Marzo acabó, lo mismo abril, y Ramón extrañaba lo que no se atrevía a nombrar. Solo lo pensaba, y su cuerpo lo resentía.
La rutina esos meses se volvió una película; la veía día tras día. En la mañana al trabajo, en la tarde al departamento, en la noche a la cama. No le disgustaba, estaba acostumbrado, así había vivido a partir de los diecisiete años, cuando comenzó a trabajar en el taller mecánico del papá de Lily para ayudar a su familia.
Pero esta vez se sentía distinto, como si le hubieran arrebatado un logro conseguido en un videojuego.
En casa, las conversaciones con Lily eran otras. Funcionales, destinadas a un objetivo más allá de pasar el tiempo juntos. Las tardes de juegos se habían reducido; Lily ya no se sentaba a su lado, ocupada la mayor parte del tiempo en atender a Rebeca. Tampoco se habían tocado desde el parto. Entendía que debía darle tiempo y espacio… Solo la extrañaba. Demasiado.
Por otro lado, KraussTech México nada tenía del taller mecánico en el que se hizo hombre y guardaba muy poca similitud con su anterior empleo. Era más semejante a la universidad donde se formó gracias a una beca y, a la vez, tan diferente. Ahí no había jardines verdes, árboles frondosos ni estudiantes relajados. El edificio era un bloque de vidrio que reflejaba el cielo. Dentro, reinaba la luz blanca y la calidez del sol quedaba relegada a un estado del clima. Gracias al aire acondicionado, la temperatura no cambiaba nunca. Tampoco el tono de las voces. Los escritorios eran iguales, alineados con precisión. Sin fotos, sin plantas, sin rastros de alguien que quisiera quedarse ahí más de lo necesario.
No había oportunidad de hablar mucho. Sus compañeros eran un equipo reducido de jóvenes ingenieros. Suficientes para que todo funcionara, no para que alguien notara si alguno faltaba. Taciturnos, al punto de hacerlo pensar que eran mudos. No se quitaban los audífonos de los oídos mientras sus dedos volaban sobre los teclados de las portátiles.
Ramón a veces los sorprendía dando vistazos a sus celulares, enviando algún mensaje. Él hacía lo mismo. Sin embargo, Lily rara vez los respondía.
En el comedor era igual. Conocía de vista a algunas personas. En ocasiones, compartía la mesa con otro equipo y una plática casual fluía, pero no solía repetirse. No había lealtades ni camaraderías, solo bloques humanos trabajando por resultados. Nadie preguntaba por nadie.
Aquel jueves a inicios de mayo, recibió un correo a media mañana. El asunto captó su interés de inmediato: Invitación a reunión – Proyecto piloto.
Había sido enviado a varios correos electrónicos, el suyo era el único de su equipo incluido. Iba con copia al gerente de ingeniería y al Project Lead alemán. No tuvo duda de que era algo importante. Sin embargo, en el cuerpo del texto no decía mucho, se le informaba que se había programado su asistencia a la reunión, la fecha, la hora y la sala donde se realizaría: Stuttgart. Finalizaba remarcando el cuidado de la puntualidad.
Resopló y buscó con la mirada al líder de su equipo; se encontraba en su cubículo, aislado del resto por una pared de cristal. Tomó aire y se levantó. Necesitaba preguntarle si sabía algo.
El hombre pareció percibir su presencia antes de que pudiera anunciarse. Levantó la vista de su computadora.
—Hola, Ramón. Justo estaba por llamarte —le dijo—. Pásate.
Obedeció. Se sentó en una de las sillas frente al escritorio. No pudo evitar pasarse las palmas por los muslos del pantalón.
—Me dijeron que habías recibido un correo.
—¿A usted también le llegó?
Se golpeó mentalmente pues él mismo había visto que en el correo no estaba el nombre del líder.
—No. Supe en la reunión de ayer. Es para un proyecto nuevo. Creo que te va a interesar. Pon mucha atención y no llegues tarde.
Ramón creyó que diría algo más, pero no lo hizo.
—Eso es todo —finalizó.
Con las mismas dudas, regresó a su lugar.
El viernes, llegó al lugar de la cita faltando unos minutos para la hora pactada. La sala era igual al resto: una mesa larga, sillas negras, una pantalla encendida sin contenido.
Ya había alguien dentro. No lo reconoció, pero lo saludó como si lo hubiera hecho, con un cabeceo cordial. Era joven; no debía tener más años que él. Sin embargo, vestía a la moda de quienes quieren destacar, con prendas de marca. Su perfume llenaba la mitad de la sala. Lo hizo recordar a sus compañeros de la universidad, los que estaban en lo alto de la escala social. Además, tenía el físico de los que pasan horas en el gimnasio y quieren que se note. Anotaba algo en una tableta que llevaba. Dejó su labor, levantó la vista y le devolvió el saludo.
Aún sentado, Ramón pensó que lo único en lo que podía superarlo era en estatura.
—Abraham Maldonado —se presentó, extendiendo una mano firme.
—Ramón Lozano —correspondió.
—De implementación, ¿no?
Asintió y tomó asiento. Abraham parecía saber bastante de él, y eso le molestó por motivos inexplicables.
—¿Y tú?
—Ingeniería de procesos —dijo.
Guardó silencio un segundo, esperando a que agregara algo extra. Pero Abraham regresó a lo suyo en la tableta. Dudó, pero al final fue él quien volvió a hablar.
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Editado: 18.04.2026