Más allá de nosotros

1. Llega Rebeca

Eran las seis menos doce cuando regresaron al edificio de departamentos.

Lily ya no caminaba igual, los pulmones le exigían mayor cantidad de aire con cada esfuerzo. Bajarse del auto por aplicación en el que habían viajado del supermercado hasta su domicilio ya era suficiente para robarle el aliento. Sin embargo, el verdadero reto era, desde semanas atrás, subir las escaleras hacia el segundo piso, donde se encontraba su hogar.

Luego de iniciar el tercer trimestre de embarazo, su peso había aumentado de manera vertiginosa. A pesar de moderar sus antojos y consumir solo alimentos nutritivos para ella y su bebé, Rebeca parecía empeñada en demostrar quién era su padre, creciendo de manera desmedida en el vientre de su madre.

El metro y medio de Lily por primera vez resintió enamorarse de un hombre cuya estatura superaba la de ella por más de treinta centímetros.

Una vez abajo del vehículo, levantó la vista y contempló su ventana.

«¿Por qué no hay ascensor?».

Ramón, ajeno a sus pensamientos, con sus largas piernas y la energía de sus veinticinco años, se movía erguido y sin esfuerzo. Abrió el portaequipaje del vehículo y bajó las cuatro bolsas de compras como si fueran costales con plumas, permitiendo al conductor retirarse. Con ese tono que a ella la derretía, le pidió aguardar a que subiera y dejara su carga en el departamento para bajar a ayudarla.

No obstante, Lily decidió intentar seguirle el paso. Anhelaba poder sentarse en su sofá o tenderse en la cama suave, y creyó posible ahorrar tiempo al subir juntos.

Luego de unos minutos cuesta arriba, las palpitaciones en su pecho golpeaban con la fuerza de un martillo, pero al menos, estaban frente a la puerta del departamento que alquilaban.

Miró a Ramón mientras él sacaba con la mano derecha las llaves del bolsillo de su pantalón. Para lograrlo, cargó sin dificultad en la izquierda el conjunto de las cuatro bolsas con las compras; una repleta de artículos para bebé que creyeron necesarios, las otras destinadas a llenar su despensa.

Se veía tan fuerte y alto. Imposible no notarlo incluso en el centro de una multitud.

Entonces, él le dedicó una sonrisa antes de introducir la llave correcta y abrir la cerradura.

Un pequeño suspiro se adueñó del pecho de Lily, dejando atrás el cansancio y la incomodidad que desde la noche anterior no la había soltado.

—¿Estás muy cansada? —preguntó, cediéndole el paso al departamento recién abierto.

—¿Se me nota?

—Poquito —dijo él, entrando detrás. Enseguida, cerró y dejó las bolsas en la mesa de comedor—. Deberías ir a descansar. ¿Se te antoja algo para la cena?

—¿Tú vas a cocinar?

Él sonrió, el encanto de la juventud brilló en sus labios.

—O pido. Depende de lo que quieras.

—Y mientras te quedas jugando otro rato.

—Primero guardo todo —justificó él, bajando la vista.

A Lily le dio gracia; parecía un niño atrapado en plena intención de realizar una travesura.

Aunque la malinterpretaba. A ella estaban lejos de molestarla las horas que Ramón solía pasar frente a la pantalla jugando con el Xbox que se había comprado en Navidad, gracias al primer aguinaldo de su nuevo empleo.

Sabía bien de dónde venía él; las carencias con las que creció. Además, trabajaba tanto que sentía que a su pequeña familia no le faltaría nada.

No podía reclamarle nada.

Por otro lado, no compartir su afición por los videojuegos no evitaba que, por las tardes, disfrutara viéndolo divertirse. Habían vuelto ritual sentarse en el sofá los dos, ella con un taburete enfrente donde subía los pies en tanto leía libros de maternidad o veía su celular; él superando obstáculos en Resident Evil 7: Biohazard, su favorito.

Más de una vez, ella le compartió lo aprendido en diversos foros de maternidad. Él, por su parte, le hablaba del Lore del juego.

—Prefiero acompañarte a descansar —admitió él—. Juego más tarde o mañana.

Lily giró en su dirección y puso el brazo derecho en cántaro sobre su cintura, entornando los ojos.

—¿También estás cansado?

—No, pero puedo darte un masaje en los pies.

No pudo evitar sentir un calor dentro al visualizar tan deliciosa oferta.

—¿Con final feliz?

A él se le iluminó el gesto, dejando oculta la ternura debajo de una sonrisa pícara.

—Con lo que quieras y las veces que quieras.

—Suena tentador —confesó, dando un par de pasos para acercarse.

Su abultada silueta quedó pegada en el abdomen de Ramón. Entonces elevó el rostro, en espera.

Él entendió de inmediato, se inclinó hacia el frente y depositó un beso en la boca de Lily.

—Te espero en el cuarto —finalizó ella, saboreándose.

Pero no pudo dar el paso pretendido. En el vientre bajo, una punzada se abrió paso, haciéndola sentir que algo se desgarraba dentro de ella; una sensación de estiramiento imposible de ignorar. Respiró corto, a tirones. Se agarró a los brazos de él y, doblada sobre sí misma, permaneció quieta, imposibilitada por esa enorme presión naciente a moverse.




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