Más allá de nosotros

20. Aferrarse

El fin de semana, Ramón no vio el celular ni encendió el Xbox pese a sobrarle minutos. No podía quitarse de la cabeza que en Lily seguía la idea de rendirse y abandonarlo. Creyó reconocerla en sus ojos durante las primeras horas después de que ella se lo confesara, cuando la descubría observándolo a escondidas.

A él le dolió al principio, luego lo convirtió en oportunidad para conocer ese lado oculto y oscuro de Lily en el que todavía no lograba ambientarse. Esa faceta de ella comenzaba a desesperarlo y engancharlo a partes iguales, como hacen los buenos retos.

Había terminado su comida desde hacía rato. Le quedaba el último bocado, pero no lo tocó; conservaba otro tipo de hambre.

Se quedó sentado acompañando a Rebeca, que desde su silla alta se llevaba a la boquita pedazos de plátano. Los aplastaba entre los dedos con una fuerza de la que todavía no era consciente. En un par de días se había recuperado por completo de la fiebre repentina, regresándole la tranquilidad a sus padres.

Ramón pasó la mirada de su hija a Lily.

Ella se desplazaba de un lado a otro en la pequeña cocina. Había una gracia de bailarina impresa en cada ida y vuelta. Giraba, daba pequeños pasos, se movía en una danza silenciosa entre el aire cotidiano de una habitación que parecía respirar y se mimetizaba con ella.

Sin darse cuenta, Ramón apoyó el codo sobre la mesa y reposó la barbilla en la mano.

Las caderas de Lily se dibujaban debajo del blusón que llevaba puesto. Sus cabellos, recogidos sin cuidado, ondeaban alrededor de su rostro y acariciaban su espalda. Con cada respiración, la tela se elevaba apenas sobre sus pechos y le daba una razón más para seguir contemplándola.

—¿Te fuiste a Narnia? —preguntó ella mientras acomodaba en el secador los utensilios de cocina que acababa de lavar.

Lo dijo sonriendo, por primera vez en casi un día entero.

Había vuelto.

O al menos Ramón quiso creerlo. Tal vez solo necesitaba volar en su mente durante un rato para acomodarse nuevamente a su lado. A él le ocurría algo parecido: también podía irse algunas veces, pero siempre terminaba regresando a ella, igual que quien vuelve a casa después de una larga jornada.

—¿Narnia?

—Sí. —Lily se sentó en la silla a su lado—. ¿No viste las películas?

Él negó y cambió de postura para apoyar la mejilla en la otra mano, vuelto hacia ella.

—Podríamos verlas. Estoy segura de que te gustarán.

—¿Hay zombis?

Lily liberó una risa fresca. Su cara se tornó luminosa y las líneas de expresión le suavizaron las facciones.

—No, claro que no —dijo, conteniendo un gesto divertido—. Pero hay cuatro hermanos que se quieren mucho.

—¿Y el mayor es el mejor?

—Es una inspiración. Y uno de los menores me recuerda a cierto muchacho muy alto al que le gustaba dar problemas —dijo con los ojos clavados en él, diciéndole más que mil palabras.

—Lily.

No quería dejar pasar más tiempo ni guardarse lo que todavía le quemaba dentro. Tomó su mano y se inclinó hacia ella.

Detrás de ellos, Rebeca soltó un gritito entusiasmado, tiró el vaso entrenador y se asomó por un costado de la silla para buscarlo.

Ramón se giró enseguida, lo recogió y se lo devolvió.

—Traviesa —le dijo.

Luego volvió hacia Lily sin soltarle la mano.

—Sé que te prometí no volver a dejarte sola, pero ¿puedes prometerme algo tú a mí?

—¿Qué cosa?

Tomó aire. No estaba seguro de cómo decirlo, pero al final la idea se abrió paso en su cabeza.

—Aférrate a mí. Como cuando íbamos en moto. Si sientes que voy demasiado rápido, dímelo y bajaré la velocidad. Pero no dejes de aferrarte.

Ella bajó la mirada durante un breve instante. Suspiró y pareció pensárselo.

Ramón absorbió aquellos segundos de silencio. Si a Lily le costaba responder, no le importaba. Había aprendido que con ella debía avanzar a tientas, reconocer el camino antes de acelerar.

—¿Y si por aferrarme te clavo las uñas y te lastimo?

—Eso me va a gustar.

—Pervertido —resopló ella, desviando la mirada con una sonrisa pequeña.

Ramón sintió que intentaba escabullirse de nuevo detrás de una broma. Levantó la mano y le acarició la mejilla, esperando hasta que sus ojos regresaron a él.

—Esto es de dos —dijo—. No me dejes solo. Voy a comprarme una moto para que te acuerdes de cómo agarrarte.

—Todavía me acuerdo.

Lily le rodeó la espalda con los brazos y apoyó el pecho contra el suyo.

Con la respiración de ella rozándole el cuello, Ramón no lo dudó. Le sostuvo las caderas, la acercó y se levantó de la silla, dejando que fuera Lily quien se impulsara para enlazarlo con mayor fuerza.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Aférrate, ándale.




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