Más allá de nosotros

11. Con el pie izquierdo

Ramón no alcanzó las puertas automáticas del vagón. Se cerraron frente a su cara como si se burlaran de él, dejándole ver, al otro lado del vidrio, la satisfacción de quienes sí habían logrado entrar. El complicado metro de la Ciudad de México acababa de recordarle por qué no podía robarle ni un minuto. Agarró las correas de la mochila con ambas manos y apretó los puños.

De pie en el andén, soltó un resoplido de puro empacho, mezcla de impotencia y adrenalina.

Aquel no fue el primer percance de la mañana, ese lugar le correspondía al último correo del cliente que compartía con Abraham. El sistema de conteo automático para una línea de empaque que habían diseñado, y funcionado a la perfección en las pruebas, falló luego de su instalación, seguramente por vibraciones, polvo o iluminación cambiante. Tendrían que visitar las instalaciones del cliente para confirmar la causa y ajustar.

Enterarse recién despertar, cuando él ya daba la entrega por terminada, le amargó el paladar.

A veces, aquellos contratiempos lo hacían extrañar su antigua vida. La cercanía del taller mecánico a su casa, preocuparse solo de reparaciones menores y no necesitar tratar directamente con los clientes. Si bien el sueldo y las oportunidades en su actual empleo eran grandes motivos para agradecer estar en una ciudad de tráfico multiplicado y gente malhumorada, se permitió sentir nostalgia por la simpleza con la que creció.

Mientras aguardaba, se le vino Lily a la cabeza.

Él le había dicho que no le importaba esperar. Si bien le costó acostumbrarse al cambio en su dinámica, entendía sus razones y prefería verla tranquila. Amorosa y sonriente cuando regresaba al departamento, cuidando de Rebeca mientras platicaban de todo y de nada. Notar como la frustración y la impotencia por no lograr recuperar el ritmo de antes iba opacando su sonrisa era un golpe para el cual no estaba preparado.

En los últimos días lo peor habían sido los silencios prolongados y cargados de ausencia. Era como si ella viajara a un lugar donde no podía alcanzarla. No eran frecuentes, pero se estaban volviendo comunes.

La noche anterior había sido un recordatorio del impacto de lo no dicho. Después de besos deliciosos y decenas de caricias, Lily quiso continuar. Le dijo que estaba bien, que no pasaba nada, pero él ya había aprendido a desconfiar de esa frase cuando ella la soltaba con la voz demasiado firme. Era un afán de su parte por convencerse a sí misma.

El sofá, cómodo y amigo en otras situaciones, había sido pésimo aliado para su intento infructuoso de pasarla bien juntos. Él no cabía bien y Lily no encontraba su lugar. Sin embargo, hacerlo en la recámara, con Rebeca dormida a un lado, no era opción viable para ninguno.

Terminó como acaba lo que empieza mal.

La peor parte se la llevó ella. A él le quedó en los hombros el recuerdo de los dedos de Lily aferrándose, no por deseo, sino para resistir sin pedirle que parara. Lo que debía ser placentero terminó doliéndole, y él se quedó con la certeza amarga de que debió detenerse antes, leer las señales en lugar de fiarse de lo que ella decía.

Si tan solo lo hubiera hecho.

No le satisfacía estar por estar, sin que ella disfrutara; le sabía a nada. Su gozo eran los gemidos que ella no alcanzaba a contener, la manera en que se contraía alrededor de él y apretaba los muslos, atrayéndolo con la fuerza involuntaria de su cuerpo.

Al llegar a KraussTech México aprovechó el descanso de mediodía para abrir el buscador en la computadora. Escribió: ¿Es normal que tu esposa no tenga orgasmos después del parto?

«Sí, es completamente normal».

Leerlo significó un alivio instantáneo.

No obstante, sabía que no podía fiarse por completo de una respuesta creada por una inteligencia artificial. Leyó la explicación a detalle en cada una de las páginas: cambios hormonales, agotamiento físico, recuperación del suelo pélvico y factores emocionales. Enseguida, puso atención a las sugerencias. Entre ellas destacó la de tener paciencia y se anotó la de usar lubricante.

Aunque no creyó que la última sirviera pronto. Para eso ambos tenían que desear volver a intentarlo… y a él no le habían quedado ganas luego de que ella no pudiera ocultarle su desilusión.

Escribió el siguiente cuestionamiento en surgir: ¿Cuánto puede durar así?

Leyó la respuesta y visitó varias páginas, incluyendo un foro. Una mujer preguntaba si era normal perder el interés en el sexo durante un tiempo después de tener un bebé; sentía que tal vez era su cuerpo diciéndole que aún no estaba lista para otro embarazo. Otras respondieron que se habían sentido igual. Según la mayoría, sí: era un proceso lento. Alguien más habló de los momentos íntimos, de ducharse juntos sin prisa, abrazarse, tomarse de la mano. Una frase le resonó: la intimidad sí importa, pero no tiene que ser sexo. Qué distintas le parecieron las mujeres de los hombres. Y, por primera vez, entendió que la espera podía durar meses. Incluso un año.

Iban a la mitad del camino, pensó. Si le pasaba a tanta gente, entonces no era una falla de Lily ni de él. Solo tenía que lograr que ella también lo creyera.

—¿Qué haces, Monchis?

La pregunta, repentina y tan cerca que la sintió en la nuca, lo sobresaltó. Cerró de prisa el buscador en la pantalla, antes de siquiera voltear hacia Sugey y evaluar si había alcanzado a leer lo mismo que él.




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