Daniel Moreira tenía veinticuatro años y nunca había dado a aquella iglesia un motivo para decepcionarse de él.
A los ojos de la Iglesia Bautista de la Colina Sagrada, Daniel era casi una respuesta a las oraciones.
Hijo del pastor Elias Moreira.
Líder del grupo de jóvenes.
Estudiante dedicado de teología.
Educado, responsable y discreto.
Y, sobre todo, obediente.
Cada domingo, bastaba con que Daniel atravesara las puertas de la iglesia para escuchar su nombre acompañado de sonrisas.
—Buenos días, hermano Daniel.
—Dios te bendiga.
—Tu padre debe estar muy orgulloso de ti.
Daniel siempre respondía de la misma manera.
Una sonrisa.
Un apretón de manos.
Un educado:
—Dios los bendiga.
Nadie necesitaba saber que, algunas veces, Daniel deseaba desaparecer antes incluso de que comenzara el culto.
Aquella mañana estaba sentado en la primera fila, junto a su padre, con la Biblia abierta sobre las piernas.
Elias predicaba sobre responsabilidad.
Sobre liderazgo.
Sobre hombres que debían estar preparados para ocupar su lugar cuando llegara el momento.
Daniel conocía aquel discurso.
Lo conocía tan bien que podría completar las frases de su padre.
—La iglesia necesita hombres preparados —decía Elias frente a la congregación—. Hombres que comprendan que servir a Dios no es solamente un llamado. Es un compromiso.
Daniel mantuvo los ojos bajos.
Entonces escuchó:
—Y creo que nuestra juventud tiene hombres así.
Varias personas lo miraron.
Daniel sonrió.
Pero sintió una presión en el pecho.
Después del culto, una mujer mayor le tomó del brazo.
—Daniel, cada día te pareces más a tu padre.
Él soltó una pequeña risa.
—Espero que eso sea algo bueno.
—Por supuesto. Algún día todavía te veremos detrás de ese púlpito.
Daniel miró el altar vacío.
El púlpito parecía más grande de lo normal.
Más pesado.
Como si ya llevara su nombre.
Más tarde, dentro del automóvil, Elias permaneció en silencio durante varios minutos.
Hasta que finalmente habló.
—Lo hiciste muy bien hoy.
—Gracias, papá.
—A la gente le gustas.
Daniel miró por la ventana.
—Yo también los aprecio.
—No estoy hablando solamente de eso.
Daniel giró la cabeza.
Su padre continuó conduciendo.
—Sabes que me estoy haciendo mayor.
Daniel sintió que el estómago se le encogía.
—Papá...
—No estoy diciendo que vaya a retirarme ahora. Pero tenemos que pensar en el futuro.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Futuro.
—Tienes potencial para asumir muchas responsabilidades aquí.
Daniel asintió.
—Lo sé.
Elias sonrió ligeramente.
—Solo tienes que madurar en algunas áreas.
Daniel frunció el ceño.
—¿Cuáles?
Su padre dudó.
—La familia.
Daniel guardó silencio.
—Un pastor necesita una buena esposa a su lado —continuó Elias—. Alguien que comprenda el llamado. Alguien que comparta nuestros valores.
Daniel volvió a mirar la calle.
—Todavía tengo tiempo.
—Claro que sí.
Elias hizo una pausa.
—Pero no desperdicies ese tiempo con la persona equivocada.
Daniel no respondió.
Aquella noche, después de estudiar teología durante casi tres horas, entró en su habitación y cerró la puerta.
Dejó la Biblia sobre el escritorio.
Se quitó la camisa.
Se sentó en la cama.
Durante varios minutos simplemente contempló el techo.
Entonces su teléfono vibró.
Era un mensaje de una chica del grupo de jóvenes.
«¿Vas al encuentro del sábado? 😊»
Daniel conocía a aquella chica.
Conocía a su familia.
Conocía a sus padres.
Sabía que era exactamente el tipo de persona que su padre aprobaría.
Aun así, se quedó mirando el mensaje sin responder.
Porque, por primera vez, una pregunta comenzó a aparecer dentro de él.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero imposible de ignorar.
¿Y si no quiero esta vida?
Daniel cerró los ojos.
Y, de inmediato, sintió culpa por haberlo pensado.
Volvió a tomar la Biblia.
La abrió al azar.
Y comenzó a leer.
No porque quisiera.
Sino porque necesitaba hacer desaparecer aquella pregunta.