Más allá de nosotros

7. Amor y necesidad

Esa noche, mientras amamantaba a Rebeca, a Lily le costaba permanecer sentada en el borde de la cama. Era la tercera vez en pocas horas; no había podido dormir ni una entera. El pequeño cuerpo ya le pesaba en los brazos y la penumbra engañaba a su cerebro, dejándolo en un mundo onírico. Los ojos no le ayudaban, pedían a gritos cerrarse y cabeceaba sin darse cuenta.

Entonces, las manos de Ramón en sus antebrazos la sostuvieron, peinándole la piel con un ligero estremecimiento. Volteó hacia atrás, él estaba despierto y sentado a su espalda. Con su tamaño, le fue fácil pasar cada pierna larga a los lados de Lily y servirle como respaldo.

Ella se echó hacia atrás, usando el ancho hombro masculino como almohada. Sus brazos la envolvieron y, en esa cercanía, el beso que le dejó en la mejilla le supo a paraíso.

—¿Por qué no te acuestas? —susurró él.

—Rebeca todavía no termina.

—Pues con ella. Te estabas cayendo.

Él se separó y volvió a su lado de la cama, dejando espacio entre los dos para la bebé. Le señaló el colchón, invitándola.

—¿Seguro? ¿Y si la aplastamos?

—Yo no la aplasto, ya sabes que ni me muevo. Y tú tampoco. —Hizo la pausa de quien busca más argumentos—. Mi jefa dormía con María Esther y Max cuando estaban chiquitos… Y no les pasó nada.

Lo pensó. Su mamá le había dicho que no era bueno dormir con los bebés estando tan pequeños, pero… no podía más. Se acostó con ella prendida al pecho, la acomodó entre su cuerpo y el de Ramón, asegurándose de alejar la manta y las almohadas de su cabecita. Cerró los ojos y se quedó dormida, confiada en que era capaz de despertar si algo iba mal.

Solo un poco, pensó, contemplando regresarla a la cuna lo más pronto posible… pero no sucedió.

En la mañana, Ramón la despertó con otro beso.

—Ya me voy. Te dejé desayuno.

Ella parpadeó, obligándose a entender que la noche se había ido.

—No se te vaya a caer Rebe —le murmuró al oído.

Sintió la advertencia tibia, bonita. O quizás era el tono en el que había sido pronunciada: suave y acogedor. El aliento de él, tan cerca, apartó la somnolencia. Inhaló su perfume y deseó, como cada día, que no se fuera... que se quedara abrazándola hasta que el día se volviera oscuro. Su voz le hacía falta la mayor parte de la jornada, los mensajes sabían a arena yéndose entre los dedos.

Por fortuna, había dormido bien y Rebeca también, seguía acurrucada entre su brazo derecho y su pecho, respirando apaciblemente.

Tal vez el colecho sí era una buena opción, había leído sobre él, pero quiso hacer caso a Olga. Esta vez su mamá había errado, o eso concluyó.

A partir de ahí, usaba la cuna solo hasta el primer despertar de Rebeca y para sus siestas en el día. El resto de la noche la dormía con ella usando su cuerpo y el de Ramón como barreras. Aquello alargó el día y acortó las noches. Se sentía con más energía. Lo que no disminuía era la sensación de alerta pegada a la nuca. La idea de que no podía descuidar a Rebeca ni un segundo le impedía entregarse a cualquier otro pensamiento o actividad. Sus propias necesidades se habían borrado a favor de esa pequeña forma de vida nacida de sus entrañas.

Tan pequeña e importante a la vez: si algo le pasara, ella jamás podría perdonarse.

A menudo se preguntaba ¿cómo se podía llegar a querer tanto a alguien en tan poco tiempo?

Se duchaba cuando Rebeca dormía y no estaban solas. Comía cuando la bebé estaba de buen humor. Hacía el quehacer y cocinaba de la misma forma, con el cuerpecito de su hija enredado a la espalda con el fular, balanceándose y retorciéndose —muchas veces de maneras poco naturales— para mantenerla segura. O, asomándose una y otra vez a la cuna para asegurarse de que seguía dormida. Había días en los que solo deseaba permanecer en la cama o sobre la cobija que solía tender en el suelo, con Rebeca a un lado, dejando el tiempo caer a gotas hasta que Ramón regresara.

Abril era una buena compañía. En los peores momentos, abrazaba al gato con la desesperación que te hace aferrarte a una tabla salvavidas. Su pelaje brindaba una calma muy peculiar, similar a un suspiro.

Y, cuando las paredes se le venían encima, Lily iba al Café de Lety. A veces platicaba con la dueña. Otras, se dedicaba a disfrutar de algún postre viendo a otras mujeres en sus propias mesas. Como fuera, siempre resultaba una buena experiencia salir del departamento una o dos horas al día.

El sábado era su día favorito. Ramón y ella lo dedicaban a relajarse en compañía. Él jugaba un rato, pero también bañaban a Rebeca entre los dos. Lo mejor era dejar de preocuparse por la comida pues pedían a domicilio o salían. No se respiraba la opresiva sentencia del lunes, se había vuelto su oasis en el desierto de la semana.

Lo único malo era lo poco que duraba.

Aquel sábado, tomó una ducha tranquila, lenta, con música de Lana Del Rey y absorbiendo el agua tibia cayendo en cascada sobre su cabeza, hombros y pechos blandos. Era un alivio luego de haber sobrevivido las primeras semanas, donde se endurecían, rebosantes de leche al grado de hacerla apretar los dientes de dolor. Parecían días tan lejanos y, a la vez, eran su ayer. Además, habían cambiado algo. Su misma piel se sentía ajena.




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