Lavar los platos y cualquier otra tarea del hogar se había vuelto, contra todo pronóstico, placentero para Lily. Sin embargo, esto dependía de la hora y el día. No era lo mismo en la mañana ni durante la mayor parte de la jornada de lunes a viernes; no con Rebeca a la espalda o reclamando su atención a base de gritos y llanto. Tampoco cuando el silencio cargado de alerta la obligaba a hacer contacto visual con la bebé.
Estando sola con una criatura que adoraba, pero con la cual la comunicación era limitada, todo se volvía cuesta arriba.
Por eso, para su nuevo disfrute, era necesaria una condición: Ramón en casa y cuidando de Rebeca.
Ella daba la vida por su hija, cuidarla era su mayor satisfacción. Se lo repetía mientras apretaba la esponja y la espuma del jabón resbalaba entre sus dedos. Lo volvía a pensar en tanto enjabonaba y enjuagaba cada utensilio de cocina con una calma ajena a su actual rutina. También se lo tenía que decir cuando concientizaba lo mucho que alargaba cada tarea por básica que fuera. No obstante, y sin importar que la culpa le mascara pedazos de tranquilidad, buscaba cualquier señal de suciedad o desorden que requiriera su atención inmediata.
Así había pasado los últimos cuarenta o cuarenta y cinco minutos. Hubiera preferido sentarse en el sofá, abandonarse un rato, pero no, con tanto quehacer era mejor estar ocupada… Al menos era su forma de no sentir que estaba cometiendo un crimen imperdonable por no ir corriendo a seguir atendiendo a su bebé.
Un suspiro largo emergió al escuchar en la habitación otro grito de protesta de Rebeca, era el cuarto o quinto. Los demás pudo ignorarlos, ese ya no. Su bebé podía ser una pequeña luchadora de proponérselo, le parecía increíble los decibeles alcanzados por sus pulmones diminutos.
—Tranquila, solo voy a cambiarte el pañal. Por esta que lo hago rápido.
Escuchar a Ramón le causó un remordimiento bien conocido. Enjuagó rápido los vasos y las cucharas. Tomó aire y se secó las manos en la toalla de cocina.
Nada dura para siempre, se dijo.
Quizás Rebeca sabía más de lo que ella pensaba porque, apenas se acercó a la puerta para asomarse, rompió en un llanto desconsolado, mirándola con una expresión de pedir rescate. Se encontraba boca arriba en el cambiador, con la palma de Ramón encima de la pancita. Con la otra mano, él intentaba abrir un pañal.
—¿Problemas? —preguntó, cruzándose de brazos y sin dar un paso hacia adentro.
—No quiere que la cambie —explicó él mientras intentaba apresurar la tarea.
—Lo que no quiere es estar acostada.
Otro grito intenso de la pequeña luchadora lo obligó a liberarla y, con el descaro propio de la inocencia, Rebeca se giró boca abajo, mostrando a sus dos padres el trasero desnudo y un balbuceo triunfante. Luego, se apoyó en las manitas, se elevó un poco y empezó a balancearse de atrás hacia adelante.
—Ya quiere gatear. No tarda en empezar —señaló Lily.
Con un aire de derrota que brotó a modo de pequeña sonrisa, Ramón tomó a la bebé en brazos.
—Eres bien rejiega —le dijo, sembrándole un beso en la mejilla.
A Rebeca le gustaba tanto estar sobre alguno de sus padres que se olvidó de su anterior protesta. Hizo esos ruiditos que hacen los bebés para mostrarse felices y comenzó a impulsarse con las piernitas contra el pecho de Ramón.
Contemplar aquella escena y tantas similares colmaba a Lily de aleteos en el estómago; pronto, esa sensación sanadora le ascendía al pecho. Lo único que anhelaba en esos breves lapsos era nunca olvidar que su hija sí tenía un padre que la amaba, que ella por fin había elegido bien.
Ramón, con su altura y sus brazos fuertes, se deshacía en movimientos cuidadosos para ajustarse a Rebeca y a sus necesidades. Y Lily lo confirmaba cada vez.
En medio del apretón de corazón, Lily se acordó de una advertencia.
—Mejor le pones el pañal…
Calló cuando Ramón se separó el cuerpecito de Rebeca y en medio de ambos cayó un chorro de líquido.
—Ey, ¿así nos llevamos?
El reclamo de Ramón iba con un toque de dulzura que obligó a Lily a sonreír e ir a su rescate. Tomó las toallitas húmedas junto al pañal del cambiador y a Rebeca de los brazos de su padre.
—Mejor cámbiate. A menos que quieras que todo el mundo sepa que le perteneces a Rebeca —se burló mientras se sentaba en la cama y colocaba a la pequeña en el colchón.
Abrió el pañal y lo acomodó a un lado de la bebé que, sin perder un segundo, ya se había puesto boca abajo. Limpió los rastros de orina de la piel tersa de Rebeca y la giró rápido sobre el pañal. Sin dejar de sostenerla, ajustó el desechable por medio de las bandas a la pequeña cintura.
Por su lado, Ramón recién se había sacado la camiseta.
—¿Cómo le hiciste? Ni se enojó.
—Entre más rápido mejor. A ti te falta practicar más —recalcó.
Él apenas iba hacia el clóset a sacar otra prenda.
—Lily —dijo, buscando entre su ropa—. El próximo sábado es el Familientag.
Buscó en su memoria el significado de aquella palabra, algo le había dicho Ramón el año pasado.
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Editado: 13.06.2026