La vida a través de tus ojos

Capítulo 38. Un solo cuerpo.

Las rivales ganaban el partido, aunque tan solo, por un gol de diferencia. Confiaba en las Tigresas, por eso mi ánimo nunca decayó. Quedaba el último cuarto de tiempo para culminar, eso lo que hacía era acelerar nuestros motores. Amábamos los retos.

Al inicio no pudimos conectar del todo en la cacha, nos movíamos de forma dispersa y confusa, recibiendo muchas situaciones de peligro, pero luego la tranquilidad llegó, cambiamos la técnica y comenzamos a avanzar con firmeza.

En las tribunas, la barra del instituto no dejaba de alentarnos. Hasta que no sonara el silbato que señalara el final del juego cualquier cosa podía suceder.

Éramos el único equipo de la institución que había llegado lejos en el campeonato de su disciplina. Ningún golpe o derrota personal infringida nos amilanó. Caímos y hasta llegaron a revolcarnos, nos lastimamos incluso, entre nosotras mismas, pero igual supimos sostenernos y mantener el norte. El triunfo era la meta común.

Todas ardíamos por el esfuerzo, sin embargo, nos coordinamos para proteger nuestro arco y superar a la defensa rival. Presionamos más en esos últimos minutos, logrando, con córners cortos, anotar los dos tantos que nos concedió la victoria.

La alegría nos inundó de manera apabullante. Aquel no era el final del camino, pero lo sentíamos con tanta intensidad que ya nos considerábamos campeonas.

Con ese triunfo entrábamos en los cuartos de final del torneo. Nuestro registro, tanto el personal como el grupal, alcanzaba un nivel importante. Con ese espaldarazo muchas de nosotras tendríamos el futuro asegurado.

Celebramos la victoria con cantos y bailes en los baños, sin poder evitar reír y llorar de alivio y alegría. Ese día éramos todas amigas, estábamos orgullosas de nosotras mismas y de cada compañera. Nos volvimos una misma fuerza, un solo sentir. Un cuerpo con infinidad de conexiones, cada una con necesidades distintas, pero separadas era imposible funcionar.

Eso siempre lo entendimos, aunque nos costó mantenerlo.

En un momento del agasajo entró Naty, un poco cohibida por el escándalo que habíamos armado. La última vez que ella se vio en medio de todas nosotras no había sido una experiencia agradable, para nadie, pero ahora era distinto.

Janis se aproximó a ella y la abrazó por los hombros para acercarla al centro de la habitación sin dejar de saltar y cantar. Naty se aferró su cámara de fotos para no perderla en medio del jaleo y, una vez estuvo en el centro, se dispuso a captar el alegre momento.

—¡Si así se ponen por llegar a los cuartos de final, ¿qué harán cuando queden campeonas?! —gritó impactada.

—¡Ya somos campeonas, cariño! —respondió Sarah y la abrazó, dándole un sonoro beso en la mejilla.

Una medalla en el cuello o un trofeo en las manos no era lo que nos hacía ganadoras, sino el sentimiento de triunfo que nos embargaba. Habíamos superado una dura prueba y supimos sacar el equipo adelante con mucho esfuerzo y trabajo en conjunto.

Al terminar la celebración y cambiarnos, poco a poco nos fuimos despidiendo para marcharnos. Naty se quedó de última con Sarah y conmigo, conversábamos sobre lo ocurrido en la cancha.

—Cambiando un poco el tema —propuso Sarah mientras salíamos—, pensé que cerrarían el club de periodismo y el diario escolar —comentó en referencia al escándalo desatado con el último reportaje.

—Lorna movió todas sus influencias y logró que nos dieran una última oportunidad para arreglar el problema ocasionado —relató Naty—. En el Congreso estudiantil de periodismo en Washington D.C. ganamos un premio a la excelencia y nos invitaron a formar parte de un proyecto formativo que dará un diario de esa ciudad. Otorgaran becas en cursos y en pasantías a estudiantes destacados y el instituto no quiso perder esa oportunidad porque eso beneficiaría a muchos estudiantes.

—¿Pero sacaron a Scott? —consulté con recelo.

—Sí. Él y otros más fueron retirados del diario. A Scott, incluso, lo suspendieron del instituto.

Sarah resopló.

—Debieron expulsarlo, para que no vuelva nunca más.

La rabia de mi amiga tenía una base sólida. Steven, por miedo a represalias, renunció a su cargo a pesar de que en el artículo no lo mencionaban. Su relación con Sarah era un secreto a voces, así que prefirió dejarla para no manchar su carrera profesional que recién despegaba.

Aunque mi amiga no lo demostrara, el abandono la tenía doblegada, una vez más le rompían el corazón, pero ella las penas las disimulaba con una gran sonrisa y las ahogaba con alcohol.

—Creo que es hora de olvidar los males y relajarnos.

Naty y yo observamos confusas a Sarah, su actitud irritada de pronto había pasado a una divertida. En ocasiones parecía bipolar, pero al notar que veía con fijeza y emoción hacia el estacionamiento, ambas dirigimos nuestra atención a ese lugar.

—¡Ey, Tigresas, ¿celebramos su triunfo?!

El gritó de Donovan me animó y a Naty la sonrojó de pies a cabeza. Él se encontraba con varios de los chicos exmiembros del equipo masculino de hockey, que ya habían hecho las paces con nosotras. Nos hacía señas para que nos dirigiéramos hacia ellos.

En cuatro autos pensaban trasladarse a algún punto de la ciudad para festejar la victoria y el pase a cuartos de final.




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