Más allá de nosotros

5. Nada importante

Lily sostuvo el celular contra la azucarera en el centro de la mesa del comedor y levantó la mano de Rebeca, sentada en su regazo y recargada en ella, frente a la pantalla. Luego la agitó, saludando a Olga, al otro lado de la videollamada.

—Hola, abuela —dijo.

—¿Quién es esa bebé preciosa? ¿Quién te quiere, corazón? —Olga se deshacía en gestos tiernos, luego regresó su atención a Lily—. La veo muy grande. Ya sostiene la cabecita.

—Empezó hace poco.

—Ponla en el piso, en una cobija. Boca abajo para que se ponga fuerte su cuellito.

—Sí, mamá. Lo haré.

—¿Y tú? ¿Cómo estás?

—Ya duermo mejor —mintió. La realidad era que se estaba acostumbrando a no dormir bien.

—Solo son los primeros meses, verás que después se pasa.

—Ya sé.

—¿Y Ramón?

—Bien. Está llegando más tarde. Lo integraron a un nuevo proyecto. —Meditó si compartir lo siguiente—. Dice que pueden enviarlo a Alemania... por tres años o más. No supo decirme bien y ya no le quise preguntar.

—¿Ustedes irían con él?

Asintió.

—Entonces está bien. Las voy a extrañar, las tendré más lejos. Pero será una bonita experiencia.

—Sí, pero no ahorita. No con Rebeca.

—¿Por qué no?

A su madre no pudo darle ninguna razón sin detenerse a ver antes en su interior.

—Me da miedo.

—¿Miedo de qué?

—De todo. No voy a conocer a nadie. Si estar aquí ya es difícil por eso siendo mi país. Y si Rebeca se enferma.

—Allá también hay doctores.

—Sí, que no voy a entender. Ahorita no tengo cabeza para aprender otro idioma... para nada.

—Hija, ¿has salido? Caminar te hace bien. Tu departamento es muy chico para que estés ahí todo el día. Y sola. Me preocupa que Ramón pase tanto tiempo en el trabajo.

Bajó la vista, como si eso la ocultara de la mirada de Olga, acostumbrada a ver más allá.

—Sal con la bebé, a ella también le hará bien. Necesitas hablar con alguien que no seamos Ramón ni yo. —Pausó un segundo—. La casa es nuestro refugio, pero para las mujeres puede ser una trampa. Ya lo viviste, con...

—¡No! —rogó más que exigir—. Por favor, no me lo recuerdes.

No quería escuchar de su exesposo ni del infierno que vivió a su lado. Más de seis años desde aquello eran bastantes. Lo había dejado atrás y no quería traerlo a su presente.

—Ramón no es ese hombre. Es un buen muchacho, pero no es por él que no debes quedarte atrás. Es por ti. Yo sé lo que te digo.

—Lo intentaré —prometió, ocultándose detrás de una sonrisa para que Olga olvidara el tema—. Cuéntame cómo andan las cosas por allá.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Lo que sea. De la costura, tus amigas o los chismes de la iglesia...

La conversación se prolongó otra media hora. Tuvo que finalizarla, había llegado la hora de bañar a Rebeca. Siguió la rutina del día. Preparó la comida, guardando la ración de Ramón para la cena; la única comida que compartían entre semana.

Días después, al atardecer, sintió el departamento más vacío de lo acostumbrado. No le gustaba esa hora, próxima a la que Ramón solía llegar antes del nuevo proyecto... y recién comenzaba esa nueva rutina.

Pensarlo y proyectarlo a una vida en otro país le dio vértigo.

La casa estaba limpia y la cena preparada. La bebé bañada. Tendió una cobija en el suelo y puso a Rebeca en ella sobre su estómago. Sentada en flor de loto, contempló como se quedaba viendo al frente, alentándola a levantar la cabecita cuando se dejaba vencer. Le puso un juguete llamativo a la vista y respondió a sus balbuceos.

Todo lo que hacía le parecía un logro increíble. Tomó fotos y vídeos para compartirlos con Ramón, otros con sus padres. Al final, tuvo que levantarla en brazos y consolarla cuando comenzó a llorar, cansada de las exigencias de su madre.

Ambas estaban cansadas.

Pensó en comer algo dulce, solía levantarle el ánimo. Pero este decayó el doble al ver que ya quedaba muy poco en el bote de helado en el congelador. Tampoco había otra cosa que pudiera saciar su antojo.

Contempló sus opciones: esperar a Ramón, pedir a domicilio o ir ella misma a buscar lo que necesitaba.

La última la regresó a la conversación con Olga. Salir le haría bien. Rebeca también necesitaba ver el mundo más allá de su pequeño hogar.

Con eso en mente, fue al clóset y sacó el fular que había comprado antes del nacimiento de Rebeca, luego de leer los beneficios de portear. Estuvo varios minutos viendo vídeos de YouTube e intentando enredarse a Rebeca en el cuerpo con la larga y elástica tela. Finalmente encontró una forma que sintió segura. Verificó que era fácil amamantarla sin sacarla del amarre de tela.

En la mochila pañalera, había puesto lo que podría necesitar. No pensaba ir lejos, pero estaba consciente de que todo puede pasar una vez que se sale de casa con un bebé. Con ella a la espalda, salió.




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