Más allá de nosotros

6. Amistad

Después de dos semanas, Ramón lo tenía claro: ese equipo y proyecto eran lo mejor que le había pasado en KraussTech México.

No recordaba haberse sentido así de bien en su trabajo o en los anteriores.

Klaus, a pesar de la aparente severidad de su carácter, no era un líder autoritario: todo lo contrario. Les daba libertad de acción y decisión. Les dejó claro que solo exigiría resultados en las fechas establecidas. Con tan pocos días, eso no había sido un problema pues recién iniciaban.

Aquel lunes, Abraham y él platicaban. Si bien muchas ideas de este le resultaban extremas —especialmente lo que decía sobre las mujeres—, le interesaba escuchar lo otro: el cómo organizaba su vida y sus finanzas para tener, a su parecer, tanto.

Rudy todavía no llegaba, era muy bueno en calidad, su área, pero su problema con la puntualidad era grave.

Quien entró, como perseguido por algo, fue Octavio.

—¿Ya llegó Klaus?

—¿Por qué vendría a esta hora? —preguntó Abraham y dio un sorbo a su taza de café.

—Lo vi abajo. Llegamos casi juntos, pero no estaba solo. Había una preciosura con él y... se acuerdan —mencionó, acercándose a ellos—. Hoy llega la encargada de software. Debe ser ella y si es... —sopló con un gesto de satisfacción—. Que mujer, güeyes. Más les vale que ninguno se acerque.

—Veo que te cuesta no distraerte. Podría hacerme cargo del software sin problema, ella solo nos retrasará —afirmó Abraham.

—Mira, güey. Yo no quiero verlos a ustedes todo el día. Nos hace falta motivación, la dulzura de una mujer.

—Habla por ti —replicó el aludido.

Ramón reía sin participar. La quinta integrante no era un asunto que le preocupara, más allá de si era un buen elemento o no. Enseguida, el silbido de la puerta al abrirse los hizo callar de repente. La expectativa creció entre los tres y se derrumbó al ver a Rudy. Este saludó y fue puesto al tanto de lo que estaban esperando por Octavio.

—Rudy, cuento contigo —dijo—. Esa preciosura es mía.

—¿Y yo que tengo que ver? —respondió el de calidad.

—Eres el único con morra, solo tú me puedes ayudar a que estos dos chacales no se me adelanten.

—Yo también paso —soltó Ramón, casi por reflejo.

—¿Pasas?

—No me interesa.

—Ni la has visto.

—Ni falta hace.

—¿Tienes morra?

Lo meditó un poco, acostumbrado a sus anteriores compañeros, no había compartido mucho con los nuevos.

—Esposa.

—¿Estás casado? —Octavio abrió los ojos, mirándolo directo—. ¿Y no nos habías dicho, güey? Nada más falta que digas que también eres padre de familia —dijo, riendo de su propia broma.

Abraham solo levantó la ceja y bebió otro trago, haciéndolo sentir evaluado.

Él carraspeó, en lugar de responder.

—¿Sí eres?

Octavio reanudó el interrogatorio.

—A ver, cuenta. Con esa altura que te cargas has de tener una chulada de mujer. ¿Y cuántas bendiciones ya?

Sonrió por lo bajo, dándole un trago a su café.

—Nada más una.

—Y de tu esposa, ¿traes foto?

—¿Qué pasó, cabrón?

Lo dijo serio, pero Octavio no se equivocaba. Para él, Lily era una belleza: una que no estaba dispuesto a compartir de ninguna manera.

—Siendo serios, ¿cuántos años tienes? ¿Cómo que ya te amarraste con una habiendo tantas? Ahora como dice Abraham no te salvas de pagar manutención.

Negó, ya incómodo. Su compañero estaba demasiado interesado, lo hizo desear que recordara a la mujer que había visto con Klaus y lo dejara en paz.

—Veintiséis.

—¡Uy no! Le erraste, lo que haría si me viera como tú. Me comería a media ciudad.

—Por eso no consigues ni un perro que te ladre —terció Rudy—. Hasta las moscas te han de huir.

—¿Por qué, güey? No seré muy galán, pero sé dar amor. Si no te alcanza, le doy a tu novia también —dijo, seguido de una carcajada contagiosa.

El gesto de Rudy trasmutó. Lo miró fijo, le puso la mano en el hombro, muy cerca del cuello, y apretó.

—Te acercas a mi novia y es lo último que haces —advirtió con una sonrisa apretada.

A Octavio se le congeló la gracia en una mueca. Entonces fue el turno de Rudy, soltó la tensión por la nariz y comenzó a carcajearse. Lo hicieron todos, menos Abraham, que parecía más entretenido con su café.

—Aprende. Vale más una que es para ti que andar rogando en todos lados. ¿O no, Ramón?

Asintió, conforme con eso.

—Mejor empezamos a hacer algo —cortó Abraham—. Estamos perdiendo el tiempo.

Nadie discutió. Regresaron a sus respectivos sitios.

Faltando poco para la hora de la comida, Klaus entró por fin. Tal y como Octavio advirtió, no iba solo. Detrás de él entró una mujer joven.




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