Por mucho tiempo Lily había sido su mujer ideal. Desde la primera vez que captó su interés, no como vecina ni presencia conocida, sino como musa de sus fantasías. Dulce y frágil, lo inspiraba a cuidarla. Y no solo eso. Contemplándola para imaginarla después, descubrió los aleteos en el estómago, el deseo y el adictivo placer provocado en la mente masculina por una mujer. Supo entonces que, si un día ella llegaba a sus brazos, sería un hombre feliz.
Y lo era. Bastaba escucharla, percibir su aroma. Que sonriera y le iluminara el mundo.
Ramón no podía verle defecto, disfrutaba cada faceta; desde su vulnerabilidad hasta el enfado que podía teñir su piel. Había creído que jamás lo abandonarían esas ganas de abrazarla, consentirla y amarla. Pero, bajo el influjo de la luna y los ánimos desbordados, se rompió el hechizo.
Lily era humana, tan humana que podía acribillarlo con dudas, que era capaz de compararlo con un hombre maldito y olvidar que, por ella, él era capaz de todo.
Solo tenía que pedirlo.
Enterarse de su propia capacidad para enfadarse con Lily le despertó una necesidad de reconfigurar su imagen, creada años atrás por su yo adolescente. Era un hombre ya y Lily una mujer. Ambos eran padres. La vida los había alcanzado antes de que pudieran ver si eran el uno para el otro, o una ensoñación destinada a desaparecer.
Cerró los ojos, pero no pudo dormir. Pensó en voltear, buscar su mano y pedirle perdón. Pero ya lo había hecho. Era ella quién no había podido sostener sus acusaciones. El implacable insomnio y la quietud nocturna lo llenaron de pensamientos oscuros, los regurgitó una y otra vez hasta que dejaron de ser molestos. Muy entrada la madrugada, se atrevió a girar sobre el colchón. La acompasada respiración de Lily le dijo que dormía profundamente.
Que bueno, pensó. Que descanse.
Lily era similar al mar. Radiante e inspirador en días soleados, pero terrorífico en el centro de un huracán; con vida debajo difícil de imaginar. Supuso que así eran todas las personas: océanos misteriosos. La ironía lo divirtió. Él nunca había visto el mar, solo a través de una pantalla. Desconocía su olor y la textura de la arena. No había experimentado el agua salada ni el oleaje sobre su piel.
Cayó en cuenta de que con Lily le había sucedido lo mismo; la había visto a través del escaparate, fascinándose con su superficie, deslumbrado por su luz. Recién comenzaba a entender quién era ella, las flaquezas de su carácter lo hicieron pensar en las propias.
Luego, tradujo su reflexión a un terreno conocido. Quizás, en lugar de mares, las personas eran más parecidas a las máquinas. Funcionales a un coste de energía. Había unas que incluso rotas podían seguir funcionando, aunque luego se reventaran. Los motores viejos se arreglaban, a la maquinaria se le daba mantenimiento. Si no, cada una podía ocultar una falla hasta tronar y quedar inservible.
Una falla oculta, de esas que pueden destrozar maquinarias complejas, hizo tronar a Lily y a él mismo. Necesitaba entenderlo, por desgracia, Lily era su fuente de información y se había negado a hablarle.
En algún punto los ojos se le cerraron y por fin pudo dormir. Despertó alarmado. Por reflejo estiró el brazo, buscando el celular en la mesita de noche. Viendo la hora en la pantalla logró exhalar el susto. Aún contaba con tiempo. Al mirar hacia la cuna de Rebeca, se dio cuenta de que Lily ya estaba despierta. Sus ojos huyeron de él en cuanto sus miradas se cruzaron.
—Ya me voy, o se me va a hacer tarde —dijo, restándole importancia para no importunarla.
Pero la vio, y podía apostar a que ella lo veía aún antes de que despertara.
Levantó la espalda y, sentado sobre el borde de la cama, fue que la escuchó. Una voz baja, titubeante.
—¿Vas a volver?
Resopló, ¿cómo podía preguntarle eso?
—Sí.
Al regresar, nada había cambiado. El aire entre ellos raspaba la garganta y presionaba dentro.
Sí hablaron, porque ni él ni Lily creían que ignorar fuera aceptable. No obstante, lo hicieron mediante frases cortas, imponiéndose una cotidianidad que se sentía oxidada. Los vacíos de palabras dejaron de ser pausas apacibles y se volvieron ácido corroyendo los minutos compartidos. Rebeca ayudó, se convirtió en el tema central aquel miércoles por la tarde.
Él la seguía con la mirada cuando ella no se daba cuenta.
No podía dejar de preguntarse a dónde había ido la Lily dulce, la que siempre tenía una palabra de aliento y con un beso borraba un día malo. Seguía en su huracán particular; arrastrando nubes negras detrás de ella.
Ayudarla a romper la tormenta se volvió el mayor desafío de Ramón.
El jueves decidió que dejaría el gimnasio. Lo necesitaba, pero no a costa de que su relación se cayera a pedazos. Todavía no se lo podía creer, jamás imaginó que una decisión tan simple pudiera impactar a Lily de forma tan devastadora. Fue algo que pensó bastante y que no sabía si decirle de frente o por mensaje.
Además, en todo el día no se habían enviado mensajes. Él esperaba que ella lo hiciera, y ella quizás esperaba lo mismo… o no, tal vez solo no quería saber de él.
—¿Qué traes, güey? Ayer y hoy has andado como alma en pena.
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Editado: 09.07.2026