Más allá de nosotros

21. Hablar claro

Para muchos, el viernes solía ser un buen día y, para Ramón, no era diferente. No solo le esperaba un fin de semana de ocio junto a su familia, también era el último día antes de las vacaciones decembrinas: dos semanas enteras que Lily y él habían planeado aprovechar para visitar Guadalajara. Quería dejar todo en orden antes de marcharse, así que esperaba dedicar la mañana a revisar por última vez el informe de avances de la línea, donde había resumido los ajustes pendientes, las decisiones tomadas por el equipo y los asuntos que Klaus tendría que supervisar durante su ausencia. Incluso había llegado temprano con el objetivo de terminar a tiempo y cumplir con el resto del trabajo para ese día.

Abraham ya se encontraba ahí. No importaba con cuántos minutos de antelación saliera de su hogar, nunca le ganaba. Pero, al igual que él, estaba concentrado en su computadora. Tanto que, como de costumbre, no elevó la vista cuando la puerta se abrió.

En cambio, él no pudo evitar mirarla. Lo hizo casi por acto reflejo.

Sugey le sonrió apenas. Su apariencia era distinta a la habitual, no la acompañaba un atuendo desenfadado sino una falda recta de mezclilla oscura, cortada a medio muslo, que resaltaba la firmeza de sus piernas sobre unos botines negros, y la blusa completaba un conjunto llamativo.

Ramón apartó la vista. Desde la discusión, había cruzado con ella las palabras indispensables. Sin embargo, aquella distancia no le sirvió, un instante después, Sugey estaba frente a su estación de trabajo. Sin decir una palabra, dejó sobre la superficie la bolsa de papel con asas que llevaba consigo.

Confundido, volvió a mirarla. De cerca notó el ligero maquillaje que acentuaba sus facciones. No recordaba haberla visto arreglarse así para ir a la oficina; tampoco en la universidad ni en los años que convivieron tan cercanamente. Sugey nunca había parecido demasiado interesada en llamar la atención sobre su aspecto.

Que le sostuviera la mirada lo hizo removerse en la silla.

—Feliz navidad —dijo ella, en voz baja, cuidándose de no ser evidente. De reojo, observó a Abraham, este seguía en lo suyo.

Ramón no respondió. Entendía que aquello era un obsequio, pero ¿a cuenta de qué? Después de la manera en la que había vapuleado a Lily y su decisión de estar con ella, no le supo bien.

—Lo siento, no debí decir lo que dije.

Supo entonces que se trataba de una ofrenda de paz.

—¿Podemos ir por un café? —preguntó, sin dar espacio a una respuesta de su parte.

Ramón supuso que su objetivo era evitar que Abraham siguiera escuchando. Pero él pareció entenderlo primero y se levantó de su lugar. En silencio, salió de la oficina. Al verlo, Sugey relajó los hombros y liberó el aire contenido.

—Yo no te traje nada —observó, anticipándose a lo que ella fuera a decir.

—No es un intercambio.

Las dudas no se fueron. Recordó cuando fueron amigos muy cercanos. Para un cumpleaños, Sugey le había obsequiado una motocicleta a escala, un artículo de colección. Ramón la había valorado mucho entonces, pero no había podido corresponder de la misma manera. No porque no le naciera, sino porque no le alcanzaba el dinero. Así que, en el siguiente cumpleaños, ella lo había invitado al cine, luego, todos sus regalos fueron salidas a comer, cosas intangibles que él podía regresar de igual manera.

Después de que se distanciaron, perdió la pista de la motocicleta, era probable que siguiera en casa de su madre… o no. Nunca había sentido remordimiento por ello, hasta ese momento.

—Ábrelo —pidió ella, con un entusiasmo que no le pasó desapercibido a Ramón.

Tardó unos instantes, debatiéndose entre rechazarlo o no. Al final, Sugey había sido su amiga y estaba siendo amable. Elevó el brazo y acercó la bolsa. El contenido asomó apenas la abrió un poco, aun antes de sacarlo. Cuando lo hizo, pudo apreciarlo bien. Era un termo negro con el logotipo de Umbrella Corporation: un octágono en colores rojo y blancos alternados. Abajo, estaba grabado su nombre en letras plata. La tipografía y otro par de imágenes impresas hacían referencia clara a Resident Evil.

Lo sostuvo en su mano por un largo instante. La buena calidad saltaba a la vista. No obstante, no le supo bien pese a que le había gustado. Un regalo así no era poco; representaba demasiada dedicación de quien lo obsequiaba y no corresponderlo fastidiaba sus valores más arraigados.

Volvió a meterlo en la bolsa.

—Está muy chido. Gracias.

Carraspeó, incómodo.

—Lo puedes usar aquí. Si no quieres… —Calló, mordiéndose el labio inferior.

Él supo lo que iba a decir y agradeció que no lo hiciera. Por lo dicho, Sugey comprendía que no podía llegar a casa con un regalo así. No todavía.

—No debiste, de verdad. Yo no tengo nada para ti.

—No es necesario. Te debo muchas y me siento mal. No quise… —Hizo una pausa y miró hacia abajo. Luego volvió a encararlo—. No contesté para causarte problemas y me sentí acusada. No te había visto así de enojado y menos conmigo. —Ladeó la cabeza como si sacudiera las ideas—. Tal vez un poco cuando volvimos a vernos, pero esto fue diferente. Hablé sin pensar. No quiero verte mal por nada. Es todo.




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