Más allá de nosotros

15. Las mujeres no saben de códigos

Los primeros siete meses de Rebeca llegaron tan inesperados como las brisas frescas de septiembre. El mes patrio, con sus amaneceres bañados de lluvia y otros donde la temperatura se acercaba al grado perfecto, transcurrió parecido a un carrusel en movimiento: avance lento, medido para hacerte disfrutar la vista y con la certeza de que no habría sobresaltos ni cambios de rumbo. La cotidianidad tibia que solo se encuentra en el hogar se hizo presente en cada espacio compartido y en cada silencio capaz de saborearse. En cada puerta cerrada, en las conversaciones y abrazos detrás de esas puertas.

El mal trago del Familientag quedó enterrado.

Lily parecía feliz. Ramón sabía que tenía una nueva amiga: otra mujer con hijos que vivía cerca. Aquello facilitaba la convivencia entre ambas. Su nombre y el de sus hijos no se le caían de la boca; eran parte activa de su sobremesa sin necesidad de estar presentes. Aún no la conocía, pero ver a Lily entusiasmada lo contagió de la misma simpatía que ella le profesaba a la desconocida.

Sin embargo, la intimidad entre ellos seguía dependiendo de una señal de Lily. Había abrazos y besos cuando se daba la oportunidad. Caricias suaves mientras descansaban uno al lado del otro en el sofá. Ella a veces iba más allá, le brindaba ese toque exacto con el que era capaz de llevarlo al éxtasis sin siquiera quitarse la ropa, y él cerraba los ojos, agradecido y culpable a la vez, recordando su silueta, la curva de sus caderas, el delicioso palpitar de sus pechos excitados.

Disfrutaba cualquier cosa que ella hiciera como si fuera la primera vez que lo tocara, como alguien que recién explora. Era la magia de Lily. Y cuando le hablaba bonito al oído, diciéndole lo mucho que lo amaba durante esos breves e intensos momentos, todo parecía estar bien… ambos se convencían de que lo estaba.

Pero Ramón sabía que no era así. Era la forma en que ella intentaba compensarlo. La mayoría de las veces era suficiente para él; otras, se quedaba con las ganas de complacerla, de buscarla con la misma paciencia con la que ella lo tocaba, pero Lily no le permitía ir más allá. Marcaba distancia antes, lo detenía con una sonrisa cansada o apartando su mano con tiento, como si su cuerpo hubiera aprendido a cerrar una puerta que ninguno de los dos sabía volver a abrir.

Que no le permitiera intentarlo lo inquietaba; lo dejaba sin un sitio claro dentro de aquella intimidad fragmentada.

Pero a pesar de los altibajos, la guerra de ese mes no fue en su casa, sino en el trabajo. El campo de batalla hizo su aparición en la reunión para presentar los avances a Klaus.

Ramón quedó reducido a espectador.

Era el turno de Sugey. Ella conectó su computadora portátil y lo miró. Él supo que buscaba apoyo, así que levantó su mano con el dedo pulgar arriba. La recordaba segura de sí misma en la universidad, pero las últimas semanas parecía demasiado ansiosa con aquella presentación. Incluso le había confesado que temía la evaluación de Klaus. Ramón no creyó que tuviera que ver con el trabajo, sino con la enfermedad que enfrentaba la madre de su amiga. Estar en otra ciudad, saberlo y no poder hacer mucho debía pesarle. Sugey se sentó ante los demás, en la mesa de reuniones, y comenzó a mostrar el avance en la interfaz para los equipos de planta.

Klaus observaba atento. No había forma de interpretar si lo que veía tenía su aprobación. Se limitaba a escribir algunas notas en una libreta. Octavio y Rudy también procuraban no perder detalle, aunque este último se distraía de vez en cuando con la pantalla de su celular. Abraham no la miraba; seguía atento a la pantalla de su tableta. Solo levantó la vista una o dos veces, esperando a que su compañera terminara de hablar.

Sugey terminó. No había necesidad de aclarar dudas, solo para Klaus; era algo que habían hablado antes en equipo. No obstante, Abraham dejó la tableta en la mesa y se echó hacia atrás en el asiento, dejando ver la camisa sin arrugas que le ceñía el torso.

—Te va a tronar en piso —dijo, con los ojos clavados en Sugey.

Ella se quedó en silencio un instante. Un aura peligrosa se formó a su alrededor. Ramón lo supo por la forma en que se mordió la parte interna de la mejilla y apretó la mandíbula: esa vez no se quedaría callada como tantas otras. La de Abraham fue una provocación directa, sin tiento.

—¿Y por qué no dijiste nada antes?

—Quería ver si la mejorabas para hoy. La interfaz. Está limpia, sí, muy bonita, pero en piso nadie tiene tiempo de meterse a tres menús para saber por qué se paró una estación.

—No se mete a tres menús. El paro sale arriba y el detalle queda en el panel lateral.

—Desplazado.

—Jerarquizado.

Octavio, que había estado escuchando con la silla inclinada hacia atrás, sonrió como si acabara de oler sangre.

—Uy.

Abraham no le hizo caso.

—Se nota que los de software trabajan solo en escritorio y condiciones ideales. Diseñan para que se vea ordenado, lucidor, no para que funcione cuando la línea está gritando y el operador está con todo encima.

Sugey apartó las manos de la computadora con demasiada calma. Respiró y se irguió. No apartó la vista de su rival.

—Lo otro que se nota es que tú crees que llenar una pantalla de focos rojos es entender una línea —contraatacó. Su voz se elevó sobre la respiración de los demás—. ¿Alguna vez te pones a pensar que alguien sabe más que tú?




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