La Viuda

Prólogo

Judea estaba de pie a media calle, mirando desesperada e impotente cómo sus cosas eran echadas fuera de su casa. Sus niños la rodeaban abrazándose a sus piernas llorando.

Su marido había muerto no hacía ni tres días y ya el maldito cantinero había venido a reclamar una supuesta deuda. Como ella no tenía el dinero, la echó a la calle sin ninguna consideración. Y, todavía, tuvo el cinismo de decirle que por qué no se iba a trabajar a su cantina como una de sus putas, que algún dinero podría ganar ahí.

 Miró a su alrededor con desesperación, Todos los vecinos veían desde sus casas, pero nadie movía un solo dedo para ayudarla. Contuvo su furia para no ponerse a gritarles a todos lo que se merecían. Mientras arrullaba a su bebé, les dijo a sus hijos de la forma más serena posible

— Recojan su ropa y sus cuadernos. Hebrón, Arimatea, ayuden a los más pequeños. — Luego, ella misma, con el bebé atado a su pecho, y tratando de contener las lágrimas, se puso a recoger las cosas más esenciales mientras el maldito cantinero la observaba con una sonrisa burlona y todos los demás bajaban la mirada avergonzados.

Cuando tuvieron las manos llenas sin poder tomar nada más, miró a su alrededor con tristeza. Todos seguían sin moverse, así que empezó a caminar, seguida de sus hijos hacia la salida del pueblo. ¿Qué iba a hacer ahora?

Una joven salió corriendo a alcanzarla.

— Toma Judea. — Le dijo entregándole un paquete que olía a pan. — No tengo más por el momento, pero luego date la vuelta por mi casa a ver qué te consigo.

— Gracias Gali. — Respondió la mujer a punto de las lágrimas. — Muchas gracias. Que Dios te recompense esta buena acción y te lo multiplique.

La joven la abrazó llorando.

— ¡Qué rabia tengo contra ese maldito hombre! — Exclamó Galilea. — Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte, pero no tengo manera.

— Bastante has hecho ya. — Dijo Judea con tristeza. — Mucho más que cualquier otro en este pueblo del demonio. Cuídate mucho. Ese malnacido ya te echó el ojo.

Galilea asintió secándose las lágrimas y se quedó de pie, viendo como Judea se alejaba con sus niños.

— Dios los proteja. — Dijo en voz baja, con infinita tristeza. Luego se dio la vuelta y regresó a su casa.




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