Más allá de nosotros

8. Lo que se desea no siempre se disfruta

Faltaban unos minutos para las siete de la tarde cuando Rudy se despidió. Fue el primero. No era alguien de muchas ceremonias. Soltó un “hasta mañana”, tomó su mochila y se esfumó por la puerta.

Ramón le devolvió el gesto con un cabeceo antes de verlo partir. A continuación, regresó al diagrama en la pantalla frente a él, intentando aparentar concentración. De un vistazo fugaz, imperceptible para quien no estuviera atento a sus movimientos, observó a Sugey, cuyo módulo se encontraba casi enfrente del suyo. Contrario a él, ella no usaba la computadora sino una libreta. Inclinada sobre el papel y con una pluma bien sujeta entre los dedos, su mano volaba a través de los renglones. La recordaba así de la universidad, tenía alma de matemático de otra época. Solía decir que la única manera de hacer verdadera ciencia dura era arrastrando el lápiz.

Sus ojos volvieron a la computadora y un mensaje de Discord captó su atención.

«¿Otra vez vas a esperar a que se vaya o nos salimos de una vez?».

Era Abraham.

Él sí debió darse cuenta de sus intenciones. Era lo más parecido en humano a un halcón, siempre al acecho. A falta de una respuesta para darle, optó por ignorarlo… al menos por los siguientes respiros. De inmediato, supo que era un error: su compañero no iba a dejarlo pasar tan fácilmente.

«No debería afectarte una mujer. Menos si ni es la tuya».

El mensaje lo hizo soltar el aire por la nariz de golpe.

«No sé de qué hablas, güey».

Escribió, creyéndolo suficiente para cerrar el tema.

«Hasta acá se ve que tuvieron algo que acabó en pleito, distancia y cero comunicación. Y que es de las que dan más problemas».

Ramón se llevó la mano a la frente para evadir miradas mientras procesaba saberse evaluado como objeto de estudio.

«No estés chingando. No hubo nada».

Los mensajes se interrumpieron cuando Octavio se puso de pie. Estiró los brazos hacia arriba y finalizó su teatral movimiento con un gran bostezo.

—Vámonos, bonita. ¿O te vas a quedar con este par? —le preguntó a Sugey.

—Ya casi termino —respondió ella, sin apartar la vista de los cálculos en su libreta—. Pero adelante, no tienes que esperarme —añadió.

El pecho de Octavio se desinfló de manera visible. Movió la cabeza de un lado a otro, preparándose para continuar su ritual de galanteo. Y, con algunos pasos que pretendían ser contundentes, avanzó hasta quedar a metro y medio de Sugey.

—Claro que sí. No me dejes con las ganas de acompañarte a la salida.

—No. —Esta vez, ella alzó la vista hacia él. Sus ojos, sin atisbo de gracia ni la menor cortesía, lo atravesaron—. Yo me voy después.

La declaración salió seca, con ese tono ligeramente grueso de su voz nasal. Era un “hasta aquí” bien claro.

El ambiente se llenó de tensión gratuita. Sin embargo, nadie dijo nada. Abraham no levantó la vista de su computadora y Ramón se revolvió en la silla.

Hubiera querido no tener que presenciar aquello, pero Octavio se lo había ganado a pulso. No paraba de lanzarle halagos imprudentes a Sugey; los primeros habían sido bien recibidos, el resto no tanto. Otra de sus técnicas era intentar colgarse de los momentos más inoportunos para acercarse de cualquier manera. Si ella se levantaba, se ofrecía de inmediato a acompañarla. En el comedor, solía seguirla igual a una sombra fuera de lugar. En las reuniones, cuando ella proponía algo y Abraham lo discutía, Octavio se cuadraba del lado de la mujer. Y fue gracias a él que Abraham incluyó a Sugey en el grupo de trabajo de Discord.

Lo último eran amabilidades, pero Ramón la conocía.

A ella no le gustaba sentirse invadida.

Recordó la ocasión años atrás en la que, estando en casa de Sugey, la vio discutir con su madre. Había sido muy repentino. De estar bien, un comentario de la adulta con respecto a los hábitos de sueño de Sugey hizo estallar a esta. A él le pareció que la mamá de su amiga no se había equivocado, su observación había sido similar a las habituales en su hogar. Sugey no pensaba igual. Con una dura firmeza le había señalado a su madre que ya era una adulta, que a ella la noche le servía para concentrarse y que recuperaba sus horas de sueño. Que dejara de preocuparse.

En la memoria de Ramón, también se despejaron las numerosas veces en las que Sugey le insinuó que no era su obligación ser el principal responsable de su familia. Él lo veía diferente: no es obligado lo que haces por voluntad propia. En ese tiempo, vivía para su mamá y sus hermanos; no imaginaba otra forma de vivir.

Fue Lily por quien, de manera inesperada, aspiró a ser algo más que el eterno proveedor de la casa que su padre dejó incompleta.

«Ni que no le gustara la atención. Como a todas le gusta hacerse la difícil».

Leyó en el chat con Abraham, regresando al presente. No obstante, la mayor parte de su interés estaba puesta en la interacción de sus otros dos compañeros. Octavio sorbió aire y recogió su dignidad en una risa ligera.

—Nos vemos mañana. —Enseguida, giró hacia ellos—. Pórtense bien. Nada de ponerse pendejos.

Apena salió, Sugey sopló un leve suspiro. Las facciones se le relajaron. Cerró la libreta y, con la vista baja, pareció reflexionar su siguiente paso. Unos minutos después, tomó su bolsa.




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