Más allá de nosotros

14. La rutina se lleva todo y trae otras cosas

Lily se quedó entre sus brazos. La rigidez del primer contacto fue perdiendo fuerza, aligerándose con el paso de los segundos y amainando el llanto y los sollozos. Por fin, cedió. Soltó un suspiro largo y se acurrucó en su cuello, sosteniendo la cabeza en lo ancho del hombro y respirándole bajo la oreja, donde su aliento dejaba una ola tibia, capaz de multiplicar cosquilleos.

Tenerla así lo hizo recordar lo mucho que disfrutaba la cercanía de su piel, su aroma difícil de describir, pero fácil de grabar en un anhelo… ese contacto suave sin mayor intención.

Entonces sus brazos le subieron por la espalda y se sujetaron a él.

Ramón la estrechó con mayor fuerza, con ganas de cosérsela a las costillas.

—¿Te sientes mejor? —susurró, sosteniendo su vulnerabilidad con la mano que le acunó la nuca.

Con la otra, siguió acariciando a lo largo de su columna vertebral.

—Un día a la vez.

Aquel murmuro le arrancó una sonrisa pesarosa.

—¿Y eso?

—Lo aprendí en terapia. Lo importante es vivir paso a pasito cuando las cosas se ponen difíciles —Liberó un suspiro, movilizando todo su cuerpo.

Él se separó lo suficiente para verla a la cara.

—Lo arruiné.

La mirada de Lily le dijo mucho sin aclararle nada. A cambio, elevó las manos y le acunó el rostro.

Ramón se inclinó al lado derecho, giró la cabeza y besó la palma de la mano femenina. Deseó multiplicar ahí mismo los besos, subirlos por sus brazos y acabar en su boca, pero se contuvo al escucharla.

—Solo fue un día difícil.

Un día difícil repitió. Y de la nada, como algo que cae donde no debe, se le vino a la cabeza que eran más los días difíciles que los disfrutables en la nueva vida que le había dado a Lily. Que ella lo evadiera unos instantes no ayudó a frenar esa retahíla de pensamientos. Luego, sus ojos, apagados y lejanos, regresaron a él.

—Mejor me baño. Ya es tarde.

Él asintió y la soltó, aunque le costó. A pesar de su aparente tranquilidad, le recordaba a la punta de un iceberg. Más abajo, allá donde ella no le permitía mirar, no tenía idea de cómo se sentía. De algo estuvo seguro: su ánimo seguía por los suelos, tanto para querer estar sola.

A esa Lily evasiva no la conocía.

Conocía su faceta tierna, divertida o enfadada. A la apasionada que se deshacía en sus brazos y en orgasmos. También la cansada que, a pesar de estarlo, le sonreía y lo hacía sentir único. Pero no la que parecía querer terminar el día y dejar de verlo.

O eso sintió.

No quiso preguntar.

Tras otro respiro profundo, Lily se levantó, dejándolo con un vacío que sus manos no podían sujetar. Después, desapareció detrás de la puerta del baño y la cerró sin fuerza. Suave, como si temiera perturbar la atmósfera. Escuchó cuando el agua comenzó a correr y ocupó la misma silla que Lily. Recargó los codos sobre las piernas y se frotó la cara con el ánimo inútil de despejarse.

Si todo estaba tan bien unas horas atrás.

Comenzaba a entender los estragos que podía causar una omisión junto a un comentario mal dicho, mal medido. No había sido una discusión, no lo sintió como tal. No era parecido a cuando ella estalló luego de decirle que quizás se mudarían a Alemania. Era un punto donde no pudieron quedar satisfechos.

Un mensaje iluminó la pantalla de su celular. Ramón tomó el aparato sin ganas.

Era Sugey.

«¿Todo bien? Te fuiste sin despedirte. Ya solo vi a Klaus y a Rudy cuando fue por sus sobrinos».

«Rebeca se puso mala y mejor nos fuimos».

«Espero que no sea grave».

«Ya está bien. Dormida».

Rebeca, sí, al menos, añadió para sí mismo.

«¿Y tú? ¿Quieres jugar un rato? Aprovecha que mañana es domingo».

Hubiera sido un buen plan, excepto que ya no se sentía libre de aceptarlo. Traía pegado a la piel el calorcito helado de Lily y la nada de sus ojos.

«Ando ocupado».

«Lástima. Nos vemos el lunes. Dile a tu esposa que me quedé con ganas de conocerla».

Ramón leyó el mensaje dos veces. Parpadeó y miró hacia la puerta del baño. El agua aún se escuchaba. No supo si decírselo a Lily. No lo creyó prudente. Tal vez, después de ese día, cualquier mención de Sugey sonaría fuera de lugar. Aquello le apachurró el pecho; no exactamente el mensaje, sino darse cuenta de que entre Lily y él comenzaban a existir temas que no sabía cómo tocar o si debía guardarse. No estaba acostumbrado a medir sus palabras con ella.

Bloqueó el celular y lo dejó sobre la mesa. No quería pensar más en eso. Tampoco quería dedicarle otro minuto a Klaus.

En la habitación, escuchó los balbuceos de Rebeca. Le tomó unos pocos pasos estar ahí. No estaba despierta del todo, parecía querer volver a dormir.

—No es hora de estar despierta —le susurró, acariciándole apenas la frente con las yemas para relajarla como había visto hacer a Lily.




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