EL TRANCE MÍSTICO 🔮 No habían terminado el primer sorbo de tinto cuando Mayo empezó a ronronear otra vez. No era el ronroneo de siempre, ese motorcito perezoso que el gato dejaba escapar cuando alguien le rascaba la barbilla. Era un sonido más fino, más agudo, que subía y subía como el dedo mojado sobre el borde de una copa. Mayo seguía en su silla, con las patas delanteras juntas, pero algo en su silueta no encajaba. Sobre el gris de su pelaje, como una transparencia, se dibujaban unas rayas de otro color, marrones y doradas, y los ojos ámbar le brillaban con un amarillo más viejo. El gato no había terminado de volver. Una parte de Michi 0 seguía asomada en él, como alguien que se ha ido de una fiesta pero se queda un rato más en la puerta. —Abuela —dijo Juan, con la taza a medio camino—. ¿Eso es normal? —Mijo, desde que usted llegó nada es normal. Los cuatro michis, que mordisqueaban croquetas bajo la mesa, levantaron la cabeza a la vez. El ronroneo se hizo todavía más agudo. A Juan le empezó a zumbar el oído izquierdo, luego el derecho, luego algo detrás de los ojos. Quiso decir algo, quiso preguntar si alguien más lo oía, y descubrió que la lengua le pesaba como un ladrillo. La taza resbaló de su mano. Oyó, muy lejos, la voz de Vanessa gritando su nombre, y alcanzó a ver los geranios de la ventana, el reloj, el rojo del mantel, y todo se dobló hacia adentro como una hoja de papel. Después no hubo comedor. Hubo una luz sin fuente, un blanco espeso, que lentamente se llenó de formas. Juan estaba de pie. Eso fue lo primero que entendió. Estaba de pie sobre algo que parecía suelo y no lo era, una superficie lisa y ligeramente elástica, de un color que no era ninguno y los tenía todos. A su alrededor flotaban figuras geométricas del tamaño de casas: cubos que giraban despacio, pirámides invertidas que se plegaban sobre sí mismas, esferas translúcidas dentro de las cuales se veían otras esferas, dodecaedros que respiraban. El cielo, si era cielo, estaba formado por mosaicos que cambiaban de forma cada vez que él parpadeaba: triángulos, hexágonos, espirales, teselas imposibles que encajaban unas con otras de maneras que Vanessa habría tardado tres semanas en demostrar. —Esto —dijo en voz alta— no es un sueño. Su voz sonó rara. Sin eco. Como si el espacio se la tragara antes de que llegara a ninguna parte. —Es un trance. Un estado alterado de la conciencia inducido por una frecuencia sonora, probablemente entre veinte y treinta kilohercios, que… Una escalera apareció frente a él. No se formó poco a poco: estaba y ya. Una escalera de caracol de hierro forjado, con barandas retorcidas y peldaños de rejilla, que subía hacia ninguna parte y terminaba en un punto donde se doblaba sobre sí misma. Juan retrocedió. La miró un largo rato. La escalera tenía un detalle que él reconocía, una voluta en el barandal, el mismo adorno que había forjado hacía dos años para el portón de un vecino. —Yo la pensé —murmuró—. Estaba pensando en el barandal. Y apareció. Probó, con cautela, la hipótesis. Pensó en una silla. Al instante, una silla de madera, de las de patio, con el espaldar de listones, apareció junto a la escalera. Pensó en un tinto, pero lo pensó mal, con demasiado detalle: el color, el humo, la taza de peltre, la cucharita, y el tinto surgió de golpe, en una taza gigante, de tres metros, que se derramó y le empapó los zapatos. Dio un salto atrás. —Perdón, perdón, una normal, una taza normal. La taza se redujo con un chasquido hasta un tamaño razonable y flotó hasta su mano. Juan bebió. Estaba tibio, dulce y le supo al tinto de la Abuela. Casi se emocionó. Casi. —Bueno —se dijo—. Todo lo que pienso se materializa. Entonces la clave es pensar con precisión. Fue un error pensarlo en voz alta, porque pensar con precisión implicaba también pensar en todo lo demás. Le vino a la cabeza la imagen de Vanessa tirándole un cojín en la cara, y un cojín floreado salió volando desde la nada y le dio en la frente. Pensó en la cara de la Abuela diciendo «¿y usted para qué está pensando tanto?», y detrás de él una voz, la de la Abuela, repitió la frase con perfecta entonación, aunque sin cuerpo, desde un cubo que giraba. Intentó no pensar en nada. Imposible: pensó en lo imposible que era no pensar, y a su alrededor las figuras geométricas empezaron a multiplicarse, a formar filas, a hacerle eco. —No, no, no —murmuró—. Pensemos en algo simple. En algo seguro. Una puerta. Una puerta apareció a diez metros. Era la puerta de madera verde de la casa de la Abuela, con el timbre que sonaba a alarma. La abrió. Detrás no había casa, sino un pasillo largo y blanco, sin salida, con una puerta idéntica al fondo, y otra después, y otra más, en una perspectiva que se alejaba hasta un punto minúsculo. Juan cerró de golpe, con el corazón acelerado. Pensó: «Esto es un bucle». Y el pasillo apareció a sus espaldas, enrollándose sobre sí mismo. Tardó un rato largo en aprender. No intentó controlar el lugar, sino aceptarlo. Respiró hondo. Pensó en el olor del Amazonas después de la lluvia, y la neblina verde se levantó a su alrededor, tibia y húmeda, y las figuras geométricas se aquietaron. Pensó en el silencio de Armero. Pensó en la mano de Vanessa agarrándole el brazo. El plano se calmó, como un animal acariciado, y bajo sus pies el suelo se volvió una superficie estable, casi de piedra tibia. —Está bien —dijo—. Estoy aquí. Sea lo que sea que me quieras mostrar, ya estoy listo. Las figuras se abrieron como cortinas. LOS TRES FLASHBACKS Primera visión — Pico Cristóbal Colón🧊 El frío le llegó antes que la imagen. Un aire seco y cortante le entró por la nariz y le heló los pulmones, y de pronto Juan estaba de pie sobre roca, rodeado de un blanco ondulado que se perdía en el horizonte. Cielo azul oscuro, casi negro. Sol sin calor. Un viento fino que levantaba cristales de nieve y los hacía danzar a ras del suelo. A sus pies, el hielo crujía con un sonido profundo, de cosa muy antigua que se acomoda en su sueño. Sabía dónde estaba sin que nadie se lo dijera, aunque nunca había estado allí: la Sierra Nevada de Santa Marta. Más arriba, a la derecha, una cumbre afilada se alzaba contra el cielo, cubierta de glaciar, con un rastro de nubes colgando de su punta. El Pico Cristóbal Colón. El punto más alto de Colombia, un pico que miraba al Caribe desde cinco mil setecientos metros. Caminó. No sintió cansancio, solo la dureza del aire. Dejó atrás una laguna helada de agua casi negra, donde flotaban placas de hielo transparente, y un campo de rocas cubiertas de líquenes naranjas, de esos que sobreviven en alturas donde no sobrevive nada. En una grieta del glaciar, a lo lejos, algo brilló. No era un reflejo. Era un brillo propio, azul pálido, que respiraba, subía y bajaba. Juan se acercó con pasos lentos, como quien se acerca a un animal herido. La grieta se abría como una boca en el hielo, y en su fondo, acurrucado sobre un lecho de cristales, dormía algo pequeño. Una gata. Una micha de pelaje blanco azulado, con escarcha en los bigotes y en las puntas de las orejas, enroscada sobre sí misma como una bola de nieve viva. A cada exhalación, un vaho tenue se desprendía de su hocico y se convertía en cristales diminutos que caían como polvo de estrellas. —Micha de Hielo —murmuró Juan. No sabía cómo lo sabía. La palabra le vino a la boca sola, fría como una moneda. La gata abrió un ojo. Era un ojo pálido, de un celeste casi transparente. Lo miró sin miedo y sin curiosidad, con la quietud de las cosas que llevan siglos esperando. Después lo cerró y volvió a dormir, y en el aire quedó suspendido, durante un largo instante, el eco de un ronroneo tan lento que parecía el paso de una estación. Juan tendió la mano hacia ella. El hielo se cerró delante de sus dedos como un párpado. Segunda visión — Panadería de barrio🔥 El olor lo golpeó antes que la imagen: harina, levadura, azúcar quemada, mantequilla derretida. Un olor tibio, casero, que le vació el estómago de golpe. Estaba en una calle estrecha, de barrio, de esas con andén irregular, postes llenos de cables y una tienda en cada esquina. Era de madrugada. El cielo todavía azul oscuro, los faroles amarillos, los primeros buses arrancando. Delante de él, una panadería de barrio con la reja a medio levantar, el aviso pintado a mano con letras rojas, la vitrina empañada y detrás, tras el vidrio, el resplandor anaranjado de un horno de leña. Entró. Nadie lo vio. Una mujer de delantal amasaba sobre una mesa de acero, con los antebrazos cubiertos de harina; un hombre sacaba del horno, con una pala larga de madera, bandejas de pan de a mil y almojábanas que humeaban; una radio vieja sonaba en un rincón con un vallenato bajito. Sobre un costal de harina, en un rincón, entre bultos y cajas, dormía un gato pequeño, anaranjado, casi del color de las brasas. Juan se agachó para verlo mejor. El gato estaba junto a la boca del horno, y de su pelaje se desprendía un calor suave, como el de una plancha recién apagada. Cuando respiraba, el aire alrededor se espesaba y ondulaba, y el pan en las bandejas, a su lado, subía más rápido y más dorado. La mujer del delantal pasó junto a él, sin verlo, y le dijo algo cariñoso al gato: «Ahí está mi calentico». Un gato de calor. No de fuego: de calor. Un calor de panadería, de abrazo, de domingo por la mañana. Juan se quedó quieto, con una especie de vértigo. Recordó las ruinas de Armero, la lata caliente, la etiqueta con la taza de tinto y el ajiaco. Recordó las llamas pequeñas, las velitas con olor a café. —No —murmuró—. Este no es el mismo. Miró otra vez al gato, la forma de su hocico, la manera en que el calor le salía sin chispa, sin llama, sin ceniza. —El de Armero era el Michi del Fuego. Nació de una erupción, de ceniza y de ajiaco. Este es otro. Es el Michi de Calor. Lo dijo en voz baja, para que le quedara claro a él mismo, como quien escribe una nota en un cuaderno para no confundir dos cuentas. Dos criaturas distintas. Dos orígenes distintos. Un barrio y un volcán. El gato naranja abrió un ojo, lo miró un segundo con calma de panadero viejo, y volvió a dormirse sobre el costal. Tercera visión — Rugido de leopardo🐆 Fue el sonido, esta vez, lo que lo llamó: un rugido grave y ronco, cortado, como el de una sierra que muerde madera. Lo sintió en el pecho, en las costillas, en los dientes. La panadería se deshizo, y el plano de formas geométricas volvió a rodearlo un instante antes de apagarse en una oscuridad espesa y húmeda. Estaba otra vez en una selva, pero no era la del Amazonas, o era otra, más densa, más antigua. Troncos del grosor de edificios. Lianas que colgaban como cortinas. Un aire hecho de vapor y de rumores, con ranas, insectos, hojas que goteaban. Sobre su cabeza, el follaje era tan cerrado que apenas dejaba pasar rayos de luz verde. El rugido sonó de nuevo, más cerca. Juan se quedó muy quieto. Sintió, en la nuca, el cosquilleo de que alguien lo observaba desde arriba. Alzó la vista despacio. En la rama gruesa de un árbol enorme, a diez metros del suelo, se distinguía una forma larga y tensa, con manchas oscuras sobre un fondo dorado, y dos ojos amarillos que lo miraban sin parpadear. Un leopardo. Pero cuando el animal se movió, la luz cambió y Juan vio algo más: sobre el lomo del felino, donde debería haber manchas, había una especie de corona de hojas y raíces, tejida con el mismo pelaje, como si la selva misma se la hubiera puesto. El leopardo bajó de la rama sin hacer ruido. Sus patas tocaron el suelo con la delicadeza de una bailarina. Caminó alrededor de Juan, despacio, sin mostrar los dientes, y a cada paso, a su alrededor, la selva enmudecía: las ranas se callaban, los insectos se paraban, las hojas dejaban de gotear. Era un silencio de respeto. No, no era un leopardo. Era algo más. Algo que ocupaba el lugar que, en cualquier selva, ocupa el rey. —El Michi Rey de la Selva —dijo Juan, con la garganta seca. La criatura se detuvo frente a él. Lo miró a los ojos, un segundo largo, interminable, y en esa mirada Juan sintió que lo estaban pesando, midiendo, como quien decide si un forastero merece entrar. Después, con un movimiento lento, el Michi Rey inclinó la cabeza, y abrió la boca para rugir de nuevo. ORIGEN DE MICHI 0🐱🟣 El rugido no llegó a salir. La boca del Michi Rey de la Selva se abrió y, en lugar de sonido, brotó un color. Un morado profundo, suave, como el de una noche sin luna, que se derramó sobre la selva y la fue borrando: primero las lianas, luego los troncos, luego las hojas, luego el propio felino, que se disolvió como tinta en agua. El suelo se volvió morado. El cielo se volvió morado. Hasta las manos de Juan, cuando las levantó para mirarlas, eran de un violeta cálido, como si las hubieran sumergido en jugo de mora. —Bueno —dijo—. Ahora sí que me perdí. No había nada, salvo el morado y, a unos pasos, una silla. Una silla vieja de madera, con el asiento de paja desgastado, de esas que se ven en las cocinas de pueblo. Y sobre la silla, sentado con las patas delanteras juntas y la cola enroscada alrededor, un gato. Era un gato tabby, atigrado, de pelaje marrón y dorado con rayas negras bien marcadas, y una mancha blanca en el pecho. Las orejas tenían una muesca antigua en la punta, y los bigotes, largos y blancos, se curvaban hacia atrás con la elegancia de quien tiene su propia opinión sobre las cosas. Lo miraba con unos ojos amarillos, tranquilos, divertidos. Y Juan lo reconoció, aunque nunca lo había visto así: era la presencia que había asomado en Mayo durante la pelea. —Siéntate —dijo el gato. Hablaba. Con voz grave, un poco ronca, como la de un abuelo que ha fumado mucho tabaco aunque nunca hubiera fumado nada. Juan buscó con la mirada dónde sentarse, y por instinto pensó en una butaca. Apareció una butaca, de tela verde, con un cojín que le recordó al de la sala de la Abuela. El gato asintió, aprobando. —Bien. Aprendes rápido. Tardaste menos que otros. —¿Otros? —Hay otros. Más adelante. —El gato se lamió una pata, sin prisa—. Pero eso no te lo voy a contar hoy. —¿Usted es…? —Michi 0. El que ronroneó primero. El de las latas, el del bigote en el frasco, el que le prestó el cuerpo a ese gato gris que tienes en tu casa. Aunque dudo que se acuerde, se pone de mal humor cuando le recuerdan que dejó que otro lo manejara. Juan se frotó la cara. Todo lo que le habían dicho en su vida sobre cómo comportarse ante lo inexplicable se le estaba cayendo a pedazos. —Perdone —dijo—, pero tengo muchas preguntas. —Todos las tienen. Respondo una, y es la que más les importa: ¿cómo llegué a ser lo que soy? Escucha. El gato cerró los ojos un momento. El morado a su alrededor se oscureció, y en el aire, sobre su cabeza, comenzaron a formarse imágenes, como proyectadas en una pantalla de humo. —Yo era un gato común —empezó—. Más o menos. De los que hay muchos. Nací en un barrio con tejados bajos y vecinos distraídos, y desde chico tuve un defecto: no me gustaba quedarme donde me ponían. Era curioso, inquieto, de los que abren puertas con la pata y se meten en las cajas. Una noche me fui. Salté un muro, crucé una avenida, corrí hasta que se me acabó el aliento. Me gustaba la libertad. Duró poco. En las imágenes aparecía un gato flaco, joven, corriendo bajo luces de farola, entre bolsas de basura, con las orejas pegadas a la cabeza. —Me capturaron. No fue una persecución dramática, para tu decepción. Alguien dejó una jaula con comida, y yo, que era orgulloso pero no tonto, comprendí demasiado tarde que el orgullo y el hambre rara vez se llevan bien. Cuando me di cuenta, estaba en una caja con rejillas, en una camioneta que olía a desinfectante. Pensé: «Este es el fin». Y no lo fue. Fue el principio de otra cosa. Juan se inclinó hacia adelante, con las manos entre las rodillas. Había esperado una historia de laboratorios fríos, de agujas y jaulas de acero, de dolor. Algo en su pecho se tensó, preparándose para eso. —No fue lo que te imaginas —dijo el gato, leyéndole la cara—. Te lo digo desde ya, porque veo que estás armando una película de terror. No me hicieron daño. Nunca. Eso es lo que más me costó entender. Las imágenes cambiaron. Un cuarto amplio, luminoso, con una ventana grande y un sillón. Una mesa con juguetes. Un plato de comida que siempre estaba lleno. Y, en medio de todo, una mujer de unos cuarenta años, de bata clara y pelo recogido, sentada en el suelo con una libreta en las rodillas y una paciencia infinita. —Ella era mi dueña —dijo Michi 0—. No lo fue desde el primer día, pero terminó siéndolo. Los experimentos consistían en eso: en vivir. Me entrenaba con premios, me enseñaba a abrir cajas, a distinguir formas, a encontrar cosas escondidas. Me cuidaba cuando estaba enfermo, me cepillaba, me hablaba por las tardes. Me observaban, sí. Había cámaras, había cuadernos, había condiciones controladas: la luz, la temperatura, los horarios, los sonidos. Pero nadie me pinchó, nadie me asustó, nadie me hizo sufrir. Fueron años de cosas pequeñas. —¿Y eso lo transformó? —preguntó Juan, incrédulo—. ¿Los juguetes? —Los juguetes no. Lo otro. —¿Lo otro? El gato abrió los ojos y lo miró con una intensidad que le dio un escalofrío. —Ahí está la pregunta, muchacho. Eso es lo que ni yo entiendo del todo. Hubo un día en que ella me cantó una canción. Otro día en que me dejó solo en un cuarto con un sonido que no era ningún sonido. Otro día en que aprendí algo que no sabía que sabía, y al despertar, mi cuerpo ya no era el mismo. Mi ADN, dicen las etiquetas, que son más listas que yo, se fue reescribiendo despacio, con todo eso: el cariño, la rutina, el encierro, la voz de ella. Cómo, no puedo explicártelo. Si pudiera, sería profesor. —O sea que usted no sabe. —Sé lo que viví. Lo demás, lo descubrirás tú. Las imágenes se apagaron. El gato volvió a lamerse la pata, y Juan comprendió que acababa de recibir lo más importante y lo más incompleto a la vez, como una pieza de un mecanismo que no ha visto ensamblado. —Y el ronroneo —dijo—. El que creó a los cuatro. ¿De dónde salió? —De aquí. —El gato se golpeó el pecho con una pata—. De todo eso junto. No me preguntes más, que me da dolor de cabeza. —Una última cosa. —Una. —Las tres visiones. La del hielo, la de la panadería, la del leopardo. ¿Por qué me las mostró? Michi 0 sonrió, o hizo lo más parecido a sonreír que puede hacer un gato. —Porque hay más latas, muchacho. Y más michis. Y ustedes son los únicos que pueden oírlas. Ve a Santa Marta. Allí empieza lo siguiente. El morado se desvaneció. Lo último que Juan vio fue la silla vacía, con el asiento de paja y una sola rayita dorada en el respaldo. LA DISCUSIÓN FAMILIAR🚌✈️🚗 Despertó con el olor del tinto. Eso fue lo primero que lo trajo de vuelta: un olor tibio, familiar, de taza de peltre recién servida. Después, la luz de la lámpara del comedor sobre los párpados. Después, el tacto de un cojín floreado bajo la nuca y una manta de lana encima de las piernas. Estaba en el sofá de la sala de la Abuela. El reloj de pared marcaba las ocho y diez. —Ya abrió los ojos —dijo la Abuela María, desde algún lugar. —Juan —dijo Vanessa. Estaba arrodillada junto al sofá, con las manos en sus hombros, y la cara de quien lleva horas preocupada y no piensa admitirlo—. Juan, ¿me oyes? —Te oigo. —¿Sabes cómo me llamo? —Vanessa. Qué pregunta. —¿Y cuánto es siete por nueve? —Sesenta y tres. Estoy bien. —Estuviste como dos horas dormido. —Cuarenta minutos —corrigió la Abuela—. Pero con ese gesto de susto que ponía, parecían dos horas. Juan se sentó con dificultad. En la mesa de centro, sobre un mantel de crochet, había una tacita de tinto y dos pandebonos. Bajo la mesa, apiñados sobre una alfombra, los cuatro michis dormían en un solo ovillo, uno con la cola verdosa sobre la cabeza del otro, con los pelajes mezclándose en colores raros. Mayo, otra vez gris y normal, ocupaba el espaldar del sofá, con los ojos entrecerrados. Cuando Juan lo miró, el gato le sostuvo la mirada un segundo de más, y apartó la cara con desdén. —Tuve una visión —dijo Juan. —¿Una visión? —repitió la Abuela, con las cejas levantadas—. Eso era lo que tenía mi comadre Lucila cuando se tomaba el aguardiente. —Abuela. —Cuente, mijo, cuente. Juan contó. Contó la escalera de hierro forjado, el tinto gigante, el cojín floreado, la puerta verde. Contó la grieta de hielo y la gata dormida, la panadería y el gato naranja, el leopardo con corona de raíces. Contó el morado y el gato tabby sentado en una silla de paja, y lo que le había dicho sobre su dueña y sus años de experimentos. Cuando terminó, Vanessa tenía el ceño fruncido y la Abuela se había santiguado dos veces. —O sea —dijo Vanessa, despacio— que hay más. Al menos tres más: una de hielo, una de calor, un rey de la selva. —Y que tenemos que ir a Santa Marta. —Al Pico Cristóbal Colón. —Al pie del pico, al menos. Subirlo es otra cosa. —Pues qué rico —dijo la Abuela—. Santa Marta. Hace cuarenta años que no voy. ¿Y cómo vamos a ir? Se hizo un silencio. —¿«Vamos»? —preguntó Juan. —Pues claro que vamos. ¿Usted cree que yo me quedo aquí viendo novelas mientras ustedes salvan al mundo? Eso sí no. —Abuela, es largo, y hay que subir montañas, y dormir en hostales… —He dormido en peores. —Y los michis… —Los michis se quedan con Mayo. Mayo no ha hecho en cinco años otra cosa que mandar. Que mande a esos cuatro. Mayo, desde el espaldar del sofá, abrió un ojo y volvió a cerrarlo. —Bueno —dijo Vanessa, para evitar una discusión que ya se veía venir—. Primero, cómo llegamos a Santa Marta. Tres opciones: avión, bus o carro. Argumentos. Es difícil precisar cómo empezó la discusión. En un momento estaban planeando; en el siguiente, los tres hablaban a la vez. —El avión —dijo Vanessa— es la opción objetiva. Hora y veinte de Bogotá a Santa Marta. Hora y veinte. El bus son quince, dieciséis horas, con suerte. —Dieciocho, con el trancón de Bucaramanga —dijo Juan. —O veinte, si hay derrumbe. —¿Y el pasaje del avión cuánto cuesta? —Depende. Unos trescientos mil por cabeza, si lo sacamos con tiempo. —No tenemos tiempo. —Entonces cuatrocientos. —¿Cuatrocientos mil? ¿Cuatrocientos mil? —La Abuela se llevó la mano al pecho—. Por ese precio me compro un televisor. —Abuela, no es para tanto. —Es para muchísimo. Y yo no me subo a esas latas voladoras. Mi cuñada Rosalba se subió en el setenta y dos y regresó con el pelo parado. —Hay otro problema —dijo Juan—. Las latas. El detector. Las herramientas. En el aeropuerto van a pasar la mochila por el escáner, y van a ver cuatro latas de atún antiguas con etiquetas raras, y un aparato con una bobina de cobre. —Eso es verdad —admitió Vanessa—. Una lata de atún pasa. Cuatro latas con una bobina, no tanto. —Y yo no pienso que me revisen la bolsa y me abran el pan que llevo para el camino — añadió la Abuela. —El pan va en la bolsa de mano —dijo Vanessa. —Pues que no lo toquen. —Descartemos el avión por ahora —propuso Juan—. Veamos el carro. —¿Cuál carro? —preguntó la Abuela. —Podemos alquilar uno. —O pedirle prestada la camioneta a don Hernán, el de la esquina —dijo la Abuela. —Esa camioneta está en el taller hace tres meses. —Pues alquilen, entonces. —Es que mil kilómetros —dijo Vanessa, abriendo la libreta y escribiendo con rapidez—. Mil kilómetros, más o menos. A ochenta de promedio, doce horas y media de manejo, sin contar paradas ni peajes. Con paradas, quince. Gasolina: ciento diez mil pesos por cada cien kilómetros, mínimo, entonces… —Escribió un número y lo subrayó—. Más de un millón entre gasolina, peajes y alquiler. Y alguien tiene que manejar quince horas seguidas. —Yo manejo —dijo Juan. —Tú te duermes en el semáforo de la esquina. —Eso fue una vez. —Dos veces. —Una vez y media. —¡Ave María! —exclamó la Abuela—. ¿Y si se les atraviesa un camión en Ocaña? Yo he visto cada cosa en esas carreteras… Mi compadre Eusebio se fue una vez por un abismo en Cundinamarca y todavía anda contando que vio a la Virgen. —Abuela, no ayuda. —Es que es la verdad. —Entonces el carro tampoco —dijo Vanessa, con un suspiro—. Descartado. —Entonces queda el bus —dijo Juan, a regañadientes. —Dieciocho horas —dijo Vanessa—. En una silla. —Sillas reclinables —dijo Juan—. Y no cuesta tanto. Unos ciento cincuenta mil por persona, ida. —Y se ve el paisaje —dijo la Abuela, que de repente parecía haber cambiado de bando—. Eso es lo bonito. La Sabana, el río Magdalena, Bucaramanga, la Costa. Yo recuerdo, cuando era joven, que me fui en bus con mis hermanas a Barranquilla, y en el camino un señor se subió a vender cocadas y nos dio una de regalo por reírnos de un chiste. ¡Qué tiempos! —Eso fue hace sesenta años, abuela —dijo Vanessa. —Pues el bus no ha cambiado tanto. —Sí ha cambiado: ahora tiene aire acondicionado, y es peor, porque lo ponen en dieciséis grados y uno se congela. —Llevamos chaqueta —dijo Juan. —Y yo llevo mi ruana —dijo la Abuela, con orgullo. —Abuela, vamos a la Costa. —A la Costa llegamos en la mañana, mijo. Antes pasamos por las montañas, y de noche hace frío. La ruana no estorba. Juan se frotó la sien. Vanessa cerró la libreta. Los dos se miraron, y por primera vez en toda la discusión, los tres soltaron una risa pareja. —Entonces, bus —dijo Vanessa. —Bus —dijo Juan. —Bus —dijo la Abuela—. Pero a mí me ponen ventana. Se pusieron a hacer planes. Vanessa buscó en el celular una empresa que saliera al otro día, a primera hora, desde la Terminal del Salitre, y compró, tras una breve lucha con la aplicación, los pasajes de dos; la Abuela, tras otra lucha más breve y mucho más ruidosa, anunció que de todas formas se quedaría en casa y que fueran juntos a la parada del bus, y que ella les prepararía fiambre y que no se les ocurriera comprar nada en la carretera. Los michis se despertaron. La Micha de la Naturaleza se subió al regazo de Vanessa, que no tuvo corazón para apartarla. La del Agua dejó un charquito de agua sobre la alfombra, que la Abuela secó con un trapo sin decir una palabra, aunque con una mirada que lo dijo todo. El Michi del Fuego se acercó a la cocina, siguiendo el olor del tinto, y encendió en la punta de una uña una velita pequeña que olía exactamente a café. —Pues qué cosa tan rara —dijo la Abuela, olfateando—. Es el mejor olor que tiene esta casa. Llegó la noche despacio, como llegan las noches bogotanas, con un frío que sube desde el suelo y una llovizna fina que empaña las ventanas. La Abuela cocinó una sopa de pastas que todos comieron sin hablar, y después preparó arepas con quesito para el viaje, y envolvió el fiambre en hojas de plátano y papel periódico. Juan revisó el detector, Vanessa dobló la ropa en la mochila, y la Abuela le acomodó en el bolsillo lateral un frasquito de ají. A las diez ya nadie hablaba. La casa se llenó de sonidos pequeños: el goteo del tubo en el patio, el crujido de la madera, el ronroneo, más apagado, de Mayo en su cojín. Juan se quedó un buen rato en el sofá, con los ojos abiertos, mirando el techo de yeso y pensando en la silla de paja y el gato tabby. Vanessa, desde el cuarto de visitas, dejó la puerta entreabierta, como lo hacía de niña. La Abuela, en su habitación, rezó en voz baja el rosario, con la misma cadencia de siempre, y a la tercera cuenta se quedó dormida. Afuera, sobre los cerros, las nubes se abrieron un instante y dejaron ver una luna delgada. Después se cerraron de nuevo. Y la casa durmió. LA MAÑANA SIGUIENTE🌅 El primer sonido del día fue el de una olla. La Abuela María llevaba despierta desde las cuatro y media, y a las cinco y cuarto el olor a chocolate caliente ya había subido por las escaleras, había atravesado la puerta entreabierta del cuarto de visitas y se había posado, con insistencia afectuosa, sobre la nariz de Vanessa. Abrió los ojos. La ventana era un rectángulo gris, sin sol todavía, con un resplandor azulado detrás de las cortinas y las gotas de la llovizna de la noche resbalando por el vidrio. Hacía frío. No el frío dramático de la montaña, sino el frío bogotano de las madrugadas, ese que no se siente en la piel sino en los dedos de los pies, en la punta de la nariz y en la voluntad. Vanessa se quedó un minuto más debajo de las cobijas, calculando cuántos minutos tardaría en vestirse si no pensaba, y concluyó que menos de cuatro. Se levantó. Juan ya estaba en la cocina, sentado ante la mesa con una taza enorme entre las manos, el pelo parado en todas direcciones y la cara de quien ha dormido tres horas y no piensa discutirlo. La Abuela, en bata y con el delantal encima, revolvía una olla de chocolate con un molinillo de madera, con un movimiento rítmico de muñeca que parecía venir de otra época. —Buenos días —dijo Vanessa. —Buenos días, mija. Siéntese, que esto ya está. —Abuela, ya es muy temprano. —Temprano es para el que no se acostó. Yo ya llevo rato. Tome. Le puso enfrente una taza humeante, un plato con dos arepas rellenas de queso, un huevo pericos y una tajada de papaya. Juan la miró con envidia. —A mí no me dieron papaya. —A usted le dieron huevo y le tocó la mitad del queso. —Eso es injusto. —La vida es injusta, mijo. Cómase eso antes de que se enfríe. Desayunaron sin prisa, entre sorbos de chocolate espeso y mordiscos de arepa tibia. En la sala, los michis, que habían pasado la noche acurrucados sobre el sofá, empezaron a estirarse con la lentitud de quienes se despiertan en casa ajena y deciden quedarse. La Micha de la Naturaleza dejó un hilito de moho verde sobre el cojín, que la Abuela vio y decidió ignorar. el Michi del Viento levantó una nubecita de polvo de debajo de la alfombra, y estornudó. Mayo los observaba desde la repisa, con una expresión de cansancio de quien ha tomado una decisión definitiva y ya no tiene fuerzas para arrepentirse. —Ustedes se portan bien —les dijo la Abuela, con el dedo levantado—. Que cuando vuelva esta casa esté igual de ordenada. Y sin chamuscar nada. El Michi del Fuego, con las orejas gachas, hizo desaparecer discretamente una brasita que tenía encendida en la punta de la cola. Se vistieron en silencio, con esa lentitud de la primera hora. Vanessa se puso dos camisetas, el buzo de lana, los jeans más cómodos que tenía y las botas, ya secas, que habían visto desiertos y selvas; se trenzó el pelo, buscó con la mirada el lápiz y lo encontró detrás de la oreja. Juan se puso la chaqueta de siempre, la gorra, el cinturón de herramientas, que desarmó de la mitad de las cosas, y se miró un momento en el espejo del pasillo, resignado. Preparó la mochila con el cuidado del que ha aprendido, a la fuerza, que lo imprescindible casi siempre se queda: el detector desarmado, la lupa del llavero, los cables, dos pilas de repuesto, cinta aislante. Las cuatro latas de atún, cada una envuelta en una media de lana. Un cuaderno. Una linterna. La Abuela les entregó el fiambre en una bolsa de tela, atado con una cabuya, y que olía a arepa asada, a queso fresco y a plátano maduro. Les entregó también dos botellas de agua, un paquete de galletas de sal y, sin que nadie se lo pidiera, un rosario pequeño, de cuentas de madera, que puso en la mano de Vanessa y le cerró los dedos. —Para que se acuerde —dijo. —Abuela, yo no… —No importa. Llévelo. Los rosarios funcionan, crea o no crea. Los acompañó hasta la puerta. A las seis menos veinte el cielo había empezado a aclararse, un azul pálido, lavado por la lluvia de la noche. En el antejardín, los geranios goteaban sobre las baldosas, y un perro del vecindario, enroscado bajo una mata, levantó la cabeza al oír la reja y volvió a ponerla entre las patas. La Abuela se quedó con las manos en la cintura, en el umbral, como la mujer que ha despedido a mucha gente en esa puerta y sabe que despedir es parte del oficio de quedarse. —Cuídense mucho —dijo—. Llámeme cuando lleguen. No me llamen en la mitad de la novela. —Abuela, la novela es a las siete. —Pues no me llamen a las siete. Juan le dio un beso en la mejilla. Vanessa, un abrazo largo, de esos en que uno deja caer el peso y se lo recibe. Y se dieron la vuelta. La calle estaba mojada y brillante. El aire olía a tierra húmeda, a pan recién hecho, a escape de moto, a humo de leña de algún fogón lejano. A esa hora, en ese barrio, el día empezaba a desperezarse con una suma de ruidos pequeños: el chirrido de una reja que se levantaba, el golpeteo de una pala contra el cemento, un radio que daba el noticiero con voz de afán. Una señora en bata y chancletas barría el andén con una escoba de varas, empujando agua hacia el sifón con una dedicación casi artística. Más allá, un hombre sacaba a pasear a un perro salchicha con un abrigo de cuadros. —Buenos días, vecina —dijo el hombre. —Buenos días —respondió Vanessa, sin saber a quién saludaba. —Esa muchacha es la nieta de doña María —le susurró el hombre al perro, que lo miró sin interés. Caminaron por la acera de baldosas rotas, esquivando charcos y raíces. A los lados, las casas se apretaban unas contra otras, con sus fachadas pintadas de colores que alguna vez fueron vivos: un amarillo desteñido, un verde de zócalo, un azul de nevera vieja. Algunas tenían rejas con flores colgando; otras, ventanas con persianas a medio subir y tras ellas la luz amarilla de una cocina. En un segundo piso, una mujer tendía ropa en una cuerda improvisada, a pesar de que no había sol ni se esperaba, con una fe admirable. Al final de la cuadra, una obra en construcción levantaba sus andamios de tubo contra el cielo gris. Habían cubierto la estructura con techos de lona plástica, de ésa verde y negra que se ve en todas las construcciones de Bogotá, y la lona se hinchaba y se aflojaba con el viento de la mañana, con un sonido de aplausos lentos. Debajo de ella, dos obreros con cascos amarillos tomaban tinto de un termo, apoyados en una pila de ladrillos, y uno de ellos, al ver pasar a Juan con la mochila, levantó la taza como un brindis. —Buen viaje, patrón. —Gracias, don. —¿Para dónde van? —Para la Costa. —¡Uy, qué rico! Traiga calor, que aquí está haciendo falta. Siguieron. En la esquina, una tienda de barrio acababa de abrir. El dueño, un señor de bigote y chaleco de lana, sacaba a la acera el cajón de las gaseosas y la caneca de los huevos, y acomodaba con cuidado las bolsas de pan sobre el mostrador. En la vitrina, entre bolsas de papas y paquetes de galletas, había una radio encendida con un programa de música popular, y una chiva de juguete, y un santo con una vela a medio consumir. —¿Vecinos? —preguntó el tendero, al verlos. —De la señora María —dijo Juan. —Ah, doña María. ¿Ya se fue el aguacero? —Se fue. —Gracias a Dios. ¿Se les ofrece algo? —Un tinto —dijo Juan, por inercia—. Y dos botellas de agua. —Ya tenemos agua —dijo Vanessa—. Y un tinto, ya tomaste. —Un tinto más no hace daño. —Un tinto más, para dos —dijo Vanessa, al tendero. Compraron el tinto en vasitos de icopor, que humeaban con un vapor espeso en el aire frío, y lo bebieron de pie, junto a la puerta, mientras el tendero les contaba que en su opinión el clima de Bogotá se había vuelto loco, que antes llovía por la tarde y ahora llueve cuando le da la gana, y que la culpa la tenían los políticos o el calentamiento global o ambos. Vanessa asentía. Juan, con el vaso entre las manos, miraba la calle y pensaba que esa escena, una mañana cualquiera, un tendero cualquiera, un tinto cualquiera, le parecía de pronto un poco irreal, en comparación con todo lo demás. —Buen viaje —dijo el tendero. —Gracias. —Y cuídense de los derrumbes. —Sí, señor. Siguieron por la avenida. La luz había cambiado: ahora era más clara, más dorada, y lamía las fachadas de los edificios con un resplandor tibio. Los buses empezaban a pasar llenos, con las caras pegadas a los vidrios empañados; las motos zumbaban entre ellos como abejas; un vendedor ambulante ofrecía con voz cantada «aguacates, aguacates, a mil», y una señora con un coche de bebé discutía con un chofer que no quería parar. El semáforo cambió a verde, a amarillo, a rojo, con una puntualidad indiferente. Un perro cruzó la calle sin mirar, con la seguridad de quien sabe que nadie va a arrollarlo. Una muchacha pasó corriendo con un termo en una mano y un pan en la otra. —Es increíble —dijo Vanessa—. Hace dos días estábamos en un desierto. Y hoy hay un tipo vendiendo aguacates. —Es el país. —Es el país —repitió ella. Llegaron al paradero un poco antes de las seis y media. Era una marquesina de metal, con una banca de lámina, un aviso de empresa de buses medio despegado y una caneca desbordada de bolsas y vasos. Había ya tres personas esperando: una señora con una canasta, un muchacho con un maletín y un señor mayor con una ruana y un sombrero, que leía el periódico del día anterior con aire de profunda concentración. Sobre sus cabezas, la lona verde de otra construcción hacía un ruido de olas pequeñas. Juan dejó la mochila en el suelo. Vanessa se sentó en la banca. Los dos se miraron, y en esa mirada había algo que no era miedo ni era alegría: era la sensación de estar a punto de entrar en una historia que ya había empezado sin ellos. —¿Lista? —preguntó él. —Para nada —dijo ella—. Pero vamos. Fin del episodio 2