Sonrío, aunque me cueste.
Me siento con los demás, escucho las bromas, las historias del fin de semana, las quejas de la clase.
Río cuando toca reír, como si todo estuviera bien.
Pero mientras los miro, siento algo raro.
No es envidia, ni tristeza exactamente.
Es esa sensación amarga de saber que si mañana faltara, tal vez nadie lo notaría de inmediato.
Que si desapareciera de repente del grupo, solo dirían “debe estar ocupado”.
Siempre estoy cuando alguien necesita ayuda, cuando alguien se siente mal, cuando nadie más se ofrece a escuchar.
Ahí estoy yo, con una sonrisa tranquila y palabras suaves que hacen que todos confíen en mí.
Pero a veces me pregunto si alguien lo haría por mí.
Si alguna vez sería la primera persona en la que piensen.
La primera llamada.
El mensaje de “¿estás bien?”.