Más allá de nosotros

10. Say yes

Ramón lanzó un último y trémulo resoplido antes de que su respiración regresara al ritmo habitual. Casi enseguida, levantó la cabeza y sus ojos buscaron a Lily.

Ella continuaba de rodillas entre sus piernas abiertas, deleitándose con esa imagen vulnerable de él que la hacía sentirse dueña única de su amor.

—Me dejaste con más ganas —murmuró.

Con ambas manos, le acunó el rostro. La delicadeza extrema de su toque la hizo suspirar al perderse en la profundidad de los ojos oscuros donde se encontró reflejada.

—¿Seguimos? —preguntó él.

Había temido que lo pidiera. No quería negarse, pero tampoco continuar. Simplemente quería permanecer contemplándolo, hablando de cualquier cosa, hasta que Rebeca la llamara y el día se reiniciara. Suspiró, de amor y deseo mezclado con ganas de no estar en esa situación.

Por dentro era una hecatombe, pero por fuera recompuso de inmediato el gesto y sonrió.

—Otro día. —Sintió que debía justificarse, dejarle claro que no era falta de deseo—. Antes debería tomar un anticonceptivo. Ni siquiera tenemos condones. —Apretó los labios, buscando más argumentos, y recorrió con las palmas los muslos de Ramón—. No tengo ganas de embarazarme pronto...

—Yo tampoco quiero —admitió él, contundente, como si quisiera alejar una maldición. Por el cambio inmediato en su expresión, pareció darse cuenta de que había sido demasiado. Su siguiente tono fue de quien confiesa un crimen—. Digo, no es que no quiera ya nunca. Tal vez después...

—Lo sé —acotó ella para sacarlo del apuro.

—Pero también quiero que la pases bien.

Lily se recostó en el abdomen desnudo de Ramón. Una naciente erección se apretó entre sus pechos, haciéndola sentir esas pulsaciones varoniles tan conocidas. De inmediato, sintió una elevación al cielo junto a las manos que comenzaron a peinar su espalda y nuca con caricias suaves. Deseó que aquello se prolongara; sentir la ternura de su contacto por horas.

—Mañana saco cita para que me den algo —prometió—. Ahora vamos a dormir. Tengo sueño.

—¿Quieres que vaya contigo? Aunque tendría que ser hasta el sábado.

—Y en la tarde.

Desde que Ramón había aceptado colaborar de manera independiente con Abraham, dedicaba las mañanas sabatinas a trabajar. Sabiéndolo, Lily entendía que era difícil que la acompañara. Tampoco quería que lo hiciera. Prefería ir sola y sacarse libremente la duda que la estaba carcomiendo por dentro: ¿había algo mal con ella? ¿Era al menos esperado que su cuerpo le jugara tan mala pasada cuando lo que más quería era estar con él?

Por las siguientes horas, se abstuvo de buscar por internet una respuesta, consciente de que era mejor la opinión de un profesional. Eso no evitó que lo pensara esa noche mientras Ramón dormía abrazado a ella; su último «te amo» la acompañó durante largas horas de insomnio.

Casi agradeció cuando Rebeca comenzó a gimotear en la madrugada, dándole una excusa para levantarse a amamantarla.

Al día siguiente y a primera hora, agendó consulta con el ginecólogo.

Quien había atendido el parto de Rebeca se encontraba de viaje y le ofrecieron ir con otro médico ese mismo día a las once. Aceptó a pesar de que no le apetecía hablar del tema con un completo desconocido.

Llegó a la clínica faltando quince minutos para su cita, aferrada a salir de ahí con respuestas capaces de darle una guía.

En la sala de espera y sobre su regazo, Rebeca miraba alrededor, tranquila y entretenida.

Lily lo tomó como una buena señal.

El consultorio al que la condujo poco después la recepcionista era muy distinto al del otro especialista. Había adornos con alguna esquina despostillada o el color disminuido, evidencia de que habían atestiguado mucho. El diseño del escritorio era de los que pierden buena apariencia con cada año transcurrido, lejos estaba de parecerse a esos muebles que por antiguos conservan elegancia. En las paredes, colgaban una decena de marcos avejentados; guardianes de reconocimientos, títulos amarillentos y polvo.

El médico era más o menos lo mismo. Un señor de semblante agrio y con visible falta de cabello, bien afeitado excepto por el espeso bigote que cubría su labio superior. Lily le encontró parecido a algunos sacerdotes cascarrabias que recordaba de su infancia. Además, olía a los perfumes que marean por intensos, de hombre mayor que aturden antes de agradar.

Cuando levantó la vista hacia ella, las líneas de expresión alrededor de sus ojos no se suavizaron ni un ápice, dejándole a Lily la sensación de estar siendo minuciosamente medida.

Para huir del escrutinio, aumentó un poco el agarre sobre el cuerpecito de Rebeca; recordar que debía ser fuerte por ella le daba valor. Desvió la mirada y encontró un punto de apoyo en la placa sobre el escritorio con el nombre del médico: Cristóbal Valadez.

—Buenos días —saludó, dudando entre adentrarse en aquel espacio de aire estancado o aguardar a que regresara su médico.

—Pase y siéntese —respondió el hombre, tras regresar la vista a una hoja en una carpeta abierta sobre el escritorio. Anotó algo y, sin verla, preguntó—: ¿Liliana Quiroz?




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