Aquella mañana, mientras Rebeca todavía dormía, Lily aprovechó los minutos de absoluta tranquilidad para cepillarse el cabello a consciencia, desde la raíz hasta la punta, permitiendo al cepillo cumplir con su función.
Inmersa en la acción repetitiva, recordó los ojos caídos de Ramón al hablar de Sugey.
No sabía si darle importancia o no… aunque todo lo que tuviera que ver con Ramón le importaba demasiado. El sentimiento se recrudecía en el silencio de su pequeño departamento, a veces tan denso.
La razón peleaba contra ese agujero dentro que quizás nunca llenaría. Su terapeuta le había advertido que no se trataba de desaparecerlo, sino de aprender a no dejarse devorar; a centrarse en lo real, en la evidencia de los sentimientos ajenos y la certeza de los propios.
Y ella que creyó alguna vez que era tema cerrado.
Exhaló, deseando que con eso se fuera también la melancolía apoderándose de su mente.
Paró de cepillarse y, al ver la cantidad de hebras que habían quedado en el cepillo, la sorpresa se hizo protagonista emocional. Asustada, se acercó al espejo para evaluar el nacimiento de su cabello. Sin duda había menos cantidad que unos meses atrás. Lo sospechaba desde unos días atrás, luego de ver lo que caía tras lavarlo, pero comprobarlo en su imagen no era un golpe suave.
A ese paso se quedaría calva.
No recordaba aquellos contratiempos de su primer embarazo, quizás porque entonces la muerte de su bebé junto al brutal abandono del padre no daba tregua a lo demás. La devastación física en su cuerpo no era nada comparado con el vacío que le atravesaba el pecho.
Darse cuenta de la diferencia fue una llamada de atención. Rebeca había nacido, estaba con ella, se alimentaba de su pecho. Era suficiente para hacerla feliz. Se sintió culpable por estar sintiéndose así, un poco miserable, un poco de más, un poco hueca…
Decidida a no dejarse vapulear sin motivo, fue hasta el clóset y lo abrió. Evaluó los vestidos, guardados por meses. Muchos de los que Olga le había confeccionado seguían ahí, esperando a ser usados de nuevo, pero el que captó su interés fue el que Ramón le había obsequiado. Lo sacó y lo midió con la mirada. Acarició la tela; le pareció aún más hermoso. De nuevo tuvo la impresión de que era ajeno a su yo actual. Negó y lo devolvió a su lugar. Prefirió sacar otro, uno que no le gustara demasiado.
Deslizó la prenda por su cuerpo, pero, a la hora de cerrarlo, sucedió lo que temía. Aún no recuperaba su talla. Guardó la prenda y optó por una de sus últimas opciones: un vestido suelto de tela ajustable.
Ese sí abrazó bien su talla actual, aunque seguía sin gustarle lo que veía en el espejo. Lejos estaba de encontrar seductora la anchura de sus caderas y muslos. Luego de vestirse, se puso un poco de maquillaje por primera vez desde el nacimiento de Rebeca.
El día transcurrió en la misma rutina cuya capacidad de mantenerla en pie y volverla loca no dejaba de asombrarla. Lo único diferente se lo dio el reloj. Ramón solía estar ahí a esa hora y Rebeca estaba un poco inquieta.
Antes de que la luz del sol terminara de apagarse, optó por salir. Su destino era el súper mercado a unas calles del departamento. Había faltantes en la despensa. Era poco por lo que había ido, pero al ir recorriendo los pasillos, agregó otros productos. Cuando salió, con el peso de Rebeca en el fular y el de la bolsa, cayó en la cuenta de su error. Era demasiada carga. Avanzó algunos metros, pero no pensó llegar sin que sus pulmones y músculos lo resintieran. Además, la noche había caído y, con su bebé, la percepción de riesgo aumentó al dar un vistazo alrededor.
Pese a ser un barrio tranquilo, no podía confiarse.
Paró en una esquina, al resguardo de un local de comida abierto y con varios clientes esperando ser atendidos. Bajó la bolsa al suelo, contra el muro del negocio y sacó el celular. Pedir un auto le pareció ridículo, así que buscó el número de Ramón.
—Lily —dijo él tras el primer tono.
La manera en la que pronunciaba su nombre siempre le llenaba de sensaciones la piel. No obstante, también puso atención al resto, a la leve agitación de su respiración y a los ruidos propios de la calle que captó al fondo.
—Ya casi llego —añadió, como si supiera el motivo de su llamada.
—No estamos en el departamento.
—¿Y dónde están?
—Vine por unas cosas que necesitaba al súper, pero creo que me pasé. Está muy pesada la bolsa. ¿Me puedes buscar?
—¿Necesitas un cargador profesional? —bromeó.
A ella le brotó una sonrisa.
—Sí, uno guapo.
—Uy, a lo mejor no cumplo el requisito.
—¿Y el de fuerte? Con eso me basta. Si tienes bonita sonrisa, hasta propina te puedo dar.
—Eso seguro, pero a estas horas aumenta la tarifa.
—No traigo tanto efectivo. Pero aquí nos arreglamos.
—Suena a que me conviene.
Ella rio.
—Entonces no te tardes. Estamos frente a los tacos que hay de camino.
—Podemos llevar para cenar. ¿O tienes algo en la casa?
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Editado: 10.05.2026