimas su camisa.
—Te involucré con la policía, a pesar de que tratabas de evitarlos.
—No encontraron nada que me asociara a esos delincuentes. Estoy limpio. Solo fue un mal momento.
Alcé el rostro para mirarlo a los ojos. Nathan con ternura me acarició las mejillas e intentó poner orden en mi enmarañado cabello.
—Ya habían interrogado a los chicos del diario escolar que escribieron el artículo y a los miembros del equipo masculino de hockey que pasaron los datos. Descubrieron que ellos solo publicaron chismes mal intencionados con intención de desprestigiarlas a ustedes. Yo solo tuve la mala suerte de estar en medio de esas rivalidades.
—Pero Walter te buscaba. Todos en el instituto lo sabían.
—Nada de eso se dijo, solo que él se aprovechaba de varios estudiantes para asegurar la venta de su mercancía en el instituto, como Ray. La policía lo sabía desde hace tiempo y habían contactado a los padres de esos chicos para alejarlos de Walter. Por eso Ray tenía tantos problemas con su padre.
La noticia me sorprendió. No sabía que la policía estaba enterada de los conflictos que se producían en el instituto.
—Conmigo la situación era distinta —siguió él—. Walter pensó que yo tenía relación con los delincuentes para los que trabajó mi padre, pudiendo ponerlo en contacto con ellos. Esos tipos dominan una zona importante de Providence con el narcotráfico, si se asocia con ellos, se haría más fuerte aquí en Cranston. Obligó a Jiroy y a «el Pecas» a que me convencieran de ayudarlos, porque esos chicos le deben un dinero por una droga que se consumieron en vez de venderla, pero yo ya le había advertido a la policía lo que él hacía, sabía que tarde o temprano me involucraría en algún asunto turbio.
—¿Les advertiste? ¿Cuándo?
—Cuando fui a Providence. Allí hablé con el detective que investiga el caso de mi padre. Abraham vendió drogas para esos delincuentes a mis espaldas y lo asesinaron porque desapareció dos kilos de heroína y quisieron ponerme a trabajar para ellos y así pagarla. Por eso salí de la ciudad. Si me quedaba, ellos me buscarían siempre. El detective se entrevistó con la policía de Cranston para ponerlos al tanto de la situación por la persecución que Walter me tenía. Por eso tardé tanto tiempo en la comisaría, no solo me entrevistaron por lo sucedido en la pista de skate, sino también por ese asunto.
Respiré con alivio, feliz porque al menos, ese tema estaba resuelto. Tenía mucho miedo de que mis torpezas lo enredaran en un conflicto más serio.
—Esa heroína perdida, ¿es la deuda de la que Jiroy y «el Pecas» hablaban?
—Para ellos, esa era mi deuda, pero en realidad, la única que poseo es con Roger. Él pagó a un abogado para que me defendiera en Providence, porque me querían dejar en prisión preventiva por averiguaciones, por eso tardamos tanto en regresar a Cranston luego del entierro de mi padre. Cubrió los gastos del funeral y del entierro y unas deudas que mi padre tenía pendientes. Me trajo consigo y me dio casa y comida sin esperar nada a cambio. A Roger es al único al que le debo algo, a nadie más.
Volví a abrazarlo para esconder mi rabia. Lo había tratado de forma injusta, de la misma manera en que lo trataron los demás.
—Debiste decirme la verdad.
—¿Cómo iba contarle a la chica a la que quise conquistar desde el primer momento en que la vi, la basura que venía arrastrando en mi vida? Me avergonzaba cada vez que alguien sacaba a relucir el tema, no quería que te enteraras de nada, pensé que eso mancharía tu opinión sobre mí… o tus sentimientos. —De nuevo tomó mi cabeza entre sus manos para obligarme a darle la cara—. Dijiste que me querías.
—Y lo hago, cada vez más —aseguré con firmeza, para que no lo dudara—. Pero los secretos ponen en peligro ese sentimiento.
Nathan me besó, esta vez con ternura. Saboreó mis labios con deleite, como si fueran el aperitivo más exquisito que pudiese probar en el mundo.
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Editado: 31.03.2026