Es 2 de octubre, y nos levantamos temprano, pancartas en mano y nuestro corazón. Mi madrecita santa me despide con su bendición, y con la vergüenza de darme lo poco que le queda para comer. ¡Por ella nací, no me dejen atrás!
Nos juntamos por las calles gritando y haciendo lo que acordamos, ser el cambio que queremos para nosotros y los que vendrán, los que siguen.
Llegamos a las reformas, cada vez somos más voces, ¡Diálogo! ¡Libertad! ¡No soy agitador, pero hay mucha corrupción! ¡No queremos olimpiadas! ¡Queremos revolución!
Mensajes que son suplicas, que Díaz Ordaz nos escuche, que nos vea. Ya en tres culturas esperamos una solución, creo que son más de las 2 de la tarde, hace hambre y calor. ¡El silencio no significa ceder! ¡Aquí nadie se rinde! Hay gente que nos trae aunque sea un pan para comer.
Se escuchan los megáfonos alzarse con nuestras peticiones, es como lograremos ser parte de esto, con gritos y la solidaridad del pueblo que nos va a respaldar. Podemos escuchar todo desde kilómetros o eso dicen. Pero no daremos ni un paso atrás. Las horas pasan mientras en el palacio de gobierno gritamos por lo que queremos, no hay insultos o golpes, pero hay un aire extraño, el cual ignoramos bailando y expresando todo con paz. ¿Qué puede pasar? Así Ordaz vera que realmente venimos por la paz.
¡El pueblo no se queda callado!
El cansancio se siente, son las 5 y aun no tenemos respuesta, esto huele mal, pero nadie se va. Antes de las 6 y la oscuridad escuchamos a los helicópteros, las bengalas iluminan el cielo y la gente comienza a salir, las pancartas ya no importan.
Nos escondemos donde se puede, somos miles, hay un silencio y algunos gritos, podemos sentir el estruendo de las botas de las fuerzas armadas, su trote rápido. ¿No queremos el cambio? ¡Entonces vamos a pelear!
Pero al dar el primer paso se escucha un balazo, dos, tres y después hay gritos de dolor y miedo. Pero también de enojo, hay algunos bien lanzados que fueron los escudos de muchos.
Antes de que nos olviden, nosotros somos estudiantes.