La nada devoró a Lily, su mente viajó más allá del razonamiento; como si se desconectara unos instantes.
Sentada en la cama, con la espalda contra el respaldo, amamantaba a Rebeca. Acababan de superar las molestias de la adaptación de su cuerpo a tal labor; las grietas en sus pechos de las primeras semanas habían quedado atrás gracias a los cuidados, paciencia y sugerencias de Olga.
Con un mes recién cumplido, Rebeca ya era una experta y Lily se limitaba a sostenerla mientras contemplaba la inocencia de sus gestos, cargados de un halo de ternura que florecía en su pecho. Parecía feliz; lograba que los brazos de ella no se cansaran.
En la misma habitación, Olga empacaba su ropa y pertenencias en una maleta para regresar a su ciudad.
Al verla, Lily no pudo evitar suspirar. Una opresión a la altura del corazón le causó una punzada.
Los primeros días de Rebeca los había vivido al lado de Ramón, gracias al permiso por paternidad de su empleo. Aunque él hacía lo que podía, fue al llegar Olga para cuidarla, luego de una rápida visita el primer día, que entendió la magia de su madre.
En su afán de cuidar bien a Rebeca, ella había comenzado a ser más desordenada y descuidada. Dejaba sobre cualquier mueble lo que iba necesitando, empaques, toallitas de tela sucias con leche devuelta y otras cosas. Los platos permanecían sucios por horas y la ropa se acumulaba más rápido de lo que Ramón podía encargarse de ella.
Pero gracias a Olga, no había nada fuera de lugar.
Tres comidas calientes y deliciosas al día.
Ropa limpia y en su sitio.
El piso relucía, al igual que la cocina.
Y había unos brazos cálidos y amorosos disponibles en todo momento mientras ella tomaba una ducha o comía.
Además, cualquier duda, Olga se la había resuelto sin necesidad de consultar internet.
—Te voy a extrañar —confesó.
Su mamá pausó lo que hacía y la miró. Luego sonrió, a Lily le pareció ver un reflejo de su misma nostalgia.
—Y yo a ustedes, pero las veré en diciembre. Me gustaría quedarme más... A lo mejor puedo. Al menos hasta tu cumpleaños.
—No, ya hiciste mucho —dijo, amarrándose la lengua, lo contrario a lo que su corazón quería, pero no podía ser injusta con su mamá—. No desperdicies Semana Santa, con tantos disfraces que hacer necesitas estar allá.
Olga inhaló hondo y se sentó en el borde de la cama, a los pies de Lily. Acarició su pierna sin mirarla, parecía perdida en sus propios pensamientos. Luego, regresó a ella.
—No hice lo que hubiera querido —dijo.
Lily recordó lo poco que sabía de su propia llegada al mundo: Olga había estado sola, con un hombre que solo supo pensar en sí mismo.
—Pero sé que estarás bien —finalizó.
La confianza materna resultó una caricia estabilizante. Sin embargo, no logró conservar la sensación ni a través del abrazo que le dio Olga antes de irse.
Esa tarde, se despidieron en la puerta de su departamento. Cuando la entrada se cerró, el espacio se hizo enorme; recordándole los agujeros negros. Era su hogar, pero no lo reconoció. Terminó envuelta por un vacío desconocido, intempestivo y helado. El único ruido era el de Abril tomando agua de su bebedero. El gato se sació y fue a echarse en una silla. Lo acarició en un afán de encontrar sosiego.
En su cuna, Rebeca dormía. La idea de hacer lo mismo le cruzó por la cabeza. Las noches se habían vuelto una serie de siestas. A veces eran dos horas, otras tres, las que lograba dormitar antes de que Rebeca despertara buscando su pecho.
Un mes con ese ritmo estaba acabando con ella.
Entre Olga, Ramón y ella habían intentado turnarse, pero Rebeca pedía una sola cosa. Para compensarla, optó por extraerse leche en la última semana y que alguien más le diera biberón. Se arrepintió casi de inmediato. Por un lado, era agobiante, al grado de no querer volver a ver el extractor; incluso deseó tirarlo a la basura... De no ser por el precio lo habría hecho sin remordimiento. Por si fuera poco, si Ramón o su mamá la atendían hacían suficiente ruido en el pequeño departamento y de todos modos terminaban despertándola. A Rebeca tampoco le agradaba la mamadera artificial, berreaba desesperada hasta que ella iba al rescate.
Fue una pésima idea, pensó.
La abandonó y prefirió atender ella misma a su bebé a seguir torturándose con ese aparato. Odiaba usarlo; la frustraba la poca leche que lograba reunir. Le hacía pensar que no estaba alimentando bien a Rebeca.
Como si su propio cuerpo no quisiera ayudarla.
Y de leche en fórmula estaba harta de escuchar. Olga y Ramón se lo sugirieron. A ellos les parecía excelente recurrir a ese sustituto, pero para Lily significaba el fracaso de lo que se había propuesto.
Por eso era mejor que la vieran despertar tranquila, entera, aunque por dentro se estuviera cayendo a pedazos. Así no tenían la necesidad de ofrecerle opciones. Ni de mirarla demasiado.
Revisó el reloj. Faltaba poco más de una hora para el final del turno de Ramón, más el tiempo que hacía del trabajo al departamento.
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Editado: 18.04.2026