ESCENA POSTCRÉDITOS 🎬🐱
El bus no llegó de inmediato. Pasaron dos que no eran el suyo y uno que sí lo era, pero venía a reventar. Vanessa, tras consultar el celular, propuso caminar hasta la siguiente parada —a unas cuatro cuadras—, donde el transporte solía detenerse más tiempo. Juan se echó la mochila al hombro y ambos volvieron a andar por la avenida bajo la luz ya dorada de la mañana, con el fiambre balanceándose en la bolsa de tela y el rosario de la Abuela asomando por el bolsillo de la chaqueta de Vanessa.
No miraron hacia atrás. No tenían por qué.
Sobre el andén, una gota cayo de la lona de una obra, rodó por la tela hasta el borde y se quedó un instante colgando, brillante, antes de estrellarse contra el pavimento.
En el balcón de un tercer piso, tras una cortina que apenas se movía, alguien los observaba.
No se veía su cara. Solo la silueta recortada contra la penumbra del cuarto y una mano delgada que apartaba la tela unos centímetros, lo justo para ver sin ser visto. La figura los siguió con la mirada mientras cruzaban la calle, pasaban frente a la tienda y la mochila de Juan se perdía entre los demás peatones.
En la repisa, junto a la ventana, descansa un cuaderno abierto con anotaciones apretadas. Al lado, apoyada contra el vidrio, una lata de atún vacía, limpia y con la etiqueta arrancada.
La mano soltó la cortina.
En la penumbra, la figura retrocedió un paso. Desde algún rincón de la habitación brotó un sonido bajo y constante que no era un motor, ni una radio, ni el viento.
Un ronroneo.
Afuera, la avenida seguía su curso. Juan y Vanessa doblaron en la esquina y desaparecieron.
LOS MICHIS VOLVERÁN. 🐾