Más allá de nosotros

16. Otra vida

Desde que Verónica y Xóchitl llegaron a la vida de Lily, las tardes se matizaron de otros colores. A Xóchitl la había conocido gracias a Verónica.

Las tres se veían al menos dos veces por semana en el café de Lety. En su compañía, las horas se iban una detrás de otra. Mientras, Rebeca se convertía en una exploradora incansable, con sus primeros avances en el gateo y examinando juguetes distintos a los de su casa. Nicolás, el hijo mayor de Verónica, la hacía reír con un repertorio de caras chistosas y cantos mal pronunciados.

Xóchitl tenía un niño de la misma edad que Nicolás. Ambos se entusiasmaban con la idea de ser los pequeños cuidadores de las dos bebés; hermanos mayores dispuestos a defenderlas. Sus pechos se colmaban de tierno orgullo infantil si sus madres reconocían su gran labor para cuidarlas y presumían entre ellos cuál había hecho mayores méritos.

En poco tiempo, Lily se grabó sus rostros y sus voces, el calor de su presencia, las peculiaridades que vuelven únicas a las personas. Así, descubrió la manera en que una familia se teje sin necesidad de un lazo, por la por la pura casualidad de caer del mismo lado.

Pero lo mejor no eran los momentos agradables, sino la red de consejos y sugerencias que esas dos madres significaron para ella. Mientras Olga se limitaba a repetir que todo estaría bien, y Marcela estaba tan ocupada que no podía decirle mucho, Verónica y Xóchitl estaban ahí. Podían ver a Rebeca, entender de cerca a qué se refería Lily y ahondar en sus preocupaciones sin hacerlas parecer simples o exageraciones suyas.

Gracias a ellas comenzó a ver con otros ojos la misma rutina.

Que Ramón llegara unos minutos tarde, o incluso una hora, ya no significaba una condena solitaria. Había cambiado al grado de que cuando recibió su mensaje avisándole que llegaría tarde, no le dio mayor importancia. Alargó la plática con Verónica y Xóchitl hasta que la despedida fue inminente.

Ramón llegó al departamento un poco después que ella. Apenas lo vio abrir la puerta, Lily supo que su día no había sido fácil. El cabello alborotado por el viento y las facciones alargadas eran de quien solo quiere que llegue la hora de dormir. Puso la mochila en la silla del escritorio a un lado de la entrada sin muchas ganas. Ella lo alcanzó a medio camino cuando comenzó a caminar en su dirección. Se encontraron en un abrazo mutuo, largo, sabor a hogar, y él se inclinó para que pudiera alcanzarlo con un beso en los labios. Luego se sentaron a la mesa, dispuestos a disfrutar la cena en familia.

Rebeca estaba en su silla alta, sostenía el vaso entrenador, viéndolo minuciosamente. Lo movía y lo agitaba, descubriendo la habilidad de sus manitas, mientras Lily le daba cucharitas de papilla de chayote. A ratos se frustraba y balanceaba el cuerpo de adelante hacia atrás, pero se recomponía rápido y continuaba en lo suyo.

Lily habló de su día, últimamente era así. Ramón escuchaba en tanto ella narraba hasta el más diminuto detalle de su reciente vida social.

—¿A ti cómo te fue? —le preguntó, sintiéndose ingrata por no haberse dado cuenta antes.

—Abraham me invitó a chambear otra vez con él.

Agudizó el oído, pendiente del resto de detalles.

—Pagan mejor, pero está más complejo y hay que ir a León. De allá es el cliente.

—¿Y vas a aceptar?

El chillido de Rebeca la distrajo. Giró medio cuerpo para limpiarle la carita, se aseguró de que bebiera un poco de agua del vaso entrenador, guiándola para que lo llevara a su boca y midiendo por instinto que el líquido fuera justo.

Ramón se quedó en silencio. Fue al extrañar su voz que volteó a verlo.

—¿Tú qué dices? —le preguntó él.

—Es algo que tienes que decidir tú: la carga es para ti. De todos modos, no sería irte todos los días, ¿o sí?

—No, cuando mucho una o dos veces antes de la entrega; y no creo que pase de dos días cada viaje. No es que en KraussTech nos vayan a dar tanto permiso de faltar.

—Pues está bien. —Lo pensó mejor y ladeó apenas la cabeza—. Aunque... ¿sientes que nos falta dinero?

—No, pero tampoco nos sobra. Y en diciembre vamos a Guadalajara, a lo mejor hasta podemos irnos a Puerto Vallarta.

—Suena a un buen plan. —No pudo evitar recordar episodios pasados de su historia juntos—. Me da cosa. Los buenos planes nos salen salados.

Rieron bajo, luego Ramón permaneció meditabundo unos segundos antes de volver a enfocarse en ella.

—Entonces nos vamos a hacer una limpia a Catemaco. Serían unas buenas vacaciones —bromeó.

Esta vez Lily rompió en una carcajada ligera.

—Si mi mamá te escuchara se decepcionaría mucho de ti.

—No me vendas. De la chamba sí me dan ganas de aceptar. Es experiencia. Pero no quiero dejarte sola con Rebeca.

Que lo dijera la conmovió.

—Acepta. Ya no me siento tan sola con Vero y, si me dices con tiempo, puedo invitar a mi mamá a que se venga los días que no estés.

—¿De verdad no se te hace mucho?

Negó.

A Lily le habían calado las mañanas de sábado y uno que otro domingo que Ramón había dedicado a trabajar junto a Abraham, pero sus nuevas amistades habían dejado enterrado aquel malestar. Creyó poder soportar otra vez tenerlo menos tiempo y el acuerdo fue que no dedicaría a ese nuevo proyecto más horas de las que había dedicado al anterior. No obstante, cuando Ramón le platicó que Abraham también lo había invitado a ir al gimnasio, ya no pudo entusiasmarse tan fácil por él. Según le dijo, el lugar estaba cerca de la empresa. Le convenía porque, con el descuento para empleados, la mensualidad era muy baja.




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