La vida a través de tus ojos

Capítulo 39. La vida a través de tus ojos.

—¿Cómo que te vas? —pregunté inquieta al entrar en el auto y ocupar el puesto del copiloto.

Nathan lo puso en marcha y nos fuimos del lugar sin que yo supiera a dónde iríamos. Estaba nerviosa por esa noticia.

—Jerry adelantó el viaje y se va esta semana a Providence, a la casa de uno de sus compañeros de exploración. En dos semanas se encontrarán todos en Nueva York y a mediados del próximo mes se irán a Francia.

—¿Entonces? —insistí, ansiosa.

—Él iba a vender su departamento, pero por el cambio de fecha no podrá estar para la negociación, así que lo convencí de alquilármelo. El dinero mensual que le dé por él le servirá para tener un ingreso seguro que lo ayude a mantenerse en Europa. Debo hablar con Roger sobre mi mudanza, no fue lo que acordamos al venir de Providence, pero… necesito mi espacio.

Me sentí avergonzada. Era normal que él estuviera incómodo en casa con todos los problemas que allí teníamos y con la actitud controladora de mi padre.

No podía culparlo, mucho menos, detenerlo. Nathan merecía calma luego de las tragedias vividas y contar con un lugar propio donde imperaran sus propias reglas.

A pesar de que lo extrañaría, debía dejarlo ir.

—Te sentará bien tener tu independencia —dije desanimada.

—Sí, la necesito para poder encontrarme y saber qué quiero de la vida. Ahora solo sigo el sendero que me han trazado otros.

Lo observé con admiración. Aunque estaba lleno de confusiones, siempre tuvo la entereza de trabajar por su futuro. No pretendía depender siempre de otros, ni andar por la vida dando tumbos, derrochando y malviviendo. Quería tener un fin y esperaba con calma la llegada de las ideas mientras acumulaba recursos.

—¿Tienes el dinero suficiente para alquilar el departamento?

—Jerry no me pide mucho, solo un adelanto para iniciar su viaje, que sí lo tengo. El resto se lo iré depositando en una cuenta que puede manejar desde Europa. —Sonreí fascinada, me encantaba que las cosas le salieran bien en su nuevo comienzo—. También me dejará el auto. Se lo pensó bien y no quiere venderlo ahora, prefiere dejarlo para cuando surja una emergencia.

—Vaya, se ve que tiene mucha confianza en ti.

—No es un tipo complicado. Tiene el don de entender rápido a las personas y descubrir si son confiables o no. Yo jamás lo defraudaría. Aprendí a respetar a quienes me tienden la mano, aún sin conocerme bien.

Compartimos una mirada, que resultó cálida y conmovedora. Su sonrisa propició la mía y, sin descuidar mucho la vía, me acarició una mejilla pellizcándola con el dorso de dos de sus dedos.

Su gesto tierno espantó los miedos y las inquietudes que me nacieron por la noticia de su mudanza.

Pasamos el barrio Holguin y nos internamos en uno más tranquilo y acogedor, rodeado de mucha vegetación, hasta llegar a un grupo de casas asentadas junto a un pequeño lago natural.

El departamento de Jerry había sido un anexo independiente de una casa que había pertenecido a su abuela y ahora el dueño era un primo lejano que vivía allí con su familia. El espacio se hallaba sobre unos garajes, que también le pertenecían, y tenía vista al lago.

Solo contaba con una cocina/sala/comedor y un dormitorio con baño. No era grande, pero sí acogedor. Tampoco poseía mucho mobiliario. Jerry dejó la cama, un par de mesas, el ropero, un sillón bastante viejo y la cocina y el refrigerador.

—Tengo una tele —dijo Nathan de forma juguetona al mostrarme la pequeña televisión, algo antigua, que se hallaba sobre la mesa que estaba en la habitación.

—Al menos, tendrás ruido de estática por las noches para que no te sientas tan solo —bromee y seguí mirando con atención el lugar.

Frente a la cama, Jerry había hecho un dibujo en una de las paredes, como si fuese un mural. Se trataba de un cohete espacial con forma de lápiz, cubierto por un montón de siluetas de hombrecitos que iban cayendo a medida que subía y se quemaban en el fuego de su turbina.

No pude continuar apreciando el arte porque Nathan me abrazó por detrás. Rodeó mi cintura con sus brazos y hundió su cara en mi cuello para besarlo.

—Quiero tener mi espacio para compartirlo contigo.

Sus palabras, dichas sobre mi piel, me estremecieron.

—¿Conmigo?

—Para besarte con libertad —susurró sobre mi oreja antes de besar y chupar el lóbulo—, y tenerte toda para mí. No me gusta usar la casa de tus padres para eso, siento que los ofendo. Aquí podemos estar juntos en libertad, ¿no te parece?

Me apretó entre sus brazos mientras él no paraba de besarme, embriagándome con el sabor de su boca. Nos besamos como si aquel fuera el último día de nuestra vieja existencia y con eso le decíamos adiós al pasado.

Pero también le dábamos la bienvenida al nuevo tiempo, a una nueva era que asumiríamos con mayor serenidad de espíritu y temeridad de corazón.

Nos quedaba un largo camino por recorrer, con el panorama despejándose en el horizonte. Poco a poco comenzábamos a ver, a entendernos a nosotros mismos y a la realidad que nos rodeaba.

Me encantaba el mundo que se revelaba ante mí. Era fascinante descubrirlo a través del brillo de la mirada de Nathan.




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