Hay una diferencia abismal entre querer y hacer. Lily lo comprendió viendo el calendario, contando los días que se fueron desvaneciendo entre amaneceres y anocheceres. No lograba encontrar el momento ideal para sentarse, a la mesa o en el sofá, junto a Ramón y plantearle que ya no se trataba solo de ser paciente, sino de intentar recuperar ese espacio para los dos sin desesperarse ni exigirse... sin ver como un fracaso si no sucedía cómo estaban acostumbrados. En el fondo, lo difícil era convencerse a sí misma.
Mejor después. Vamos bien, se repetía para anestesiarse, esperando que se cumpliera algún tipo de plazo y la solución apareciera sola.
Pero otro mes de vida de Rebeca llegó sin cambios.
La despedida de octubre fue brutal. Durante los últimos días del mes comenzó a sentirse enferma. Al principio, el médico dijo que era una infección viral, aunque existía la posibilidad de que se tratara de Influenza. La prueba positiva confirmó sus peores temores.
Si antes la casa resultaba una carga, la enfermedad y sus síntomas multiplicaron la sensación opresiva. El reposo fue obligatorio; el cuerpo no le daba para más. Ramón pidió permiso para trabajar desde casa y quedarse con ellas unos días. Para evitar el contagio, Rebeca y él durmieron afuera de la habitación, en un colchón inflable improvisado. Estar pegada a la cama no le hubiera preocupado en absoluto de no ser por Rebeca. La fiebre era nada comparada con no poder consolarla; con saber que la necesitaba y, ni con la mayor de las voluntades, poder acudir a su llamado. Acostumbrada al pecho de su madre, Rebeca lo exigía por puro instinto cuando su padre intentaba darle leche en el biberón. Comía poco, Lily lo intuía sin que Ramón se lo dijera. La angustia generada por el agudo llanto infantil se unía al dolor de cabeza presionándole el cráneo.
Al cabo de una semana hubo mejoría, el periodo crítico llegó a su fin y Ramón regresó al trabajo. Aunque procuraba estar en casa temprano, Lily se quedó sola con la bebé, volviéndose lenta hasta para los cuidados básicos y amamantándola con cubrebocas. Temía ser la causa de que su hija enfermara, pero no podía privarla de su pecho más tiempo. Jugar con ella y entretenerla era imposible; se limitaba a dejarla gatear con juguetes alrededor mientras la observaba desde el sofá, envuelta en una manta y con los ojos cerrándosele sin permiso.
El gato ayudaba: Rebeca intentaba seguirlo por la casa. Nunca lo alcanzaba, pero la divertía el reto.
Olga la llamaba a diario. Quiso ir para acompañarla, pero era temporada alta para ella y ya tenía muchos pedidos de vestuario para las celebraciones escolares de la Revolución Mexicana.
A cambio de no tener a su madre, Lily encontró un ángel en Verónica. Casi a diario, le llevaba comida para las dos. De no ser por ella, habrían gastado una pequeña fortuna pidiendo comida a domicilio, y tampoco era tan saludable.
La recuperación fue lenta, demasiado. Pasaron dos semanas en las que el día le sabía a pesadilla con horario extendido. Por la noche apenas podía dormir por culpa de una tos que no se iba. Era terca, como si tuviera vida propia y le hubiera declarado la guerra. Tosía a cualquier hora. En plena madrugada la molestia era peor, el ruido de sus pulmones despertaba a Rebeca. La mayoría de las veces lograba taparse la boca, apretar el abdomen y salir apurada a encerrarse en el baño; otras, no alcanzaba y el departamento se volvía un caos nocturno.
Por eso, aquel martes a mediados de noviembre, no dudó en aceptar la invitación de Verónica para comer en su casa. Lo más tentador era que podría relajarse un poco pues, si algo se le daba a su amiga, era cuidar bebés. Podía hacerlo con Rebeca y la suya al mismo tiempo; a Lily la impresionaba. Además, Ramón le había dicho que retomaría el gimnasio. No pensó que quisiera reincorporarse tan pronto, pero viendo que así lo había decidido, no lo esperaba temprano en casa.
Regresó al departamento muy entrada la tarde, el peso de Rebeca se sumaba al de las pasadas horas, no obstante, se sentía renovada. El aroma de la comida de Vero y de su casa, a manzana y canela… a cuidado, continuaba impregnado en su nariz. Pero, al abrir la puerta, la sensación de bienestar se esfumó.
En la quietud de su hogar no halló la atmósfera acogedora de siempre. El aire era plomo.
Ramón ya estaba ahí, de pie junto a la mesa, todavía con la chamarra puesta y las llaves en la mano. Casi tropieza con su mochila a un lado de la entrada, tirada con un descuido poco usual en él.
—Ya estás aquí —dijo.
—Acabo de llegar.
No se acercó a saludarla ni a tomar a Rebeca. Solo la miró mientras ella dejaba la pañalera en el sofá. Sus facciones endurecidas se unieron al frío recibimiento.
Aquello la desconcertó de mala manera.
—¿Dónde andabas? —Quiso saber él.
—Con Vero. Pensé que hoy irías al gimnasio —dijo, contenida, con la esperanza de que estuviera interpretando mal y él no estuviera tan alterado como evidenciaba la contracción de su entrecejo.
No comprendía su actitud, pero comenzaba a molestarla.
A continuación, dejó a Rebeca en el suelo para que acompañara a Abril, que descansaba sobre la alfombra. La bebé gateó hacia el gato, ajena a lo cortante del ambiente.
—Iba, pero te llamé para ver cómo te sentías.
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Editado: 09.07.2026