El resto de la tarde de sábado fue una tortura para Ramón.
Aunque Lily y él tenían el acuerdo de no dedicar el sábado a ningún quehacer, cumplió con los suyos: lavó el baño y sacudió el polvo. También preparó el baño de Rebeca en medio de silencios incómodos y frases cortantes. Luego, encendió el Xbox y dejó volar las horas en la aventura proyectada en la pantalla, esperando con eso que algo cambiara en el ambiente y en su propia cabeza.
Escuchaba a Lily moverse a sus espaldas, cuidando de Rebeca y haciendo cualquier cosa que le permitiera no mirarlo. Parecía empeñada en ignorar cualquier rastro de su discusión, e incluso de él.
El espacio entre ellos era inmenso a pesar de los escasos metros cuadrados que lo componían.
Por un instante contempló confrontarla, aquello se sentía como el infierno. Tan diferente a lo que Lily le provocaba. Su mente voló a recuerdos más amables: poco más de un año atrás, anhelaba los lunes; el momento en el que volvía a ver a Lily luego de que su relación fuera un hecho, casi un sueño cumplido.
Otra vez se encontró anhelando el lunes, por las razones contrarias.
Quiso compartir con ella la llamada a Joel, buscar algún tipo de puente, pero al final se lo calló. Ella debió haber escuchado y aún así no le preguntó. O tal vez no se dio cuenta, se había encerrado en la habitación. No podía adivinar qué hizo dentro. Cuando salió, parecía un autómata incapaz de hablar.
Por la tarde lo llamó a comer y lo mismo en la noche. El alimento le supo a vacío. Ella no despegaba la mirada de su plato mientras él daba vistazos en busca de alguna señal.
Volvió a abstraerse en el videojuego, era lo único que le llevaba algo de calma. Poco antes de las dos de la mañana, seguía jugando con las luces apagadas. De repente, escuchó a Rebeca gimotear. Saltó del sofá y se apresuró a tomarla de la cuna. Por fortuna llegó a tiempo, Lily seguía durmiendo. Llevó a su hija al resto del departamento y estuvo arrullándola. Logró dormirla.
—Bien hecho, deja dormir a mamá —susurró contra la cabecita de la bebé.
Pero era demasiado tarde, al voltear a la puerta de la habitación, vio a Lily en la penumbra formada por la luz de la pantalla encendida. De pie en el marco, lo observaba en silencio.
—¿Se durmió? —preguntó.
—Sí.
—No creo, nunca lo hace si no come.
Sus palabras se convirtieron en predicción, Rebeca volvió a removerse en sus brazos. Lily se aproximó a él y tomó a la bebé. A continuación, se sentó en el sofá. Comenzó a amamantarla mirando al frente, rehuyendo de él.
Ramón resopló, maldiciendo por dentro. Contempló sus opciones, abrir la puerta y largarse se le apareció como una tentadora. Pero no podía hacer eso. Inhaló varias veces hasta que se sintió capaz y se sentó en el sofá, a un lado de su esposa y su hija.
—¿Vas a seguir así? —le preguntó.
—¿Así cómo?
—Pues como andas. Enojada.
—Yo no… —murmuró, más para ella que para él. Se concentró en Rebeca, aunque esta ya había vuelto a dormir—. No estoy enojada.
—No sabía de qué se trataba el pinche proyecto. Te lo juro —bufó, viendo al frente y casi acostado contra el respaldo, con las piernas y brazos estirados hacia adelante lo más posible.
—Ya sé. Te creo.
Giró en busca de sus ojos, esta vez lo miraba y le sonreía suavemente; eso fue suficiente para que él también lo hiciera.
—Vamos a dormir —sugirió Lily.
Hubiera querido otra propuesta, pero aquel pacto de paz era mejor que lo anterior.
Una vez que Rebeca regresó a su cuna, se acostaron uno al lado del otro, frente a frente y de costado, viéndose por la iluminación de la pequeña lámpara de noche que Lily usaba. Luego, ella tomó su mano entre ambos cuerpos y la estrechó a la altura de los corazones.
—Lamento haber arruinado tu cumpleaños.
Fue su turno de sonreír.
—No me gusta verte enojada. Ni triste —pausó—. ¿Quieres que salgamos mañana? Vamos a dónde quieras.
La negativa muda que recibió le vapuleó otra vez el ánimo. No pudo replicar, ella había cerrado los ojos y dormía.
El domingo transcurrió muy parecido al sábado, pero al menos Lily y él hablaron. Nada relacionado con el proyecto ni con ir a pasear, ella seguía renuente a la idea sin que a Ramón se le ocurriera nada para convencerla. Ya lo había intentado de mil formas. Con la excusa de salir a comer, a comprar algo para Rebeca o para llenar la despensa, o incluso a disfrutar del aire libre. Para todo era una negativa rotunda. Al final, decidió respetar su decisión por más extrema que le pareciera.
Por la mañana del lunes, apenas salió del edificio de departamento, tomó una larga bocanada de oxígeno revitalizante. Estiró espalda y brazos, absorbiendo el fresco matutino. Comenzó a andar. Iba y volvía del trabajo en transporte público, era la opción más rápida en esa ciudad enorme y congestionada. Llegó faltando veinte minutos para la hora de entrada. En la sala Stuttgart, de pie junto a la cafetera, ya se encontraban Abraham y Octavio, el ingeniero de automatización de su nuevo equipo.
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Editado: 18.04.2026