Más allá de nosotros

19. Lo que queda del amor puesto a prueba

Lily no sabía qué pensar. Estaba llena de tanto y de nada. Dolía, ojalá hubiera podido abrirse el pecho y sacárselo.

En casi dos horas habían desfilado ante sus ojos diversos escenarios, todos funestos. Por un lado, Rebeca, envuelta en sopor, vencida por la fiebre, carente de esa luz que había traído a su vida. Instantes antes de que Verónica y su esposo llegaran por ellas, pensó que se le moriría en los brazos. Esa idea atroz le arrasó la cabeza, la inundó de un miedo primitivo e irracional, venido de otra pérdida que, por más duelo vivido, no se iba a ir nunca.

Un hijo muerto no se olvida… ella no podía y ver a Rebeca enferma la regresó a ese lugar oscuro.

Y Ramón, su muchacho confiable, el que sabía estar, al menos antes de ser pareja; aquel al que podía acudir para cualquier favor, aquel que nunca decía que no: no estaba. Tantos pensamientos nefastos le habían atravesado la cabeza. Se preguntó si su enfado era tan grande que la castigaba negándose a ver sus mensajes, pero no, él no era así. Él jamás la ignoraría. Mucho menos si se trataba de Rebeca.

Entonces, a sus intentos desesperados de encontrarlo, respondió esa voz. Esa maldita voz que, aunque no pudiera asociar con nadie, supo de quién era. Se lo dijo el cuerpo con un estremecimiento helado. Se lo dijo el corazón, paralizado por no escuchar a la persona amada.

¿Qué hacía ella respondiendo por su esposo? ¿Dónde estaba él? ¿Por qué se lo permitía?

Le había colgado de inmediato. Rebeca la necesita y ella no tenía cabeza para nada que no fuera su hija. Sus dudas de esposa fueron desplazadas por su urgencia de madre. No podía dejarse arrastrar por ninguna emoción que no fuera necesaria para cuidar a Rebeca.

Cuando Ramón por fin apareció, lejos de sentir enfado o alivio, la llenó un vacío venido del destiempo.

Si solo hubiera respondido pensó. Su presencia y cuidados, a pesar de la ternura, eran tardíos; llegaron como un parche puesto para contener una hemorragia.

Esa noche no pudo dormir. Con los ojos cerrados, escuchó a Ramón moverse de un lado a otro: acostarse por momentos, levantarse para revisar la temperatura de Rebeca y asegurarse de que siguiera durmiendo bien.

Entrada la madrugada, fue ella quien atendió a su hija antes de que él alcanzara a hacerlo. Sin embargo, Ramón también estaba despierto. Intercambiaron una mirada muda, sin saber cómo iniciar la conversación que hervía entre ellos. Lily tomó a Rebeca de la cuna y la amamantó. Poco después se acostó con ella. Su cuerpecito volvía a estar muy caliente, pero parecía tranquila. Se quedó dormida de inmediato.

Lily no pudo hacer lo mismo.

El enjambre de pensamientos seguía ahí, cavando hondo en su mente. Había una explicación, una muy simple, para el cúmulo de emociones que la sacudía. Detrás de aquella hora en la que no pudo localizar a Ramón no había nada malo; aun así, se sentía peor. No porque no le creyera, sino porque eso significaba que era simplemente él siendo el mismo. Un patrón que ella no había sabido anticipar como una dificultad; uno que, sin ser malo, la dejaba sola cuando más lo necesitaba y sin previo aviso.

Y aunque no necesitara una razón más para sentirse así, la soledad la estaba consumiendo. Llevaba meses devorándola por dentro. Recién sentía que comenzaba a salir de ella, pero no había soledad peor que la de saberse lejos de quien amaba. Y así se sentía, no solo por el placer compartido que no lograban recuperar, sino también por ese abandono mudo que había hecho de sí misma mientras Ramón parecía seguir yendo hacia adelante.

¿Cuándo fue la última vez que algo la había emocionado más allá de Rebeca y su matrimonio? Algo que pudiera compartir.

No lo recordaba.

Durmió un breve lapso. Poco después del amanecer, la despertaron los ruidos en la cocina. Eran leves, pero su cerebro habituado a pasar del descanso a la alerta en un instante, no le permitió continuar en el alivio de la inconsciencia.

Rebeca aún dormía. Con cuidado de no incomodarla, Lily la acomodó en la cuna y salió a la cocina. La mesa estaba puesta: cucharas, servilletas y un par de platos esperaban bajo el aroma delicioso del desayuno recién hecho. Más allá, en la cocina, Ramón servía agua recién hervida en dos tazas.

Al verla, él sonrió.

—¿Cómo está Rebeca?

—Sigue dormidita. Pero creo que está mejor. No la sentí tan caliente.

Ramón asintió con un leve movimiento de cabeza. Aquello pareció tranquilizarlo.

—¿Y tú? —Ramón puso las tazas sobre la mesa antes de aproximarse—. ¿Te sientes mejor?

Tras preguntar, le dejó un beso suave en la frente.

—Sí —contestó ella.

—Es descafeinado, para que lo tomes tranquila. —Con un cabeceo, señaló las tazas con café—. ¿Te sirvo lo demás?

Negó. El hambre se le había ido desde la tarde anterior. Luego se sentó a la mesa y dio un trago de su taza. Era justo como a ella le gustaba: no demasiado cargado ni endulzado, en el punto exacto donde le sabía perfecto.

—Lily. —Ramón acercó una silla y se sentó, guiándola para que girara el cuerpo hacia él. Luego bajó la mirada, negándose a mirarla directo por largos instantes, hasta que pareció obligarse a volver a ella—. ¿No estás enojada?




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